Gracias, Claudia

domingo, 31 de enero de 2010

Con los cinco sentidos




Te miro y me recreo.
En los bordes de tu cuerpo
creo yo mi paraíso.
Te miro y te deseo.

Te huelo y me recreo.
El perfume de tu pelo
enredado entre mis dedos.
Te huelo y te deseo.

Te oigo y me recreo.
El sonido de tus versos
encendiendo mi lujuria.
Te oigo y te deseo.

Te toco y me recreo.
Mi caricia inagotable
halla tu respuesta ardiente.
Te toco y te deseo.

Te pruebo y me recreo.
Tus besos, tu piel, tu sexo,
mi hambre y nuestro juego.
Te pruebo y te deseo.


Te intuyo y me recreo.
Te acercas y mi carne
se despierta y te acoge.
Te intuyo y te deseo.

Nota: Añadí la sexta estrofa por los que echasteis de menos el sexto sentido. Dejo, sí, al margen, el sentido común, que poco tiene que ver con el amor o con el deseo.

miércoles, 27 de enero de 2010

Venta de garaje




-- Sabes que no me gusta verte así, tirado en ese sillón, bebiendo cerveza y mirando sin ver la tele. Antes eras más activo, hacías ejercicio… Ambos hemos sufrido, pero debemos seguir adelante.

Jack ya no escuchaba a su mujer. Era el discurso de siempre. Ni siquiera se paraba para repetírselo una y otra vez. Dora hablaba mientras iba de un lado a otro de la casa ordenando, cambiando las cosas de lugar o haciendo a saber qué, porque él tampoco se interesaba en averiguarlo.

Aquella tarde, sin embargo, se despertó diferente de la siesta. Dora había salido el fin de semana a casa de su hermana, a una reunión familiar a la que él se había negado a asistir. Prefería quedarse a hacer lo mismo de siempre: nada. Pero despertó con ganas de hacer algo.

Y casi sin pensarlo se dirigió al trastero, donde tenía guardada su bicicleta desde el día que su hijo falleció en un accidente. Su mujer había intentando varias veces que la tirara o la regalara, decía que le bastaba con que una bicicleta le hubiera arrebatado a un ser querido y no quería que él corriera la misma suerte. Y Jack consentía, a pesar de que siempre le había gustado dar sus paseos, pensar y ordenar sus ideas entre pedaleo y pedaleo.

La limpió, salió con ella a la calle y también sin casi darse cuenta estaba sobre su bicicleta recorriendo las calles de su barrio, una zona residencial tranquila, de casas con jardín de las que llegaban gritos de niños chapoteando en piscinas, aromas de asados entre risas y, sobre todo, silencio.

Llevaba sólo treinta minutos de paseo cuando vio que en una casa de una calle vecina se estaba realizando una venta de garaje. No le gustaba esa práctica, le entristecía. Siempre pensó que venta de garaje es sinónimo de adiós. Se hacen cuando alguien se va o cuando alguien se ha muerto.

Su intención era pasar de largo, pero tuvo que detenerse porque le impedían el paso la multitud de personas que salían con algo en las manos. Mientras esperaba echó un vistazo a los objetos expuestos en el jardín abierto al público esa tarde. “¿Cómo alguien puede pagar tanto por algo usado?”, pensaba observando los precios de algunas cosas, como vajillas, cuadros que le parecieron horribles, floreros, copas… Hasta que reparó en un sofá, en buen estado, con aspecto de ser muy confortable.

Le llamó tanto la atención que aparcó su bicicleta y buscó a la dueña de la casa para preguntarle si el precio que marcaba el sofá era real o si se había equivocado.

--Sí, ése es el precio. Me interesa venderlo pronto, me ocupa demasiado espacio. ¿Le interesa? Mi hijo se lo puede llevar a su casa en la furgoneta, si lo desea.

Aceptó sin ser muy consciente de lo que hacía, como hipnotizado. En tan sólo dos horas ya le había hecho un espacio en su sala de estar, lo había recibido y ya estaba echado sobre él. Quizá fue el cansancio que le causó su paseo en bicicleta después de tanto tiempo sin hacer ejercicio, pero en cuanto se tumbó en el nuevo sofá le entró una sensación de bienestar que hacía mucho no sentía. Incluso le pareció oler el perfume de su primera novia. Le sorprendió acordarse de ese aroma tantos años después y absorto en él se quedó dormido.

Y se sumergió en un agradable sueño, de besos y caricias inocentes con la mujer, muchacha todavía, que le descubrió qué era el amor. Cuando despertó habían pasado unas tres horas y tuvo que mirarse para ser consciente de quién era, porque al abrir los ojos se pensaba aquel adolescente enamorado.

Cuando su esposa regresó de su fin de semana familiar se enojó con él. Había tirado el sillón en el que tanto le molestaba verlo, pero a cambio había traído un sofá que ocupaba más espacio, que no le gustaba “porque no hace juego con el resto de los muebles” y porque Jack parecía haberse quedado pegado en él.

De hecho, no volvió a dormir en la cama matrimonial. Pasaba las noches en ese sofá que, no sabía por qué, siempre le regalaba sueños eróticos, cada vez más. ¿Cómo podría explicarle a Dora, con la que no había vuelto a tener relaciones sexuales desde que falleció el hijo de ambos, que le producía más placer un sofá que su compañía? ¿Como podría explicar a nadie, sin que lo tomaran por loco, que desde que tenía ese mueble en su casa se sentía plenamente satisfecho?

Pensaba en ello una noche cuando, al posar la mano sobre la parte curva del asiento, sintió el tacto de un muslo entre sus dedos. Un muslo tembloroso, ansioso, que se abría para facilitarle el camino a un sexo de mujer húmedo, palpitante y deseoso de recibirlo. Fue el sueño más ardiente que había tenido hasta ese momento. La mujer, una amante que había tenido en una época de crisis en su matrimonio, era puro fuego, puro sexo.

En su sueño, ella no dejó ni un solo rincón de su anatomía sin recorrer con sus labios, hasta que llegó a su sexo tan erecto que parecía a punto de vaciarse. El corazón latía a mil por hora por el placer que esos labios le estaban proporcionando. Corazón y sexo a punto de estallar… estallando en una eyaculación mortal.


Dora decidió dejar la casa. Se buscaría un piso más pequeño en donde rehacer su vida sola, alejada de tantos recuerdos dolorosos. Esperaba reunir una buena cantidad de dinero con la venta de garaje que había organizado. No quería llevarse consigo ningún objeto que le recordase su vida anterior. Y estaba vendiendo todo con bastante facilidad, excepto el sofá, que parecía invisible.

Hasta que un hombre que pasaba distraído por la calle reparó en él y le preguntó:

--¿Ése es el precio real del sofá?

--Sí, es que me interesa venderlo pronto. Me ocupa demasiado espacio. ¿Le interesa?

martes, 26 de enero de 2010

Me sumerjo en ti



Fotografía: Toni Frissell


Me sumerjo en ti.
Me abandono a los vaivenes de tu marea.
Me envuelven tus fluidos.
En ellos floto, liviana.
Mojada.
No hay un poro de mi piel
sin la humedad de tu abrazo.
No hay un resquicio del alma
sin el deseo de tu tacto.
Cierro los ojos.
Abro los labios.
Y me sumerjo en ti.

viernes, 22 de enero de 2010

Un misterio en el bolsillo (y III)




Mi hija y su nueva muñeca se volvieron inseparables. No entendía de dónde había salido, no hallaba ninguna explicación racional a su aparición. Pero, a pesar de su aspecto rústico y algo mágico, no podía sentir ningún desasosiego frente a aquel ser de trapo, hecho con una tela de color celeste y con tres plumas del mismo color. Desde donde la vieras siempre mostraba esa cara especial, observadora, fría, pero a la vez marcadamente atractiva; y alguna extraña fuerza te impulsaba a mirarla, tocarla y finalmente abrazarla. Me hacía recordar cuando muy pequeña disfrutaba la textura del delantal de cocina de mi madre y sobre todo su calor. Definitivamente, me transmitía serenidad.

Esa misma noche, mi hija dejó de lado el gatito de peluche que la acompañó en todos sus sueños desde que nació y quiso dormir con su nueva muñeca. “Se llama Wanga –me dijo—, y me cuida”. No pude negarme, parecía pegada a su mano. Mientras, su eterno compañero de descanso yacía abandonado en el suelo junto a la cama.

Cuando mi hija se duerme me gusta disfrutar del estar a solas. Fumo, bebo un trago, veo una película tendida en el sofá, leo..., respiro por y para mí misma. Son MIS horas. Pero no aguanté . Me fui al ordenador y dediqué varias horas a buscar datos sobre Wanga, es decir, sobre muñecas, texturas, significados, colores... Un océano de información se abrió ante mis ojos. Nada esclarecí, nada que me acercara a esta misteriosa muñeca. Al contrario, porque Wanga parecía reunir características de diversos rituales de diferentes países.

Algo sí me tranquilizó: entre toda la información que encontré, había coincidencia con respecto al color de la muñeca. El celeste es usado para aportar claridad, paz, tranquilidad y curación. Utilizado en muñecas, leí, puede hacer mucho bien en la habitación de un enfermo o en un ambiente donde se producen muchas discusiones.

También existe la creencia de que el color celeste aumenta la capacidad de concentración, propicia la creatividad, la inspiración, la amabilidad, la paciencia y la serenidad. De lo de la creatividad di fe en cuando mi hija despertó a la mañana siguiente. Por primera vez me contó un sueño, quizá porque por primera vez fue consciente de haber tenido uno.

“Mamá, soñé que montaba un pez-caballo que me llevó de paseo por el país de la lluvia. Los pájaros volaban de noche porque la Luna, grande, muy grande, los llamaba...”. Seguía contando, pero ya no era capaz de escucharla. Sólo la miraba, excitada, feliz, eufórica como nunca la había visto al despertarse. Todos nos levantamos de buen humor esa mañana.

Quizá contagiada por su entusiasmo, decidí acompañarla en su paseo matutino por el parque con los abuelos. Corrió, rio, saltó, volvió a correr, incansable como pocas veces la había visto, salvo por un instante. Un breve instante que sin embargo me pareció una eternidad. Me sorprendió ver cómo mi hija lanzaba una mirada cómplice a una anciana, de ojos muy claros, pelo muy blanco y un rostro lleno de arrugas, que sentada abrazaba un gran bolso de tela y tenía un libro abierto apoyado boca abajo en el banco.

La mirada que la anciana devolvió a mi hija me hizo intuir que ambas guardaban un secreto. Así que me quedé unos pasos atrás y me acerqué a ella. Sin necesidad de preguntarle nada, abrió su bolso, me mostró un montón de muñecas colocadas en su interior y me dijo:

- No temas. Wanga protegerá a tu hija. Reúne la magia de distintos pueblos que visité a lo largo de mi vida. Dediqué mi existencia a ayudar a los demás, pero no pude hacerlo con mis propios hijos. Los tres que tuve fallecieron siendo muy pequeños. Ahora poco o nada puedo hacer por los demás, soy demasiado vieja. Pero fabrico estas muñecas protectoras, que regalo a los niños que vienen al parque. Sólo a los que tienen una sensibilidad especial, a los que me recuerdan a mis niños, sólo a aquéllos que me la piden con la mirada.

No sé por qué, pero la creí. De mi boca únicamente salió un tímido “gracias” y una leve sonrisa. Al retirarme, me fijé en el libro que descansaba a su lado sobre el banco. Se titulaba “Imágenes y revelaciones de Santa María”.

martes, 19 de enero de 2010

Un misterio en el bolsillo (II)




La factura que apareció sin explicación en el bolsillo de la vieja bata me tenía casi obsesionada. Aún asumiendo que podría ser una señal de algo sobrenatural, es absolutamente imposible que apareciera ahí por arte de magia. Todos en casa le dábamos vueltas al asunto, aunque al segundo día era sólo yo quien no se lo podía quitar de la cabeza.

Decidí ir por partes. Iquique. De ahí procede la factura. Ninguno de nosotros hemos viajado allí. ¿Qué relación tenemos con esa ciudad? Ah, sí! En octubre nos visitaron unos amigos que viven allí. Pasaron un par de días en nuestra casa. La única explicación posible es que ellos hayan traído esa factura.

Pero, ¿cómo llegó al bolsillo de la bata? La verdad es que resuelta la primera parte, el misterio dejaba de ser tal. Siempre preparo las maletas en la habitación de invitados. Para guardar mi ropa interior utilicé una bolsa que había en ese cuarto (seguramente una que dejaron nuestros amigos).

Ya en casa de mis padres, al deshacer las maletas, guardé mi ropa interior en un cajón. No recuerdo haberlo hecho, pero está claro que al vaciar la bolsa, tomé la factura (un simple papel para mí entonces) y sin mirarlo lo guardé en el bolsillo de la bata, que tenía puesta, para tirarlo luego a la basura. No lo hice, y días más tarde lo encontré sin recordar nada.

Confieso que me decepcionó hallar tan fácilmente una explicación lógica. No había ningún misterio, sólo un despiste.

Pensaba en ello cuando me fijé en que mi hija jugaba con una muñeca de trapo, extraña, antigua, con rasgos indígenas, que ninguno de nosotros le había dado.

- Cariño, ¿dónde encontraste esa muñeca? ¿quién te la dio?

Me miró con ojos pícaros, me sonrió y encogiéndose de hombros me respondió:

- No lo sé.

sábado, 16 de enero de 2010

Un misterio en el bolsillo (I)




“Veraneando” (porque, aunque parezca increíble, éstas son las vacaciones de verano) en casa de mis padres, y por el frío que hace, eché mano de una vieja bata que mi madre guarda desde hace años en el fondo de un armario por si algún día pudiera ser útil. Y lo fue.

Nunca creí que el bolsillo de esa prenda se escondiera un misterio.

Pero hoy metí la mano y toqué un papel. Curiosa, lo saqué y lo miré. ¿Qué hacía eso ahí? Era la factura de un libro comprado en agosto de 2009 en Iquique (ciudad del norte de Chile). El título: “Imágenes y revelaciones de Santa María”. No era barato, 59.000 pesos.

Nunca fui a Iquique. Mi compañero sí, pero fue en su otra vida, muchos años atrás. En el mes de agosto, ambos estábamos en Santiago.

Mis padres viajaron a Perú, pero lo hicieron en febrero y no hicieron escala en Iquique. Además, la factura no era de ninguna tienda del aeropuerto, sino de una librería de un centro comercial del centro de la ciudad.

“Imágenes y revelaciones de Santa María”. Pero, ¿quién podría haber comprado ese libro? ¿Por qué? El título me parecía tan misterioso como la aparición de la factura en ese bolsillo de la bata, que jamás viajó a Chile y permanecía desde hace años en el fondo de un armario.

He pensado diversas teorías, pero ninguna lógica por el momento. Necesito ayuda para resolver este misterio o me volveré paranoica.

Es una señal. ¿Será una señal? ¿Me están dando un mensaje?

jueves, 14 de enero de 2010

Pájaros en la cabeza


Ilustración: Macus Romero


La llegada a la nueva casa la había introducido en un nuevo placer: el canto de los pájaros. Le obsesionaba escucharlos. Dormía a su hija con ese sonido, se relajaba y ensimismaba ella…


Llenó el jardín de casitas para pájaros que eran oportunamente revisadas para que nunca faltara comida y agua. Se hizo amiga de ellos, que comenzaron a ser asiduos para buscar su ración diaria y le agradecían regalándole su voz. Sus recitales la transportaban a festivales de música clásica, jazz, folclore… cada día y cada ave tenía registros diferentes. Pero siempre eran música para sus oídos.


Era tal la paz que le proporcionaban que llegó un momento en que no le apeteció escuchar nada más.


Y empezó a caminar así por la vida: con la mirada ida, la sonrisa eterna en el rostro, rictus de paz… y pájaros en la cabeza.

domingo, 10 de enero de 2010

Dama, elegante y distante


Fotografía: Rodney Smith


Te vas, dama, elegante y distante. Bajas por esas escaleras que tanto me recuerdan a ti, a los instantes que compartimos hace apenas minutos, a la mujer entregada antes de ponerse el disfraz de lo que todos consideran respetable.

Yo te respeto más cuando te tengo enfrente, desnuda, abierta, ávida y hambrienta.

Te respeto más cuando te muestras por dentro, sin velos, sin celos y sin pelos en la lengua.

Te respeto más cuando es tu cuerpo el que habla, tu boca la que busca, tu sexo el que llama.


Y bajas por esas escaleras que despiertan mi deseo de ti, de besar hasta tu rincón más recóndito, más secreto. El deseo de hibernar en ti. Y bajas tan dama, elegante y distante que temo que mi memoria borre la locura de hace unos minutos, la pasión con la que cabalgabas hacia el infinito, con la voluntad de hacer eterna la comunión de nuestros cuerpos.

Te odiaría ahora si no supiera que volverás a subir esas escaleras, que volverás a buscar el abrazo prohibido, que volverás en cuanto tengas la oportunidad de quitarte de nuevo el disfraz de dama, elegante y distante.

jueves, 7 de enero de 2010

Se busca muso



Fotografía: Henri Schmit

Anuncio: Se busca muso,
leal, constante y amable.
Tenía uno, parecía ruso,
alto, fornido y agradable.
Me hacía reír y me inspiraba
versos tórridos y suaves
siempre que lo necesitaba.
Pero se fue (¡hombres! ya sabes)
con una poetisa arrogante,
con faltas de ortografía,
guapa y con tetas grandes.
Otro talento no tenía.

Pensé que él volvería
aburrido y arrepentido,
a devolverme poesía,
también prosa y contenido.
Con el muso era sencillo
escribir bellas historias,
ahora enciendo un pitillo
esperando la victoria,
pero la palabra me abandona,
ya no respeta su horario.
Y para colmo la tetona
ganó un premio literario.

lunes, 4 de enero de 2010

Lo dejaste todo


Fotografía: Henri Cartier-Bresson

Salí a la escalera en cuanto me di cuenta, pero tú ya corrías calle abajo sobre tu bicicleta, como buscando aire, como si no pudieras respirar hasta salir del barrio por el que deambulaste estos últimos tres años.

Al pedirte que hicieras tu maleta y te fueras, no esperaba que reaccionaras tan al pie de la letra. Nunca lo habías hecho antes con nada de lo que te dije. Pero ahora, como si mis deseos de repente fueran órdenes para ti, arrancaste sin que mediara un adiós entre mi última palabra y tu primer pedaleo.

No. No contaba con que te fueras tan pronto ni tan rápido. En realidad, confiaba en que de nuevo me pidieras perdón, deseaba que me juraras que me amas y que soy lo más importante en tu vida... incluso me conformaría con que, una vez más, no me hicieras caso y continuaras leyendo a la espera de que recuperase la calma.

Pero te fuiste. Sin despedirte y sin mirar atrás. Sin llevarte ninguno de tus preciados libros, ni tus discos, ni las fotografías y textos que creaste con tanta dedicación. Todo me lo dejaste... Todo.

Salí a la escalera en cuanto me di cuenta. Sólo quería decirte que no te vayas así.

Al menos llévate tu corazón.

domingo, 3 de enero de 2010

Sequía





Tanta lluvia y
no sacia la sequía
de mi corazón.

Tantas lágrimas y
no limpian el polvo
que nubla la mirada.

Seco y árido es
el polvo del camino
que nos separa.

Como árido es
el silencio que
mata las palabras.