Gracias, Claudia

martes, 30 de marzo de 2010

Desperté


Imagen: "Mujer dormida", de Vanessa Balleza


Soñé tus manos dibujando un paisaje en mi espalda. Las yemas de tus dedos espolvoreaban nubes por su cielo y tu lengua trazaba las sinuosas raíces de los árboles.

Soñé tus manos reconociendo la forma de mis senos. Las yemas de tus dedos se deslizaban por la suavidad de mi piel y tu lengua escalaba mis pezones.

Soñé tus manos explorando la explanada de mi vientre. Las yemas de tus dedos buscaban el sendero hacia mi sexo y tu lengua marcaba el camino de regreso.

Soñé tus manos aventurándose en el umbral de mi hoguera. Las yemas de tus dedos descubrían el fuego oculto y tu lengua avivaba mi deseo.

Pero desperté… y tu cabeza entre mis muslos me enseñó que los sueños pueden hacerse realidad.

domingo, 28 de marzo de 2010

Inesperado día de verano




El inesperado día de verano al inicio de la primavera lo había pillado desprevenido y demasiado abrigado. La sombra de los árboles no aplacaba su calor mientras caminaba a paso ligero por la avenida Pedro de Valdivia. Ni siquiera se le ocurrió quitarse su chaqueta. Su rostro, transpirado, delataba que no estaba ahí. Su cuerpo avanzaba rápidamente por la acera, pero su mente estaba obsesionada con una pregunta que se repetía una y otra vez. ¿Por qué la perdí?

Cuando llegó a la concurrida 11 de Septiembre, con los primeros tropezones con otros viandantes, cambió el paso. Se hizo lento, pesado. No podía creerlo. Repasaba a velocidad de vértigo todos los buenos momentos compartidos, la complicidad, lo que habían construido juntos –un hogar--, su mirada sincera y entregada cuando hacían el amor, los proyectos que aún tejían,… no encontraba ningún sinsabor que hiciera sombra a tanta felicidad. ¿Por qué la perdí?

Sin darse cuenta había llegado al cruce de Ricardo Lyon con Providencia. Ahí ya comenzó a arrastrar los pies. Se sumergió en un mar de gente, que montándolo en una ola lo arrastró hacia la acera de enfrente en cuanto el semáforo cambió. Él se dejaba llevar, sin importarle nada. Sólo oía un ruido de fondo como de mar o de ciudad en movimiento, e imponiéndose sobre éste de forma nítida sus últimas palabras. –Dime que no me amas y lo entenderé. –Sí que te amo. Te amo con la vida y te amaré hasta la muerte. Nunca dejaré de hacerlo... Pero lo amo más a él.

viernes, 26 de marzo de 2010

Préstamos




Te presté mi libro favorito. Ése que estaba dedicado (dicen que trae mala suerte dejarlos), ése que me gusta releer cada otoño. Y jamás me lo devolviste.

Te presté mi disco predilecto. Ése que incluía nuestra canción, que tantas veces escuchamos juntos y que me regalaste un 14 de febrero, todavía enamorado. Y jamás me lo devolviste.

Te presté mi cuerpo. Ése por el que bebías los vientos, que tantas veces recorriste, que conocías como si fuera tuyo. Y jamás me lo devolviste. Continúa soñando entre tus sábanas.

Te regalé mi corazón. Porque, decías, era lo único que necesitabas en la vida para ser feliz. Y ése sí me lo devolviste… roto, irreparable. Ya no sirve para nada.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Martín y Susana (epílogo)


Ilustración: Josh Neuman



Unos años después:


Recuerdo bien la primera vez que nos vimos. “Martín”. Fue todo lo que respondiste cuando pregunté tu nombre. Y no me advertiste de nada.

Poco a poco nos fuimos acercando, hasta que sucumbimos al deseo. Todo pareció fácil desde ese momento. Me descubriste tu ternura, tu ingenio, tu paciencia, tus ganas, tu risa, la pasión de tus caricias, la dulzura de tus besos …

Pero luego fuiste cambiando. Como si tras tu sonrisa escondieras a un hombre diferente, que asomaba en cada mirada seria, en cada comentario soez, en cada exabrupto malhumorado con el que respondías a mi preocupación.

Tu alter ego, soportable en un principio porque sólo nos hacía visitas esporádicas, fue ganando peso e imponiendo su presencia. No parecías el hombre que conocí y del que me enamoré.

Martín

No me diste tiempo a continuar. Me dirigiste una de esas miradas duras que anunciaban la tormenta y descubriste tus cartas:

- ¿Martín? No sé de quién hablas, nena. Yo soy Martin.

lunes, 22 de marzo de 2010

Martin y Susi (y 4)




No hubo ni un “¿quieres tomar algo?”, ni un “ponte cómodo, voy a cambiarme”, ni siquiera un “qué bonito tu apartamento. ¿Dónde está el dormitorio?”… Estaba todo claro desde antes de cruzar el umbral y ni Martin ni Susi estaban por la labor de desperdiciar un solo segundo.
Eran sus pieles las que hablaban, se buscaban y se sentían, mientras sus manos parecían reproducirse. Sus prendas marcaron el rastro de su urgencia por llegar a la cama. Ya en ella todo fue fácil, como si llevasen años regalándose su pasión, como si reconociesen cada centímetro del cuerpo del otro y conociesen los lugares exactos donde multiplicar el placer.
Se quedaron dormidos, rendidos, sin tiempo a decirse una sola palabra después de sofocado el fuego, una diferente a las que encendían sus instintos momentos antes.

Martín despertó cuando aún no había salido el sol y empezó a vestirse.
(Martin: Fue increíble. Lo mejor en muchos años. Tal vez lo mejor, a secas).
(Martín: No le dije nada, ni siquiera lo mucho que me gusta).
(Martin: No te preocupes, creo que se ha dado cuenta).
(Martín: No sé… ¿Qué hago ahora? ¿Cómo mirarla en la oficina? Tal vez debería dejarle una nota… sí, se la dejaré).

Susana sintió el vacío a su lado. Entreabrió los ojos y vio a Martín, de espaldas, vistiéndose.
(Susi: Míralo. Me encanta. Pasaría con él todas las noches de mi vida. ¡Qué rico estuvo lo de anoche!).
(Susana: Mira lo que hiciste. Yo lo sabía. Esta vez la fastidiaste en serio. Ni siquiera se queda toda la noche… ¿Cómo me atreveré a mirarlo?).

Como si notara la mirada de Susana en su nuca, Martín se volteó. Le sonrió y se acercó para besarla. Era un beso de Martin, no cabía la menor duda. Susi relajó sus músculos y su corazón empezó a latir fuerte.
Martin: Debo pasar por casa antes de ir a la oficina, para cambiarme… No quise despertarte.
Susi: Ya, claro… Comprendo.
Martin: Ahora duerme, recupera fuerzas. Esta noche te voy a llevar a un lugar que te encantará. Y mañana… mañana decides tú a dónde vamos.

Esa mañana Susana no hizo tiempo en la cafetería de enfrente al trabajo. Fue directamente al edificio. Cuando entró en el ascensor, oyó unos pasos apurados y vio una mano sujetando la puerta. Era Martín. Sonrieron, y sus miradas estaban llenas de ternura y picardía, a partes iguales.
Susana: Buenos días, Martín.
Martín: Buenos días, Susana… Susi  --añadió en voz baja, mientras le daba un suave beso en la oreja.

sábado, 20 de marzo de 2010

Martín y Susana (3)




Martín acompañó a Susana a la reunión de trabajo con el cliente que supuestamente la incomodaba. No llegó a comprender por qué se lo había dicho, pues se trataba de un hombre de edad avanzada, muy agradable y que en ningún momento realizó ningún comentario o insinuación que pudiera molestar a Susana. El encuentro sirvió, en todo caso, para que Martín la admirara aún más, por la profesionalidad y facilidad con que logró cerrar el negocio.
Después de la reunión, Martín quiso invitar a Susana a un restaurante nuevo, de luz tenue y ambiente íntimo, que había recibido muy buenas críticas. En algunas guías de la ciudad se destacaba su cocina afrodisíaca (sin duda Martin tenía mucho que ver con la elección).
La cena transcurrió tranquila. Comenzaron hablando de trabajo, pero pronto se dedicaron a conocerse mejor. Cine, literatura, música, aficiones… encontraron más gustos en común de lo que suponían y eso se fue reflejando en la conversación, cada vez más fluida y trivial.

-Martín: Parece que te gusta mucho el marisco…
(Martin: Uyyyy, como siga chupando así la cabeza de las gambas no llegamos ni al postre…)
(Martín: No empieces. Estoy disfrutando de este momento, me siento feliz, así que déjame tranquilo).
-Susana: Y a ti chuparte los dedos… jajajajaja
(Susi: ¡Eso, lánzate! ¡Provócalo! Espero que sea un presagio o un anuncio de cómo va a seguir la noche…)
(Susana: Ni lo pienses. No lo hice en ese sentido. Me gusta, parece un niño disfrutando la comida).

Pero momentos como éste fueron casi una excepción. Martin y Susi estaban como ausentes, sin duda reuniendo fuerzas para su esperado (muy esperado por ambos) momento.
Tras los postres, y después de haberse bebido una botella de vino entre los dos, decidieron que sería mejor retirarse temprano. Había que trabajar al día siguiente, pero ambos coincidieron en lo agradable que había sido la velada y que tendrían que repetirla.
Como Susana había dejado su coche en el trabajo, Martín la acercó hasta su casa. Se estaban despidiendo cuando, por primera vez en la noche, Martin y Susi se impusieron con claridad. El fuego en la mirada de ambos no dejaba lugar a dudas y el apasionado beso que le siguió marcó el inicio de su reinado.

La última vez que se vio a Martín y a Susana esa noche entraban en un ascensor. Cuando éste llegó al quinto piso, ya no había rastro de ellos.
Martin y Susi entraron al apartamento de ella medio desnudos y sin parar de reír.


jueves, 18 de marzo de 2010

Susana y Susi (2)


Fotografía: Rodney Smith


Susana esperaba todas las mañanas en la cafetería de enfrente al trabajo a que Martín entrara en el edificio. Le gustaba empezar así los días, con la mirada de él admirándola cuando pasaba frente a su mesa, camino a su despacho.
Desde que llegó, Martín le gustó, porque era amable, atento y se percibía mucha ternura en él. Pero sobre todo porque de vez en cuando le sorprendía un brillo pícaro, casi perverso, en sus ojos, y una sonrisa que más bien parecía una promesa de múltiples placeres.

(Susana: ¿Por qué no me invita a salir? Sé que le gusto, no hay más que ver cómo me mira… ¿No se da cuenta de que lo estoy deseando?).
(Susi: Vas a tener que dar el primer paso. Como esperes a que lo haga él me van a salir telarañas. Y ya voy necesitando un buen revolcón, que no todo va a ser trabajo, trabajo y trabajo…).
(Susana: Contrólate. Martín me gusta en serio y no quiero que se asuste pensando que soy una salida que sólo busca un buen polvo).
(Susi: ¿Y qué tiene de malo querer un buen polvo? A los hombres les gustan las mujeres calientes… Los tiempos cambiaron…).
(Susana: Ya, cállate. Y no seas ilusa. Les gustan calientes, sí, pero para pasar un buen rato… Los hombres nunca se quedan con la mujer fácil).
(Susi: Más fáciles son ellos y no nos quejamos. Invítalo a cenar. No es tan difícil. Ya lo has hecho antes).
(Susana: Claro, por hacerte caso. ¿Y cómo estoy ahora? Más sola que la una y con la sensación de haber sido utilizada por aquel imbécil…).
(Susi: Pues a mí me gustó cómo me “utilizó”… Lástima que no volviera a llamar…).
(Susana: ¡¡¡Cállate!!! Quiero hacer las cosas bien. Martín es distinto y me apetece una relación estable).
(Susi: Sí, claro, distinto. ¿Tú has visto cómo te mira los pechos? Fíate de mi instinto, éste lleva dentro un animal que te va a volver loca en la cama).
(Susana: No es eso lo que busco. Quiero conocerlo con calma, dejar que las cosas fluyan, disfrutar de su compañía…).
(Susi: Pues dile algo o lo haré yo).
(Susana: Ni se te ocurra. Tú no existes ¿entendido? Pero tranquila, se me acaba de ocurrir una idea).

-Susana: Martín… Martín… Martíííínnnn!!!!
-Martín: Eh… Sí… perdona. Estaba… distraído.
-Susana: Ya me he dado cuenta… Oye, que quería que me acompañaras a ver a un cliente… Suele incomodarme y no quiero ir sola.
-Martín: Sí, claro. Te acompaño… Y como ya es tarde, luego podríamos ir a cenar juntos… Bueno, si te apetece.

Susana esbozó una sonrisa de satisfacción, porque su plan había salido tal como esperaba, y respondió: “Claro que me apetece”. Fue capaz de controlar la risa que le provocaron los nervios de Martín. Se encaminó hacia la salida sintiendo los ojos de él sobre sus caderas. Intuía que esa noche comenzaría algo importante en su vida.

Susi, que se había permitido colar su sonrisa pícara en la conversación, se quedó pensativa. “Esto promete. Espero que también venga Martin”.

martes, 16 de marzo de 2010

Martín y Martin (1)


Fotografía: Rodney Smith


La entrada de Susana a la oficina era el momento del día más feliz para Martín. Se aseguraba de llegar siempre antes para no perderse el momento en el que ella, inevitablemente, pasaba por delante de su mesa para dirigirse a su despacho.

(Martín: Qué breve es este instante. Podría estar mirándola todo el día)
(Martin: Es que está muy buena. Yo le haría un par de favores y aún le daría las gracias).
(Martín: No pensaba en eso. Es… no sé, lo que me hace sentir… Es…).
(Martin: Esas sí que son tetas. Como me gustan, grandes, duras, bien puestas).
(Martín: No empieces. Me gusta de verdad, podría enamorarme de ella, si no lo estoy ya).
(Martin: ¿Enamorarte? No jodas! Si apenas has hablado con ella. Tú lo que quieres es tirártela, como yo. Para eso valen las mujeres ¿no?)
(Martín: Apenas hablo con ella porque temo que te entrometas y lo estropees todo. Me gustaría conocerla con calma, dejar que las cosas fluyan, disfrutar de su compañía…).
(Martin: …y follártela. Pues a ver si te decides de una vez, porque hace mucho que no nos comemos un rosco, y ya me estoy poniendo nervioso).
(Martín: No te quejes. Más tiempo hace que no me enamoro. Desde que lo fastidiaste todo por tu manía de que lo bueno está en la variedad y que cuantas más mejor…).

-Susana: Martín… Martín… Martíííínnnn!!!!
-Martín: Eh… Sí… perdona. Estaba… distraído.
-Susana: Ya me he dado cuenta… Oye, que quería que me acompañaras a ver a un cliente… Suele incomodarme y no quiero ir sola.
-Martín: Sí, claro. Te acompaño… Y como ya es tarde, luego podríamos ir a cenar juntos… Bueno, si te apetece.

Martín no podía creer que se hubiera atrevido a proponérselo. Menos aún que ella, con una mirada cómplice y casi pícara, le respondiera: “Claro que me apetece”. La siguió embobado, como en una nube, pensando en que ahora sí, ahora estaba ante el amor de su vida.

Mientras tanto, Martin, con una sonrisa maliciosa, se frotaba las manos.

lunes, 15 de marzo de 2010

Duelo pendiente




I.

Tengo un duelo pendiente, al menos. Un luto por vivir. Una muerte por llorar.
La muerte de un sueño, de una ilusión, de un comienzo. La muerte de una promesa.
La pena está dormida, pero el dolor vive constantes despertares con la sacudida de una imagen, de un llanto o de un pensamiento que se escapa por entre las rejas de un olvido impuesto.
Son momentos que actúan como sal en una herida aún por cicatrizar, y que se pone en carne viva con el peso de la responsabilidad. ¿O será culpa?
La razón colabora con sus argumentos irrebatibles, pero éstos no logran imponer el orden. El sentimiento casi siempre pesa más.
Y la verdad se abre paso. No pude darle vida. No tuve la energía suficiente.
Apenas alcanzaba para mí…


II.

Primero se fue el brillo de los ojos, ése que en las últimas semanas hacía más bello su rostro, ése que a través del espejo le respondía siempre con una sonrisa.
Después se fue, en sangre, la propia vida, la ilusión y la fuerza. Apagada su mirada, el miedo se adueñó de la oscuridad que, cual tsunami, la invadió por dentro echando fuera todo lo que encontraba a su paso.
Nadie está preparado para que un cuerpo sinónimo de promesa se convierta de repente en urna funeraria.
Ése fue el momento en que en el corazón se le instaló la pena. Grande. Muy grande.
(No importa que el duelo sea corto. Solamente ayuda a sobrellevarlo mejor.
La pena permanece y deja un hueco que no volverá a llenarse…).

sábado, 13 de marzo de 2010

Grito... Llanto... Golpe




Grito
Alzo mi voz sobre el infinito,
atravesando murallas
tropiezo con brisas invisibles.
Descargo mi impotencia,
pero regresa intacta
y se instala de nuevo
en la voz gastada.

Llanto
Derramo mis ojos
en los mares ausentes
de cómplices silentes.
Descargo la rabia
que igual permanece
y ocupa su espacio
en la mirada anegada.

Golpe
Recojo mis puños
de nudillos sangrantes
que golpean el vacío.
Descargo la furia,
la impotencia y la rabia,
y se instala la pena
en mis manos cansadas.

Impregnada de nada
interpretan el vacío
grito, llanto y golpe.

jueves, 11 de marzo de 2010

Entre paréntesis




Me miraste a los ojos y en los tuyos leí el deseo. DOS PUNTOS. Decidido, te acercaste a mi boca, me dijiste: “Déjate hacer” y me besaste. PUNTO Y SEGUIDO.

Eso sólo fue el principio. Tus labios ya no se despegaron de mi piel. Bajaste por mi cuello, COMA, y te detuviste en mis hombros. COMILLAS. Siempre me excitó el juego de tu lengua y tus labios en mis hombros.

Continuaste recorriéndome hasta encontrar mis pechos. PUNTOS SUSPENSIVOS. Mis pezones no tardaron en reaccionar a tu buen hacer.

Tu lengua trazó después un camino hasta mi ombligo. PUNTO Y APARTE.

Mi pasividad ya agonizaba y el dejarme llevar se convertía en una tortura. SIGNOS DE INTERROGACIÓN.

Por fin llegaste a mis caderas. “Ahora que te tengo ENTRE PARÉNTESIS me toca dictar a mí”, te dije. Callaste, sonreíste y me ofreciste tu SIGNO DE EXCLAMACIÓN.

martes, 9 de marzo de 2010

Tres mujeres


Fotografía: Rodney Smith


Fulgencio Torregrossa era un hombre serio, adusto, parco en manifestaciones emotivas. Su carácter le había facilitado el éxito en su profesión: era el notario más reputado de la ciudad.

Aquella mañana, Matilde, su secretaria (que lidiaba con maestría su temperamento; no en vano era su esposa desde hacía ya 34 años) le comunicó que las clientas lo estaban esperando en la sala de reuniones. Torregrossa estaba acostumbrado a realizar lecturas de testamentos. Eran un mero trámite para él. Pero en esta ocasión se sentía intrigado. Debía reunirse con tres viudas para comunicarles las últimas voluntades de su marido, un rico empresario extranjero que se había instalado hacía ya bastantes años en el país.

Se encontró con tres hermosas mujeres, de riguroso luto y en idéntica actitud. Leves matices en su vestuario marcaban las diferencias entre ellas, porque no sólo sus poses, sino también sus caras y sus figuras eran muy parecidas. Muy bien parecidas, por cierto.

Tras las presentaciones de rigor y de informarles cómo sería el procedimiento, Torregrossa pasó a leer el testamento:

“ Cathlyn: Eres cariñosa, responsable y entregada. Me has acompañado desde el principio y eres la única que me ha dado hijos. Para ti será la casa familiar, aunque deberás acoger en ella a tus hermanas mientras lo deseen y lo necesiten, hasta que vuelvan a casarse.

Susan: Eres inteligente, emprendedora y tienes carácter. Siempre me has ayudado a la buena marcha de nuestra empresa, conoces todo lo necesario de ella y sabes cómo manejarla. Ahora es tuya, pero tendrás que cubrir las necesidades de tus hermanas como hemos hecho siempre.

Rose: Eres apasionada, romántica y ardiente. Para ti es la casa de la playa, para que en cada atardecer sigas recordando las veladas que compartimos y con las que tan dichosa decías sentirte.

Las tres me habéis hecho inmensamente feliz. Os deseo la misma felicidad”.

Las viudas escucharon tranquilas el testamento, que contemplaba también la división en tres partes iguales de la fortuna del empresario. Parecían satisfechas, a juzgar por su calma, aunque no mostraron ninguna emoción. Se despidieron cortésmente y se fueron juntas, tal como habían llegado.

Fulgencio Torregrossa permaneció especialmente serio después de la reunión. Sin dar mayores explicaciones, tomó su chaqueta y su maletín, y abandonó la oficina.

Cuarenta minutos después, Matilde recibía, por primera vez en su vida, un hermoso ramo de flores con una tarjeta: “Gracias por ser todas en una. Te amo. Fulgencio”.

lunes, 8 de marzo de 2010

Deja de mirarme así




Deja de mirarme así. Con ese aire entre soberbio y condescendiente, con esa altivez. Deja ya esa arrogancia. Conmigo no te funcionará. Sabes que te conozco muy bien.

Deja de mirarme así. ¿Quién te ha dado el derecho a juzgarme? Y encima me condenas. Tú, precisamente tú, que deberías comprenderme y apoyarme mejor que nadie.

Deja de mirarme así o romperé todos los espejos de la casa.

sábado, 6 de marzo de 2010

3.34 am




El gran reloj de la torre de la facultad de Derecho marca las 3.34, recordando a cuantos pasan por allí el violento temblor que durante dos minutos y medio sacudió las conciencias y los temores de millones de personas que no dábamos crédito a ese macabro baile de la tierra bajo nuestros pies.

El reloj de la facultad de Derecho marca la hora del crimen, la hora en que los fantasmas despertarán cada noche para recordar el principio de su fin. El minuto exacto en el que sólo queríamos abrazar a nuestros seres queridos para morir acompañados, el instante en que deseábamos la quietud absoluta, el silencio, roto por los latidos de nuestros corazones, por los gritos, por el propio rugido de la tierra desperezándose de su largo sueño y acomodándose en su lecho.

A esa misma hora yo, que apenas podía mantener el equilibrio y veía cómo todo se movía a mi alrededor bajo la intensa (y única) luz de la luna llena, sólo era capaz de pronunciar una y otra vez el nombre de mi hija, como si de ese modo pudiera tenerla junto a mí y saberla a salvo.

A esa misma hora, Bárbara la llevaba en brazos intentando a duras penas recorrer el pasillo de la casa para alcanzar el quicio de la puerta principal para sentirse a salvo. El estruendo del terremoto y el ruido de los cristales vibrando no le permitieron escuchar cómo multitud de objetos caían y rompían.

A esa misma hora, Marcela, en Constitución (o en Dichato, o en cualquiera de los pueblos costeros de la VII y VIII región), sólo quería asegurarse de que todos los miembros de su familia se despertasen y corriesen con ella hacia un cerro, porque sabía que el mar se recogería y regresaría pronto con violencia para arrebatarles todo. Incluso la vida si no huían en el instante con lo puesto.

A esa misma hora, las familias que vivían en el edificio “Alto Río” de Concepción no sé si pensaban cuando sentían cómo el inmueble literalmente se cayó al suelo. Algunos pueden contarlo, otros todavía están enterrados entre sus tripas.

A esa misma hora, millones de personas con nombre propio, con ilusiones y metas, simplemente no podíamos dar crédito a lo que estábamos viviendo. Pero el gran reloj de la torre de la facultad de Derecho marca esa hora, de la que ahora se cumple justo una semana, que jamás podremos olvidar.

Y afortunados somos los que podemos recordar.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Vuelvo


Bruno Sandoval en Pelluhue. Fotografía: Roberto Candia (AP)


Regreso al blog, después de cinco días que para la mayoría de vosotros son sólo eso, cinco días, pero que a mí me parecen casi una vida.

Regreso al blog y lo encuentro igual que hallé la casa al regresar en la madrugada del pasado 27 de febrero: multitud de cosas caídas, mucho por ordenar, mucho por tirar, mucho por recoger e intentar pegar y reconstruir, e incluso algún fantasma suelto (como el de mi añorado gato Magoo que se escapó de entre sus cenizas esparcidas por el suelo. Al menos no era el abuelo).

Regreso al blog y lo hago todavía en estado de shock. Por el terremoto que VIVE el país en el que resido. (Aprovecho para aclarar que estoy aquí desde hace cinco años y medio, pero soy gallega y lo seré hasta que muera). El temblor de la madrugada del sábado sólo fue el inicio del verdadero terremoto, que es el que se vive ahora, con millones de personas que perdieron a seres queridos, su hogar, su modo de subsistir… con un país que enseña lo peor (vandalismo, robos, saqueos, amenazas) y lo mejor de sí mismo (entereza, fuerza para volver a levantarse, solidaridad, empatía).
Yo he sido afortunada. Lo peor fue que no estábamos con nuestra hija en el momento del temblor y se hicieron eternos los dos minutos y medio en que la tierra se sacudió con una violencia difícil de describir y los veinte minutos siguientes hasta que logramos llegar a casa y abrazar a nuestra pequeña, que afortunadamente vivió el suceso creyendo que era una “tormenta de estrellas, una tormenta de corazones”. A partir de ahí, permanecimos en el privilegio de ser casi meros espectadores, salvo por los efectos indirectos que tuvimos que soportar. La nada misma comparado con lo que viven miles de personas en estos momentos.

Regreso al blog y lo hago todavía en estado de shock, pero en el momento más oportuno, cuando más os/lo necesito. Por el terremoto interno que me tocó vivir también estos días. Un tsunami particular me arrasó por dentro llevándoselo todo. Pero ésa es otra historia que tendré que aprender a superar.

Regreso al blog y no puedo hacerlo sin agradecer todos vuestros comentarios, vuestra preocupación y vuestros ánimos. A todos, con cariño especial a los que me habéis escrito mails. Os pido tiempo, para volver a leeros (he echado de menos leeros), para responderos uno a uno, para comentaros.

Y os pido un poco de paciencia hasta que logre reencontrarme.