Gracias, Claudia

martes, 29 de junio de 2010

¿Quién puso más? (II) - Siento que te estoy perdiendo





Cuando llegó a casa ella no se levantó a recibirlo. Pero no le sorprendió esa frialdad.

Nada le hizo imaginar un reencuentro diferente cuando salió de casa por la mañana. Se levantó, tomó su café, se fumó un cigarrillo, se duchó, se puso su traje y cogió su maletín sin que ella ni siquiera se moviera en la cama. Tampoco lo hizo cuando se acercó y la besó en la frente. Era lo más cerca que últimamente se sentía de ella… pero ella permanecía tan distante.


Desde hace algún tiempo te siento distinta,
no sé qué será, pero no eres la misma.
Observo en tus ojos miradas que esquivan la mía.
Cansado de tanto buscar tus pupilas
pidiendo respuestas a cada por qué.
Pero adivino en ti algo que empieza a huir
y no quiero entender
Cuando un presentimiento no crea razón,
sólo infunde terror.

Siento que te estoy perdiendo…
Perdiéndote.


Fue lo primero que escuchó cuando encendió la radio del auto. Por un instante la voz de Aute lo trasladó a los felices momentos en la Universidad, cuando se conocieron bailando “Las cuatro y diez” en un guateque postadolescente. Pero la letra lo devolvió a la realidad, a su vida actual, a la que nunca quiso tener.

La melancolía que lo invadió en el trayecto al trabajo condicionó el desarrollo de la jornada. No ganó un par de clientes por la poca energía que manifestó en su exposición y estuvo a punto de perder otro por su falta de paciencia. Estaba deseando que terminara ese mal día. Mientras, continuaba sonando en su cabeza la canción.


Y con monosílabos adormecidos
pretendes decir que dialogas conmigo.
Tus gestos son más elocuentes,
al menos son signos de tu indiferencia por todo lo mío,
y más si mi afán es hacerte feliz.
Qué fue lo que pasó.
Dónde estuvo el error, que no pude impedir.
Aunque sé que no es fácil decir la verdad
no la digas jamás.

Siento que te estoy perdiendo…
Perdiéndote.


Porque desde hacía algún tiempo sentía que las cosas no iban bien, que su relación estaba agonizando, que ya no era como la quisiera recordar y no sabía cómo salvarla. Por alguna razón no podía evitar la distancia, aún sabiendo que así sólo contribuía a aumentarla. Y por dentro le iba comiendo el miedo a imaginarla con otro, feliz con otro, entregada con otro.

No podía más. No dejaría pasar un día más sin enfrentar la situación. Pero cuando llegó a casa ella no se levantó a recibirlo. La miró y en un instante estuvo a punto de hablar, pero no lo hizo. No quiso preguntar. No quiso enfrentarse a ninguna respuesta. Ella tampoco. Sólo la oyó tararear “¿Quién puso más?”... Y el siguió sin ni siquiera encender la luz.


sábado, 26 de junio de 2010

¿Quién puso más?





¿Quién puso más?, los dos se echan en cara.
¿Quién puso más?, que incline la balanza.
¿Quién puso más calor, ternura, comprensión?
¿Quién puso más? ¿Quién puso más amor?…

La música que sonaba en el local al que entró para desayunar no era precisamente la más actual. En época de crisis, cualquier tiempo pasado parece mejor. Debe de ser la razón por la que una buena parte de las emisoras de radio insiste en poner y reponer antiguos temas.
Ése fue su primer pensamiento. Sin embargo, crisis hay muchas, y más que la gran crisis económica que está en boca de todos, a ella le preocupaba la suya propia. Tal vez por eso esa vieja canción de Víctor Manuel le gatilló una serie de pensamientos que desencadenó un malestar que la acompañaría el resto del día.


Se había despertado con ánimo. Con el suficiente ánimo para arreglarse, subirse al coche y buscar un lugar agradable para desayunar viendo otros rostros, otras vidas. Se había despertado con la necesidad de huir de la soledad que día a día la convertían en un ser huraño, casi antisocial.
La luz que atravesaba la persiana de madera e inundaba su habitación había contribuido a su deseo de salir al mundo y la había ayudado a vencer la inercia de continuar arropada por las sábanas, adormecida, soñando con una felicidad que, sin embargo, no se esforzaba en buscar.
De un salto, casi, salió de la cama y entró en la ducha sin darse tiempo a pensárselo dos veces. Los jeans que había usado ya toda la semana y reposaban sobre el sillón de mimbre servirían otro día, pero se tomó un tiempo para elegir una camiseta con la que sintiera cómoda y atractiva. Escogió la de color violeta. Se salía del negro habitual sin ser demasiado llamativa; además, marcaba sus curvas lo suficiente para sentirse bella sin parecer buscona. Tras calzarse los botines de siempre decidió maquillarse. Sólo lo justo, un poco de rímel para resaltar sus ojos y algo de color en sus labios. En todo caso, más de lo que acostumbraba. Cuando se miró al espejo antes de salir de casa se sorprendió sonriendo.


Eligió la cafetería de la plaza a pesar del ruido de las obras del estacionamiento subterráneo porque le gustan los pasteles que ofrecen para el desayuno. Cuando entró no se fijó en la música que estaba sonando. Ni siquiera se había enterado de que hubiera música. Estaba tomando el primer sorbo del jugo de naranja cuando la oyó.

Entre los restos del naufragio y la memoria,
como una sombra, se alza en sus vidas
un tercero que no nombran, pero que estorba
y pone hielo en esta historia.

Fue la voz de Víctor Manuel lo primero que llamó su atención. Tantos años sin oírla. E inevitablemente los primeros versos la sumergieron en la canción, conocida y olvidada ya. Y la escuchó como si fuera la primera vez. A fin de cuentas, nunca antes la había escuchado en su actual situación.
Ensimismada en sus pensamientos, preguntándose quién puso más en su propia historia de amor, o de desamor, terminó el desayuno sin darse cuenta, pagó y abandonó el local con un rostro completamente diferente al que tenía cuando entró. Ya no había brillo en sus ojos. Ya no había ganas en su caminar. Ya no deseaba comerse el mundo. Sólo deseaba poder responder a esa pregunta que un estribillo le había planteado una y otra vez.


Cuando él llegó a casa no se levantó a recibirlo. Llevaba varias horas sentada en el sofá, sin sacarse esa dichosa canción de la cabeza. Él la miró. Por un instante pareció que iba a decir algo, pero no lo hizo. No quiso preguntar. No quiso enfrentarse a ninguna respuesta. Ella tampoco.
Y siguió sentada en el sofá, ya en la oscuridad, tarareando mentalmente… “¿Quién puso más?...”.


jueves, 24 de junio de 2010

¡¡¡Cien!!!




No os molestéis en leer el siguiente párrafo. Podéis saltároslo. He escrito cien veces “La número 100 ¿y qué?”

La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué? La número 100 ¿y qué?

Pero lo cierto es que me sorprende y me emociona haber llegado a mi entrada número 100. Sé que no tendría por qué ser diferente, por ejemplo, a la 99 o a la 101, pero lo es. Tenéis la prueba de que intenté quitármelo de la cabeza, pero sigo sintiéndolo como algo especial. Aunque no sé cómo celebrarlo. Lo he pensado.

Pensé en escribir algo sobre el número, pensé en alguna historia especial, pensé en daros las gracias, pensé en traer un texto y en cuál traer, pensé en contratar una banda (de música, claro) y haceros agradable el tiempo que pasáis aquí, para algunos pensé en contratar a una stripper (pero mis principios me lo impidieron), por lo mismo tampoco pude traer a un nudista para vosotras, pensé en cantaros algo, pero os aprecio…

Pensé en diferentes modos de celebrarlo y no me convenció ninguno. Bueno, uno sí, pero estaba incluido en todas las posibilidades:

Gracias, a todos los que pasáis por aquí (los que comentáis y los que no). Me dais ánimos para seguir, me habéis hecho descubrir capacidades que me negaba, me habéis ayudado a creer en mí. Y me acompañáis.

Gracias.


lunes, 21 de junio de 2010

En la escalera


Fotografía: Henri Cartier-Bresson



Después de media hora en medio de aquella escalera, ella pensaba que no debía estar ahí, que no debió confiar en un casi desconocido. No tenía que haber creído sus palabras. Seguramente no era como decía ser.
Y se sentía culpable. De nuevo había caído, de nuevo había creído que aún tenía una oportunidad. De nuevo se metió de lleno en una historia que, ahora lo veía, no sólo no tenía futuro, sino que ni siquiera tenía presente.
Ella, que siempre iba al centro del asunto, volvía a equivocarse al creer que había encontrado su alma gemela.

Después de media hora al pie de aquella escalera, él pensaba que no debía estar ahí, que no debió creer en una casi desconocida. No tenía que haber creído sus palabras. Seguramente nunca pensó en darle una oportunidad.
Y se sentía un tonto. De nuevo había caído, de nuevo había creído que una mujer se interesaba en él. De nuevo apostó por iniciar una historia que, ahora lo veía, jamás había existido en la mente de ella. No tenía pasado.
El, que siempre daba importancia a cómo empezar las cosas, volvía a equivocarse al creer que había encontrado su alma gemela.

A pesar de la decepción que sentían, decidieron que el otro debía saberlo. Quizá buscando, en el fondo, un resquicio por el que volver a creer. Y se intercambiaron idénticos mensajes:

“Te esperé en la escalera que dijimos a la hora convenida… pero no viniste”.


sábado, 19 de junio de 2010

Crisis cíclicas





Días de crisis cíclicas.

Todo volverá a la normalidad, espero.

A la normalidad cíclica, también.

Entonces resurgiré de las cenizas, también espero.




.

viernes, 18 de junio de 2010

Descansa en paz





"Dentro de nosotros existe algo que no tiene nombre
y eso es lo que realmente somos".
José Saramago


Hace más de veinte horas que llueve sin parar. Como si el cielo también supiera lo que estaba ocurriendo. En realidad, no me cabe duda de que lo sabe (aunque él no creyera en el cielo). Por eso llora sin consuelo.

El día amaneció oscuro, de luto. La literatura también amaneció de luto, como lo hizo el recuerdo de todas las horas en que me envolvieron y abrigaron sus palabras. Su arte, su pensamiento, su actitud permanecerán, pero él se fue, para siempre, mecido en el sueño eterno.

Gracias, José Saramago. Descansa en paz.

martes, 15 de junio de 2010

La maldición del Mundial





Marcelo Valdivieso leyó que una cadena de electrodomésticos de Francia había lanzado una oferta según la cual a todos aquellos clientes que comprasen un televisor de plasma durante el mes de mayo se les devolvería el dinero si la selección francesa ganaba el Mundial de fútbol. Pocos galos cayeron en el truco, pues poca era la fe que le tenían a su equipo.

A Marcelo Valdivieso le gustó la idea y pensó que podía arriesgarse y extender la oferta a cualquier artículo que se comprase en su modesta tienda de barrio. La crisis se había dejado notar en los últimos meses y necesitaba incentivar las ventas o tendría que cerrar el negocio y vender su casa.

La ilusión con la que los chilenos vivían el primer mundial de su selección después de doce años dio sus frutos. Marcelo vendió todo lo que tenía en el comercio y aún tuvo que hacer un par de pedidos de mercancía para hacer frente a la demanda.

Todo era euforia. Para Marcelo, por la buena marcha de su empresa. Para sus clientes, por la buena campaña que la selección chilena estaba haciendo en el Mundial.

El día de la final, Marcelo siguió el partido en su tienda, en el único televisor que había quedado sin vender. No quiso que nadie le acompañara, a pesar de que todos sus amigos le habían propuesto hacer una fiesta.

Su mujer acudió corriendo a la trastienda del negocio cuando oyó el disparo. La escena que encontró era macabra: su esposo caído sobre la mesa, con la tapa de los sesos levantada, una pistola en su mano derecha y junto a la izquierda, una nota:

“Quién mandaría a estos weones ganar el Mundial”.


domingo, 13 de junio de 2010

La ventana del 4º B


Ilustración: "Ventanas en la noche", de Edward Hopper



La ventana del 4º B se mantiene iluminada hasta altas horas de la madrugada. Permanece con la persiana cerrada durante todo el día, y en cuanto el sol se pone, se abre. Para que entre la oscuridad, digo yo.

Pocas veces veo a nadie más. Sólo a esa chica que camina lento, que parece perdida a pesar de estar en su casa. Puedo observar parte de su cama, una mesa escritorio pegada a la ventana y un sillón abarrotado de ropa que nunca le he visto puesta, porque siempre está con esa camisola gris hasta las rodillas. Aparentemente, anda descalza. O eso pienso yo, porque no alcanzo a ver sus pies.

Nunca la vi en la calle. Y eso que mi enfermedad me tiene postrada ante esta ventana, y poco se me escapa. No sé de qué vive, qué come, con quién se relaciona. No consigo deducir nada de su vida, salvo que se pasa horas frente a su ordenador y que, llegado un momento, se echa en la cama, toma una fotografía, la mira por unos minutos y luego la aprieta fuerte contra su pecho mientras llora desconsoladamente.

No sé de quién es la foto. Mis prismáticos no me permiten verlo con detalle. Tal vez deba comprarme unos nuevos.


viernes, 11 de junio de 2010

De piedra


Fotografía: Lucien Clergue

Ni me has visto.
Qué frío es el despecho.


Me decías que era de piedra porque no sabías que bebía los vientos por ti.

Y así fueron pasando los días… incluso los años. Tú, sin acercarte porque me considerabas fría y yo sin atreverme a mostrarte mi calor.

Ahora nos hemos reencontrado en el camino, sin esperarlo, tantos años después. A la sorpresa reaccioné feliz, alegre, regalándote la mirada más tibia de la que soy capaz, mientras que tú enfrentaste mis ojos con suma frialdad, la misma que criticabas en mí.

Y recordé que me decías que era de piedra porque no sabías que bebía los vientos por ti.


jueves, 10 de junio de 2010

Lágrimas (y humo)





No he llorado todavía. Apenas algunas lágrimas asoman en algunos momentos, mientras la pena se va acomodando con tanta desfachatez que casi pasa inadvertida. Entra hasta la cocina, como perrito por su casa… y es que conoce bien el camino.

No he llorado todavía. Mientras el miedo al quiebre que se avecina me oprime el pecho, me roba el aire, me lastra el paso. Miedo a los caminos que siga la vida, a que se escape por un lado para volver por otro, miedo a que forzar la llegada de una vida me lleve a perder otra, la más preciada. Miedo a estar echando un pulso demasiado desigual como para ganarlo.

No había llorado todavía y lo necesitaba. Necesitaba llorar a moco tendido, como ahora lo hago, buscando el regazo que me acoja, de nuevo, para espantarme los fantasmas. Buscando esa mano que acaricia mi pelo y me adormece, tranquila.

No había llorado todavía y lo necesitaba. Sólo por eso.


martes, 8 de junio de 2010

Comerte la boca





¡Y contuve las ganas de comerte la boca!

-No me gusta que me beses cuando no estamos solos.
¿Recuerdas? Siempre me lo decías. Y yo siempre lo olvidaba, aunque tú no te lo creías. Hacías bien.

Pero ese día, justo en el que más lo deseaba, contuve las ganas de comerte la boca.

Y te enfadaste.


viernes, 4 de junio de 2010

Vida multiplicada




Nunca se vieron, nunca estuvieron frente a frente, ni se tocaron jamás aunque sus almas se abrazan a diario. Sólo se muestran por dentro: sus deseos, temores, ansias, sueños, frustraciones… Han llegado a conocerse bien, y se gustan. Ella lo sabe, y a pesar de ser mucho más joven, sabe dosificar su ternura y su candidez para provocar en él la necesidad de buscarla y volver a creer.

A ella le hacen feliz los versos que le escribe el poeta, saberse la musa de sus desvaríos, la razón de su locura romántica, la única que lo rescata de sus lamentos rimados. Pero quiere más, desea ese contacto piel con piel que jamás se producirá, ese juego de miradas que no llegarán a cruzarse, ese tomarse las manos y hablar en silencio.

La frustración crece tanto como el amor. Y le hiere. Hasta el punto de conducirla a la renuncia… pero sólo temporal. Reaparece entonces ante él con otro aspecto, otro disfraz, y luego otro, y otro más después… Y le va mostrando sus diferentes cualidades (esconde sus defectos), se va dividiendo en distintas mujeres: la misteriosa, la seductora y atrevida, la intelectual, y entre ellas resurge la infantil y tierna que siempre domina a las demás.

Juega a ser distintas mujeres, pero no para tener varias vidas, sino para vivir varias veces la misma. Ella juega a ser varias… para no ser ninguna.


martes, 1 de junio de 2010

La postal





Hoy reí cuando encontré la primera postal que me enviaste. Aquella pareja besándose en París. Por entonces ni siquiera te atrevías a insinuar que yo te gustaba. Pero lo gritabas en gestos, tan elocuentes como enviarme esa postal, y no otra.

Me emocionó recordar la ternura con que elegías qué detalles tener conmigo. Y lo hacías como quien no quiere la cosa… ¡te salía tan natural! Siempre sin dejar de hacerme reír.

Me emocionó también el hecho de encontrarme con el recuerdo, haber tenido y aprovechado la oportunidad de evocarlo, volver a sentir la ilusión de verte y estar contigo. Desearte en alma y cuerpo.

Ahora te espero ansiosa, nerviosa incluso. Se me ha ocurrido una noche genial contigo. Por eso he dejado la postal en tu almohada…

Y no sé siquiera si la vas a reconocer.