Gracias, Claudia

martes, 31 de agosto de 2010

Desaparecer


Fotografía: frivera.

Desaparecer.
Perderme y gritar.
Gritar fuerte.
Lo imposible.
Ensordecer.
Desgarrar sin indulto
a esa intrusa que roba,
amenaza y me mata.

Vaciarme.
Del todo. De más.
Desnudarme.
Empaparme.
Derramarme.
Arrancarme de cuajo
esta pena que oprime,
envenena y maldice.

Desaparecer.
Perderme y llorar.
Llorar todo.
Lo indecible.
Anegarme.
Deshacerme del todo,
renacer de la nada.
Sin lastre y nueva.


domingo, 29 de agosto de 2010

Bambú




Era olvidadiza. Por eso tenía que repetir las cosas una y otra vez para recordarlas.

Esa mañana, un reflejo en la ventana de su salón hizo saltar un pensamiento a su mente. “Bambú, quiero bambú” se grabó en su subconsciente y se convirtió primero en estribillo y después en la letanía de todo ese día.

En la cafetería donde solía desayunar el camarero se sorprendió cuando en vez de lo de siempre la escuchó decir “bambú, quiero bambú”. Estaba acostumbrado a sus rarezas, así que no le hizo mucho caso, le puso lo de siempre y ella se lo tomó.

En el ascensor hacia su oficina, siempre abarrotado a esas horas, los hombres la miraban con una sonrisa pícara, muchos de ellos despertando al día. Ella, ajena a todos, movía ligeramente sus caderas mientras tarareaba “bambú, quiero bambú”.

Ya en el despacho, el jefe de área alucinó cuando la vio sentada en una mesa repleta de papelitos adhesivos amarillos con una misma frase en distintos colores y tipos de letra. “Bambú, quiero bambú”.

Ya por la noche, en una cita con un hombre al que había conocido el fin de semana, tuvo que ponerse drástica con él por intentar propasarse la tercera vez que la oyó decir “bambú, quiero bambú”.

Al llegar a casa, malhumorada por el último incidente, se calmó tan pronto vio reflejada en la ventana del salón la planta que tiene en su vestíbulo. Pensó que ahí quedaría mejor otra y… soltó una carcajada al darse cuenta de qué le había rondado por la cabeza todo el día. “¡¡¡Claro!!! Bambú, quiero bambú”.

 
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jueves, 26 de agosto de 2010

Diferencia




Su madurez fue lo primero que le atrajo de él. Su aplomo, su seriedad a pesar de su fino sentido del humor, su saber estar, el don que tenía para relacionarse con los demás. Cuando estaba a su lado se sentía acompañada por “un hombre de verdad”, como le gustaba decir, que la amaba con adoración, la protegía, la cuidaba y, sobre todo, le daba alas para ser ella misma.

A él le enamoró su frescura, su jovialidad, esa alegría casi adolescente que la convertía en el centro de toda reunión, las ganas con que vivía cada día. Cuando estaba a su lado se sentía contagiado por la extraordinaria vitalidad de esa mujer emprendedora que se ilusionaba con todo, que proponía las locuras más divertidas, que lo llevaba casi de la mano a un futuro prometedor y, sobre todo, le hacía sentirse dueño de su destino.

Sabían que su relación no sería fácil, pero siguieron adelante. Se sentían incomprendidos, aunque no les importó. Habían sufrido el rechazo de sus familias y visto cómo se fueron alejando muchos de sus amigos, que no entendían que su amor pudiera ser verdadero con tanta diferencia de edad entre ambos.

Pero a ellos jamás les importó que ella fuera veinte años mayor.

 
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lunes, 23 de agosto de 2010

La huella





La huella advierte de
tu amenazante presencia.
La conozco muy bien.
Aún la llevo marcada.




viernes, 20 de agosto de 2010

El retrato


Fotografía: Retrato de Mikhail Baryshnikov, por Annie Leibovitz


Acudió a ese estudio con la lejana esperanza de reencontrarse. Había oído hablar mucho y bien de esa fotógrafa. Decían que tenía un don especial para captar el alma de los demás, interpretar su esencia, aunque fueran perfectos desconocidos para ella. Confiaba en que la foto que eligiera para él le ayudaría a saber quién era en ese momento de su vida.

Los retratos los cobraba a precio de oro y aún así no era fácil conseguir una cita. No sólo por estar muy solicitada por su calidad como fotógrafa, que la hacía ser considerada la mejor de la ciudad, incluso del país, sino también por su método de trabajo. No atendía a más de una persona por día.

Lo recibió con la cámara (la misma que usaba desde hacía veintisiete años) en la mano, como si fuera una extensión de su cuerpo. Lo condujo hasta una acogedora sala, lo invitó a sentarse en un cómodo sofá y tras ofrecerle un té aromático comenzó a conversar con él. Más bien lanzaba un bombardeo de preguntas, aunque tenía la extraña habilidad de hacerlo sin que pareciera un interrogatorio, sino más bien una charla entre amigos.

¿Qué es lo que te hace verdaderamente feliz? ¿A qué dedicas la mayor parte de tu tiempo? ¿Coinciden? Así decidía si el retrato sería optimista o pesimista, alegre o con aire depresivo.

¿Qué querías ser cuando eras niño? ¿A qué te dedicas? ¿Tienes algún sueño recurrente? ¿Cómo te gustaría ser recordado?...

Entre pregunta y pregunta disparaba su cámara captando sus reacciones. Bebiendo, riendo, llorando, pensando, sorprendido, tímido… como si a través del lente pudiera captar la verdadera personalidad de su interlocutor.

Cuando terminó el té ella ya había decidido cómo ambientaría su retrato. En esta ocasión recreó un escenario de interior, aunque no le importaba desplazarse a donde hiciera falta para hacer la foto perfecta. Una hora más tarde lo despidió en la puerta, con cara de agotada y la promesa de tener el trabajo listo una semana más tarde.

Al día siguiente lo llamó inquieta. Tendrían que repetir la sesión. Nunca le había ocurrido antes, pero al revelar las fotografías descubrió que en todas su rostro se desvanecía.


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martes, 17 de agosto de 2010

Ni una canción




Tenía todos sus discos. Los dos que había logrado editar con la ayuda económica de papá. Le gustaban sus canciones, su voz y, sobre todo, se había enamorado de su cara de niño bueno pero travieso.

A pesar de sus dieciséis años recién cumplidos se las arreglaba para escaparse a todos los pubs en los que él actuaba con su banda. Su rostro empezó a hacerse familiar para él, que siempre la veía en primera fila. No era difícil. Papá podía hacer que editase un disco o dos, podía conseguirle locales para tocar… pero no podía llenarlos.

Ella estuvo más de un año siguiéndolo cada fin de semana de antro en antro. No le resultó difícil porque hacía tiempo ya que sus padres ignoraban sus actividades, sus inquietudes, toda su existencia. Estaban demasiado ausentes como para saber qué pensaba ella. Y la persona encargada de cuidarla era fácil de convencer.

Un fin de semana él, crecido en sus fantasías de gran estrella del rock, decidió poner a prueba la incondicionalidad de su fan número uno. La única, en realidad.

Le regaló una noche loca. “Tú ya sabes –le dijo–, nuestra vida es así… sexo, drogas y rock´n´roll…”. Ella le agradeció como pudo que la tuviera en cuenta y le entregó su inocencia, su cuerpo, su alma, su vida.

Todo en una sola noche. La única. Después de aquélla volvió a ignorarla como siempre había hecho.

Ni siquiera le regaló una canción…

…porque no sabía escribir tangos.

 
 

sábado, 14 de agosto de 2010

Marea baja





No hay palabras desde esta marea baja
Sólo la brisa que susurra la resaca
jugando con tu vello entre mis yemas
La tibieza del aliento, entrecortado aún,
como bruma de madrugada sobre tu piel
Mis poros abiertos respiran tu aroma,
el olor de los cuerpos fundidos,
aferrados en un nudo de piernas y brazos.


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miércoles, 11 de agosto de 2010

Lluvia de estrellas




Llovía estrellas en la torre de Hércules. Aquella noche las parejas debieron buscar otros lugares para entregarse. Había demasiados espectadores en la explanada. Aunque tampoco las hubieran visto. Todos mirábamos al cielo. La pandilla adolescente con el radiocassette a todo volumen, la señora con bata de guatiné y zapatillas, las parejas que sólo iban a soñar que se amaban y se regalaban estrellas, los grupos que aprovechaban para seguir la juerga en lo que años más tarde sería calificado de auténtico botellón, los vendedores de helados que aparecieron para seguir haciendo su agosto, que para eso era agosto.

Y nosotras también, mirando al cielo. Tú me presentaste a Perseo y recordabas historias que me decían más de ti que un puñado de confidencias. Y contábamos deseos. Pedíamos uno por cada siete estrellas. Reuní diez. Tú me ganaste. Y me alegré. Estaba feliz con los míos, con la noche, con el momento... Qué rico disfrutar momentos siendo consciente de ello.

Hoy cambiaría con gusto esos diez deseos, y unos cuantos más, por una noche como aquélla. Una noche en la que el cielo nos regaló su espectáculo, una noche (como tantas otras) en la que tu compañía era motivo suficiente para dar gracias a la vida... una noche de lluvia de estrellas junto a la torre de Hércules.

 

lunes, 9 de agosto de 2010

La ventana del 3º A


Ilustración: "Room in New York", de Edward Hopper


La ventana del 3º A era mi favorita, porque era la más alegre de todas las que alcanzo a ver desde mi habitación. La recuerdo siempre con risas de niños que jugando aprendían a tocar el piano. Observándolos, me entraban ganas de convertirme en una virtuosa de ese instrumento, de manos de aquella hermosa mujer joven, alegre y cariñosa. Sin duda lo era. No había más que ver la felicidad de sus alumnos.

No sé exactamente cuándo ocurrió, ni por qué. Debía de estar distraída mirando a algún otro vecino. Pero ahora todo es diferente en aquella habitación cuya visión me arrancaba de mi tristeza y soledad. Hoy volví a encontrar la misma escena de los últimos días: ni una risa, ninguna voz infantil y una pareja que parece tener poco que decirse.

Él, que todas las tardes interrumpía las clases con jovialidad y dedicaba cierto tiempo a jugar con los alumnos antes de despedirlos, entierra su cabeza en el diario. Ni siquiera sé si lo lee. Diría más bien que lo utiliza como escudo.

Ella aparenta haber perdido toda motivación. Permanece durante horas sentada ante su piano, tocando siempre las mismas cuatro notas, interpretando una nostálgica letanía. Una y otra vez. Una y otra vez…

La escena se mantiene largo rato, incluso horas, hasta que uno de ellos se levanta y sale de la sala. Sólo en ese momento se percibe cierto alivio en el otro, que abandona el periódico sobre la mesa o deja de acariciar las cuatro teclas gastadas de siempre.

 

viernes, 6 de agosto de 2010

Hemos aprendido




Dos años jugando a que éramos libres fue más que suficiente. Todavía recuerdo con nostalgia el fuego de nuestros encuentros y la ilusión con que los esperábamos. Quizá porque con el tiempo, si queremos sobrevivir, nos vamos quedando con lo bueno.

Pero dos años jugando a que no era imposible fue demasiado. En un par de ocasiones estuvieron a punto de descubrirnos. Primero, fue mi mujer. Después, tu jefe. Nos vimos obligados a frenar nuestro impulso. Ahora pienso que menos mal, porque así pudimos terminar lo que no debimos empezar, por más que no recuerde otra etapa más feliz en mi vida.

Hemos aprendido a que vernos todos los días no altere nuestra paz, hemos aprendido a saludarnos incluso con afectividad sin despertar el deseo, hemos aprendido a creer que no compartimos pasado… lo que no he aprendido todavía es a fingir que tus ojos vivaces no me hacen soñar.

Sí, ya sé, me lo has dicho muchas veces. Tener un amante en el trabajo es complicado. Pero tener un ex amante es peor. Sobre todo cuando aún quedan ganas.

martes, 3 de agosto de 2010

Dándole vueltas...




Llevo días a vueltas con un texto.

Normalmente soy impulsiva para escribir. Lo que sale es lo que queda. Supongo que porque lo que queda es lo que sale.

Esta vez no. Llevo días dándole vueltas.

Tengo la motivación, tengo los personajes, tengo la ilustración (buscada concienzudamente para la ocasión), tengo la presentación,… me falta la historia.

Bueno, no falta, porque la historia es la vida misma. Es el momento preciso el que es difícil de elegir, el que transmite con mayor intensidad ese sentimiento que predomina, que deja ese sabor de boca como el que define a un vino, deleita al goloso o evoca una noche de pasión.

Pero el sentimiento, cualquiera que sea (amor, odio, indiferencia…), cuando desborda es imposible de abarcar. Menos aún con palabras, ésas que de pronto se vuelven reticentes, esquivas... También déspotas. Y me tienen aquí, a vueltas con un texto.