Gracias, Claudia

domingo, 23 de enero de 2011

Milagro


Fotografía: Rudy Garrido


Nunca creí en milagros. Ni siquiera después de parirte. Tuvieron que pasar cinco años y unos cuantos intentos fallidos para comprender que tú eres uno, el más grande, el más bello. El mejor.

Parirte fue delicioso. Sentir cómo te ibas deslizando hacia la salida, mostrando con fuerza tus ganas de nacer hasta asomar entre mis muslos. Antes de posarte sobre mi vientre ya habías abierto los ojos, curiosa como sigues siendo.

Tú no lo recuerdas, pero sólo tuve que empujar tres veces. Hubieran bastado dos, pero me hicieron reír. Sí, reí mientras nacías porque era un instante feliz, deseado y esperado.

De fondo sonaba “Plenilunio”, de Luar na Lubre, porque quería traerte la tierra de tu madre, quería estar más cerca de casa mientras vivía el momento más importante de mi vida, quería que desde el primer momento supieras de tus raíces, de esa mitad tuya que está lejos y sin embargo forma parte de ti.

Y de pronto estabas sobre mi pecho desnudo, presentándonos tu voz, tu llanto que, lejos de preocuparnos, en ese instante era sinónimo de felicidad. Y te miraba, intentaba aprenderte de memoria. Tus ojos, tu nariz, tu boca, esa carita tantas veces imaginada. No era fácil entonces. Aún eras una desconocida.

De eso hace hoy cinco años. Sesenta meses que pasaron en un suspiro que aún siendo veloz no impidió atesorar millones de recuerdos, de buenos momentos y algún susto también. Toda una vida, la tuya, que transformó la mía.

Ahora es diferente. Ahora sí te conozco. Tu piel, el camino que trazan tus lunares, tus labios que dan los besos más sabrosos del mundo, tu carácter… Ahora te sé de memoria, y aún así no dejas de sorprenderme cada día, a cada momento.

No lo sabes, pero a menudo te observo sin que me veas. Y me emociona comprobar que eres real. Tuve siempre tan claro que algún día vendrías a mi vida, que jamás le tomé la medida a lo milagrosa que fue tu llegada. Siempre te imaginé, soñaba tus abrazos, hasta tu nombre te estaba esperando.

En todo esto pensaba mientras te abrazaba esta noche cuando te fuiste a la cama. Ni me di cuenta de que lo hice en voz alta:

- Te adoro, mi vida. Eres la hija que siempre soñé tener.

Por eso me sorprendió tu respuesta. Me diste un beso antes de decir:

- Tú eres la mamá que siempre quise tener.


Siempre sabes cómo emocionarme.


¡Feliz cumpleaños, Alba!

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lunes, 17 de enero de 2011

¿A qué esperan?




¿A qué coño están esperando? No es tan difícil. A mí me resultó sencillo, e incluso placentero. Sólo hay que apretar el gatillo, una ligera presión con el dedo índice y todo termina. O todo empieza…

Ya sé. Quieren torturarme. No importa que yo no haya hecho sufrir a mis compañeros, que les haya disparado sin avisarles, que les haya evitado esta angustia. Y la profe, porque la respeto, fue la primera. Ni lo sospechó. Muerta seguía con su sonrisa condescendiente. Siempre decía que le gustaba su trabajo. ¡Como si nos lo fuéramos a creer! Una tía inteligente enseñando a unos pendejos como nosotros, que creíamos que ya nadie podía descubrirnos nada… A fin de cuentas le ahorré una vida miserable.

Pero ellos no, ellos alargan cada segundo alimentando su odio con mi pánico. ¡Mierda! ¡Me estoy meando! ¡Joder, cómo no pude controlarme! Estoy acojonado, y humillado; siento cómo mi orina tiñe el pantalón mojando mis muslos. Joder, joder… ¡joder! ¡Que se acabe esto ya! ¿A qué coño están esperando?

Sin tocarlo, noto en mi espalda la humedad del paredón. Debí convertirme en piedra, porque transpiro con el frío. Y aparte del frío, no siento mucho más. Mi cabeza no es que dé vueltas, es que no está. Todo lo que percibo me llega lentamente, como desde muy lejos. Como un eco de los sentidos. Sí, sólo frío, pero desde adentro.

Todo lo contrario a aquel día. Entonces era fuego, intenso e incontrolable, el que alimentaba mi furia, mi hartazgo y mi rendición. Sabía que no saldría bien parado. O me suicidaba o me ejecutarían. Pero ese fuego fundía mi cerebro, que bullía en una sola idea. Me quemaba la vida y quería vengarme de ella. Si fuera fin de semana podría haber ocurrido en un concierto, o en el cine… pero ese día tocaba clase. Y no tenía muchos amigos ahí. No es tan difícil.

¿A qué coño están esperando? Si no terminan ya, me voy a caer. Ahí será peor. Quiero morir de pie, quiero que ellos me derriben y no sucumbir yo. ¡Por favor, acaben de una vez! No puedo dominar mis piernas; sé que tiemblan porque noto mi cuerpo agitarse… me voy a caer… ¿A qué coño están esperando?

Bang!!! Bang!!! Ban…

miércoles, 12 de enero de 2011

¿Taxi?


Fotografía: Rodney Smith


- ¿Un taxi, dama?

El joven portero de la clínica conversaba distraídamente con uno de los taxistas, sin embargo detectó al instante a la primera mujer con minifalda que salió por la puerta.

Ella le sacaba unos veinte centímetros, pero él creció nueve al adoptar una pose seductora: hinchó pecho, estiró su cuello y esbozó una luminosa sonrisa.

La mujer apenas lo miró y rechazó la oferta con un leve movimiento de cabeza, mientras continuaba su camino con pasos firmes y cadenciosos, que eran observados por el portero y ahora también por el taxista. Ambos en silencio, sonreían mientras sus miradas permanecían encadenadas a aquellas piernas largas y descubiertas.

Ensimismado como estaba, se sobresaltó al sentir unos dedos dando suaves golpes en su brazo. La anciana, impaciente, trataba de llamar su atención:

-Joven, ¿podría pedirme un taxi, por favor?

sábado, 8 de enero de 2011

El tiempo corre




El cemento que sella su tumba está todavía fresco y yo ya estoy guardando sus cosas en cajas para entregarlas a la beneficencia. No me genera ninguna emoción, no me siento mal hijo por ello. Además, tengo poco tiempo. Esta noche debo regresar a mi ciudad para reincorporarme mañana al trabajo. Sólo pedí un día, y porque alguien tenía que venir a hacerse cargo y firmar los papeles para que pudieran enterrarlo.

La ceremonia, por llamarlo de algún modo, fue breve. No lo fue más, porque cuando iban a introducir el ataúd vi llegar el auto de Patricia. Les pedí a los operarios del cementerio que esperasen a que llegara.

- Viniste.
- Ya ves… Pero no te equivoques. Sólo quiero asegurarme de que queda bajo tierra.

No me sorprendió. Papá siempre fue un cabrón. Sobre todo con mamá y Patricia. Son las que más sufrieron su mal carácter, sus ataques de ira, sus ausencias y sus exigencias. Supongo que yo mismo me alegro de que se haya muerto. Cuando recibí la llamada suspiré profundamente y no pude acallar un ¡por fin! Ella necesitaba desde hace mucho tiempo cerrar este capítulo para poder seguir creciendo, para poder ser. La sombra de él siempre la atenazó y la frenó.

En cuanto vio cómo comenzaban a sellar la lápida, me besó sobriamente en la mejilla y se despidió:

- Raúl, ven a verme pronto, pero no me hables de él. Sólo te pido que vendas la casa, que salga de nuestra familia y cierre cualquier posibilidad de regresar a ella. Con lo que hay dentro, haz lo que quieras. Pero, por favor, libérame de todo esto pronto.

No creo que haya nada aprovechable. Los objetos de valor los fue vendiendo, su ropa tiene varios años y sus papeles no son más que expedientes de antiguos clientes, documentos sin ningún valor y cuadernos con anotaciones. Habrá que quemarlos todos, aunque tal vez me guarde esos textos. Veré qué decido, porque no creo que tenga el tiempo de clasificarlos. Papá era muy desordenado.

Por eso cuando entré en su despacho, que dejé para el final, me sorprendió encontrar la mesa libre de papeles y adornos. Sólo una pequeña caja de cartón con mi nombre escrito. En su interior, su viejo reloj, el que compró con el primer dinero que ganó tras emigrar adolescente a Montevideo. Siempre contaba que lo hizo porque tenía una vida por delante; todo el tiempo del mundo, y quería controlarlo. Al tomarlo vi el papel, pequeño, sucio, torpemente recortado de un cuaderno viejo.

“Hijo:
Cuando te miraba, me asustaba por lo mucho que te pareces a mí. Preferiría, por tu bien, que no fuera así.
Te dejo lo único con valor que conservo, para que tengas siempre presente que el tiempo corre, sobre todo cuando nos equivocamos. No lo pierdas”.


Dos semanas después

Patricia lo esperaba radiante, más guapa que nunca, más ligera. Lo abrazó, lo besó y lo achuchó como cuando eran pequeños. Y lo tomó de la mano para llevarlo al interior de la casa. Fue cuando se fijó. No pudo disimularlo su rostro y tampoco su cuerpo. Se encogió y se apagó. Y se lamentó.

- Llevas puesto su reloj. Lo trajiste a mi casa.

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miércoles, 5 de enero de 2011

El conejo


Ilustración: Eva

Fuimos a pasar la tarde en casa de una prima de mi madre. Ése siempre era un plan fantástico. Marisa y Juan, su marido, eran muy agradables. Tenían tres hijos, todos menores que yo aunque no demasiado, así que sabía que serían horas de juego.

Además, no vivían en la ciudad, sino en un pueblo cercano y por lo tanto en una casa. Con jardín, huerto y animales. Los que más me gustaban eran los conejos. Como eran tan amables, me mostraban su jaula y a veces me dejaban tomar alguno en brazos. Aquel día pude hacerlo. Aún recuerdo la suavidad de su pelo al acariciarlo. Al principio estaba asustado, pero luego se relajó en mis brazos y se dejó querer.

Esa sensación convertía esa tarde en perfecta, digna de permanecer en mi memoria por muchos años. Es evidente que aún la recuerdo. Pero todo se acaba y llegó el momento de la despedida. Sin embargo, también era grato ese instante, porque siempre había sorpresas.


- Llevaros esta fruta. Está ya madura y muy rica.
- Gracias, muchas gracias. Pero no te molestes…
- Tranquilos, los árboles dieron mucho este año… Y espera, tenéis que llevaros también un conejo.
- No, Marisa. ¡Cómo vamos a llevar un conejo! Además tenemos que irnos ya.
- Que sí, que os lleváis un conejo. Además, no tardo nada…


Yo miraba ansiosa a mis padres, deseando que dijeran que sí. ¡Un conejo! Me encantaría tener uno. A lo mejor era el que había acariciado. “Que digan que sí, por favor, que digan que sí”, pensaba yo cruzando los dedos. Marisa daba por sentada la respuesta y se dirigía hacia los animales.


- Bueeeno…, pero mujer, mira que no tienes que andar dándonos nada.
- Pero si no es nada. Además, ahora es el mejor momento. Están preciosos.


Lo decía mientras abría la jaula. Mi corazón palpitaba con fuerza mientras mis ojos seguían su mano entrando en la oscuridad y atrayendo luego hacia la puerta primero unas orejas y a continuación… “¡Sí, es él! ¡Es mi conejo!”.

La alegría duró poco. El tiempo de ver su carita asustada, sin saber qué pasaba, mientras Marisa dejaba colgando su cabeza al sujetarlo por las patas traseras. Luego, cuando una letal llave de mano golpeaba su nuca, descubrí el horror. Ver cómo a continuación lo despellejó con total naturalidad, como quitándole el pijama a un bebé, me sumió en una profunda tristeza.

No, claro que no comí su carne. Desde entonces aborrezco el olor a guiso de conejo y no he podido probarlo jamás. Ni pienso.

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domingo, 2 de enero de 2011

Atrapada


Fotografía: Rodney Smith


¿Ahora cómo hago yo pasa salir de esto?

Me dices que ya no podrás verme más porque se me nota demasiado lo que siento. Y añades que lo que siento es lo equivocado, que nunca debería haber ocurrido, que el amor es casi lo único que no podía darse en nuestra relación.

No me lo recordaste la primera vez que nos vimos y acordamos que seguiríamos encontrándonos cada semana; no me lo advertiste cuando decidimos que seguiríamos pasando una hora juntos en esta habitación de tu departamento cada siete días, sin planificar ni pensar siquiera que algún día se terminaría.

Y cada jueves me fui abriendo a ti como con nadie lo había hecho jamás. Me resultó fácil, eres muy bueno escuchando. También provocando mi entrega. No necesitabas decir mucho para que yo te lo contase todo. Era evidente qué ocurría: yo era río, tú eres mar y debía desembocar. Y desemboqué, claro.

Una vez leí que amigo es la persona delante de la que puedes pensar en voz alta. Creo que ese tópico fue el que me confundió. Di por supuesto que eras mi amigo, porque sólo a tu lado encontraba la paz que proporciona dejar libre la mente, ese “pensar en voz alta”.

Me fui sintiendo tan bien a tu lado que también fue sencillo quererte. Jamás me has juzgado, ni sermoneado, aún menos condenado. Sencillamente querías saber de mí, más y más, y yo te lo daba. Disfrutaba dándotelo. A veces creí percibir que tú también.

Es cierto que quisiera que todos los días fueran jueves. Correr por tu calle, subir de dos en dos las viejas escaleras de tu edificio. Me encanta oír el crujido de su madera bajo mis prisas. Entrar en esta habitación y encontrarme de nuevo con tu sonrisa encendida al cerrar la puerta. Querrás disimularlo, pero tus ojos brillan al verme.

Y hoy me dices que ya no podrás seguir recibiéndome. Que no puede haber sentimientos entre nosotros, que lejos de ayudarnos entorpecerá nuestro trabajo. Anotas en un papel el nombre de otro. Me aseguras que me gustará, que me hará sentir bien. Y me dueles.

Me empujas sin remordimientos a un empezar de nuevo y me privas de tu compañía. Vuelvo a estar en el mismo lugar que antes de conocerte, pero con una pena más. Y mi corazón protesta, me reclama y repite una y otra vez la misma pregunta. ¿Ahora cómo hago yo para salir de esto?

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