Gracias, Claudia

lunes, 30 de diciembre de 2013

Lúa, mi querida Lúa


Fotografía: Rudy Garrido



Cuanto más conozco a las personas
más quiero a mi gata


Lúa, mi querida Lúa, apareciste en mi vida despidiendo un año del que poco o nada recuerdo salvo tu nacimiento.  Me gustaba el nombre de tu madre, Ariadna, y esperaba con ganas su parto para elegir al que sería mi nuevo compañero y el compinche de Magoo, que pasaba demasiadas horas solo.

Tú me elegiste a mí, porque llegaste sin hermanos, en una camada de un solo gato. Hembra y negra, lejos de lo que hubiera sido mi elección. Debo darte las gracias, porque con los años has demostrado que yo no habría escogido mejor.

Tu dulzura y tu paciencia te hicieron conquistar el cariño de Magoo, a pesar de sus celos de “hijo único”. Ganaste tu espacio sin invadir el suyo, ni el mío. Demostraste que el cariño puede ser intenso al tiempo que pausado y tranquilo, que hay momentos para los mimos y momentos para disfrutar de nuestra soledad.

Eras (eres) hermosa. Tu perfil, tu postura, tu elegancia me recordaban a  Cleopatra. Te convertiste pronto en la emperatriz de la casa.

Me acompañaste en la mayor aventura de mi vida. Cruzaste conmigo el océano y te adaptaste a tu nuevo hogar, a tu nuevo dueño, a tu nueva vida. Sufriste cuando Magoo tuvo que partir. Siempre habías estado con él y aunque tardaste meses en comprender que no regresaría, esperándolo en la puerta por la que lo viste salir, te mantuviste tranquila.

Con la llegada de Alba, aceptaste con una humanidad que muchas personas quisieran que un nuevo ser, una intrusa, recibiera más cariño y atención que tú. No hice caso a las advertencias de que con un bebé en casa debería deshacerme de ti (¿¡a quién se le ocurre!?) y me demostraste que no me equivocaba. No sólo no fuiste un peligro para Alba, sino que te mantenías vigilante, observabas todos sus movimientos y me avisabas cuando lloraba o cuando estaba en peligro. Y esperabas pacientemente a que ella se durmiera, observando desde la puerta de su dormitorio, para reclamar tu dosis de cariño. Incluso soportabas, sin perder la compostura, su curiosidad, permitiendo que estirase tus bigotes o inspeccionara con su dedo tus ojos.

La edad, al contrario que a mí, no avinagró tu carácter. Llegaron las mellizas y volviste a postergarte consciente de que requerían mucho tiempo y atención. Esperas a verme acostada sabiendo que esa posición equivale a la luz de libre de un taxi, y entonces te acercas, te acomodas sobre mis piernas y me manifiestas tu cariño con tu ronroneo.

Lúa, mi querida Lúa, hoy cumples 15 años, lo que según tu cartilla veterinaria equivale a los 77 años humanos. Quisiera compartir contigo otros tantos, aunque sé que no podrá ser. Pero brindo por que tengas una larga vida, por seguir escuchando tu maullido cuando estornudo, por adormecerme con tu ronroneo, por tenerte siguiendo mis pasos por la casa jugando a colarte entre mis pies aunque te cueste algún pisotón, por que sigas acompañando a mis hijas mientras crecen aprendiendo lo que es una mascota leal. Brindo por ti.

Lúa, mi querida Lúa, feliz cumpleaños.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Espejito mágico




De hoy no pasa. Es la promesa que me hice al levantarme. Firme en la intención de cumplirla, me coloqué frente al espejo. “Espejito, espejito mágico. ¿Es ésta la puerta de embarque al país de las maravillas?”. No obtuve ninguna respuesta, no podía ver nada más que mi rostro agotado y ansioso.

Probé con todos los espejos de la casa, y en todos encontré lo mismo: un rostro que cada vez me resultaba menos familiar a la vez que iba aumentando sus muestras de cansancio.

Decidida a no dejarme vencer tan fácilmente, recorrí todos los comercios del barrio, visitando sus probadores, pues sospechaba que la entrada a un mundo tan especial debía ocultarse en un espacio más privado.

La jornada pasó sin que pudiera hallar ese portal mágico y acabé arrastrándome al mismo lugar en que empecé. Frente al espejo de mi habitación probé por última vez esa fórmula gastada que de tanto repetirla iba perdiendo sentido. No sé si fue el agotamiento o la perseverancia, pero no me reconocí en el reflejo, sino que me enfrenté a un rostro que compasivo me preguntó:

- ¿Por qué tanto interés en acceder al país de las maravillas?
- Necesito perderme en él. Necesito encontrar una botellita de “Bébeme” para tomármela entera.
- ¿Por qué?
- Necesito volver a ser pequeña. Ya no quiero más ser grande, quiero encoger hasta la más tierna infancia.
- ¿Qué te provoca esa necesidad?
- No sabía que ser madre sería tan difícil, que sería tan duro proteger a un ser indefenso de los ataques de terceros, que rompería tanto el corazón y desgastaría tanto el alma enfrentar los ataques de la maldad y el odio.
- ¿De qué te serviría volver a ser niña?
- Quiero volver a ser hija, a sentirme segura y protegida, a perder el miedo en un abrazo y a dejarme mecer hasta rendirme en un sueño tranquilo.
- Aquí está la puerta, pero no en el espejo, sino en lo que ves reflejado en él.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Probar el auto




- Papi, se ha hecho tarde y el metro ya está cerrado, ¿puede quedarse Pedro a dormir aquí?
- Cariño, sabes que no tenemos ninguna habitación libre.
- Pero, papá, puede dormir conmigo.
- ¿Cómo se te ocurre?
- Pero si tenemos veinte años y llevamos ya uno saliendo…
- ¿Me estás diciendo que ya os habéis acostado juntos?
- No, papá, claro que no. Pero podemos dormir juntos sin que pase nada…
- Ni se te ocurra. Y no insistas. Yo lo llevo a su casa. 

Susana sabía que su propuesta tenía pocas posibilidades de éxito. Su familia era muy tradicional y ella siempre recibió una educación estricta y conservadora. Por algo se mantenía virgen a diferencia de la mayoría de sus amigas, aunque era más por miedo que por convicción propia.

En los últimos meses había comenzado a sentir la llamada de la naturaleza, le resultaba difícil contener los impulsos de su cuerpo cada vez que Pedro la besaba y ya no oponía tanta resistencia cuando las manos de él subían por su espalda por debajo de la camiseta para luego encaminarse hacia sus pechos. Incluso en una ocasión dejó que él explorara su piel por debajo de la falda y a punto estuvo de no detenerlo a tiempo.

La abuela Claudia, la matriarca de misa diaria y mirada severa ante cualquier intento de sus nietos de ampliar sus límites de libertad, había observado la escena asintiendo con gravedad cada vez que su hijo hablaba. Se había persignado cuando oyó a Susana preguntar si Pedro podía quedarse a dormir.

En cuanto el padre de Susana salió de la casa para llevar a Pedro, la abuela hizo un gesto a su nieta para que se acercara. Una vez a su lado le entregó una llave.

- Es la llave del piso que tengo en el centro. El inquilino murió hace dos meses, así que está vacío. Puedes ir allí con Pedro, pero no hagáis fiestas y deja siempre todo ordenado.
- Abuela, no te entiendo…
- ¿Qué es tan difícil de entender? También he sido joven y me doy cuenta de que tienes ganas de estar a solas con tu novio.
- No lo voy a negar, pero tú eres la más conservadora de la familia y hace un momento le estabas dando la razón a mi padre…
- Claro que le doy la razón, eres su hija y él no entenderá otro modo de hacer las cosas. Quiere protegerte y no lo culpo. Pero a mí me gusta ese muchacho, se nota que tiene buenas intenciones contigo, así que creo que puedes ir más allá. Eso sí, has de ser discreta.
- Abuelita, tú siempre me has dicho que tengo que llegar virgen al matrimonio...
- Ay, Susana, pareces boba. Eso es lo que tengo que decir, pero ya soy vieja y he aprendido unas cuantas cosas de la vida. Y una de las más importantes es que uno tiene que probar el auto antes de comprarlo. 

jueves, 12 de diciembre de 2013

No etoi


Fotografía: Alís Gómez

“No etoi”, dice mientras coloca sobre sus ojos sus manitas que apenas los cubren y dejan asomar por una orilla sus largas pestañas. Lo dice convencida de que ese simple gesto la hace desaparecer, de que si ella no ve tampoco nadie puede verla, como si toda su ternura pudiera ocultarse tras unas manos tan pequeñas.

La miro mientras le pregunto dónde está y deseo volver a tener un año para creer con la misma confianza que esconderse incluso de uno mismo es así de sencillo, que puedo alejarme de la realidad con un simple gesto, que puedo espantar todos los miedos, los dolores y las rabias en un segundo, que puedo borrarme por un rato, y conmigo la angustia.

“No etoi”, repite, ahora más alto porque quiere que la encuentre. Casi no puedo verla porque las lágrimas me lo impiden. Y cierro los ojos con fuerza y los oculto tras las palmas de mis manos, convencida de que esta vez lo lograré.

No estoy. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Saco de envidia




Laura se había convertido en un saco de envidia. Envidia sana, se decía a sí misma. Pero no lo era, porque la carcomía por dentro desde siempre, o casi siempre, que no es lo mismo, pero da igual.

Envidiaba a su amiga María Jesús, porque tenía a un padre confidente, amigo y protector que hizo de ella una mujer segura de sí misma, fuerte y alegre. Laura, en cambio, tuvo que conformarse con un mero proveedor de carácter amargo, restrictivo, severo y poco dado a los afectos.

Envidiaba a esos niños del parque que una tarde vio jugando con unos abuelos amorosos, divertidos y consentidores. Ella, en cambio, sólo conoció a una abuela que más bien parecía la bruja del cuento macabro en que se fue transformando su vida y del que era la protagonista que va menguando cada día un poco más y viendo cómo todo lo que anhela se va alejando del alcance de sus manos.

Envidiaba a otros adolescentes parecidos a ella, pero que no caminaban solos por la calle, sino riendo entre un grupo de amigos que alborotaban la calma de la tarde con ese ruido que produce la alegría, la confianza, la compañía.

Envidiaba… era tanto lo que envidiaba en los demás que no fue capaz de descubrir lo que tenía, lo que era, lo que todavía nadie le había arrebatado y le hubiera permitido ser un poco feliz. Al menos, tener el valor de intentarlo.

Laura se había convertido en un saco de envidia y un día se dio cuenta de ello. Decepcionada, lo llenó de piedras y lo tiró al río.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Viaje de trabajo




- ¿Qué te pasa, Manuel? Pareces preocupado.
- Sí, lo estoy. Las cosas con Maite no andan muy bien. Temo que me va a dejar.
- ¿Te ha dicho algo?
- No, pero la siento distante. A veces parece como si no nos conociéramos, como si no tuviéramos nada de qué hablar.
- Bueno, tal vez se sienta sola. Tu trabajo es muy absorbente, viajas demasiado… deberías intentar dedicarle más tiempo.
- Puede que tengas razón, pero no sé si servirá de mucho. Me da la sensación de que ya no le intereso.
- Pero, hombre, tienes que intentarlo. Siempre os habéis entendido muy bien. Seguro que tiene solución. ¿No tienes ahora un viaje a Colombia?
- Síiii, estoy deseando ir. Mira que he visitado países, pero créeme: en Colombia están las mujeres más guapas del mundo. Son impresionantes.
- Ya, ya, pero ¿por qué no invitas a Maite y vivís una segunda luna de miel, sin los niños?
- ¿Llevar a Maite a Colombia? Hombre, no jodas, no hay que llevar leña al monte.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Cada vez más joven




Laura se había encariñado con aquel vestido. No había modo de convencerla de que se pusiera otra prenda; quería usarlo a todas horas, incluso para dormir si le dejaban hacerlo. Magdalena debía aprovechar las noches para meterlo en la lavadora y luego en la secadora, de modo que estuviese listo para la mañana siguiente.

Como los niños no saben lo que realmente supone ser mayor, nada hay que les atraiga más que hacerse grandes y a ese argumento tuvo que recurrir Magdalena para lograr que Laura se despidiese de su tan amado vestido.

- Ese no, mamá, me quiero poner mi vestido.
- Pero, cariño, te queda pequeño ya.
- No, me queda bien. ¡Quiero mi vestido! –protestaba Laura, a pesar de que apenas entraba en él.
- A ver, ¿cuántos años tienes?
- Cuatro.
- ¿Y qué pone aquí? –le preguntó Susana mostrándole la etiqueta.
- Dos.
- ¿Ves? Estás grande para este vestido, porque tienes cuatro años y éste es para niñas de sólo dos años.

Laura se quedó pensativa un rato y finalmente dejó que le pusieran otra ropa. Fue la última vez que preguntó por su vestido.

Unos días más tarde, Laura hablaba con su madre mientras ésta se estaba preparando para salir.

- Mamá, ¿cuántos años tienes?
- Cuarenta.
- A ver… –dijo mientras tomó el pantalón de su madre que reposaba sobre la cama y buscó su etiqueta--. Ah, sí, está bien.

Sí, era de talla 40, y Magdalena sonrió pensando en esa coincidencia. No hablaron más de las tallas y su correspondencia con la edad.

Fue casi dos años después, el día del cumpleaños de Magdalena, cuando Laura fue a despertarla llevándole el desayuno que había preparado con su padre. Mientras su madre tomaba el café, la niña comenzó a curiosear en su ropa.

- Mamá, ¿tienes 42 años?
- Así es, mi amor –y sonrió sorprendida por esa nueva casualidad.

Dos años más tarde, se repitió la escena. Era casi idéntica, salvo que la edad era ya 44 años, y la talla del pantalón también había subido a la 44. Magdalena ya no sonrió en esta ocasión, sino que pensó que esa progresión no podía mantenerse porque o se moría joven o no encontraría ropa de su talla y se convertiría en una vieja gorda y desnuda. Fue entonces cuando comenzó a cuidarse: alimentación más sana y el deporte que jamás había hecho.

Llegó así el día de su 46 cumpleaños. Despertó con un sonoro beso de Laura, que había saltado a la cama para darle el mayor de los abrazos.  

- Felicidades, mamá. ¿Cuántos años cumples?
- Uy, mejor ni preguntes, cariño. Son muchos ya.

Como a Laura no le gustaba quedarse sin respuestas, fue en busca de su fuente de información más fiable de los últimos años: la ropa de su madre. Miró la etiqueta y se volteó sorprendida:

- Mamá, ¿cumples otra vez 42 años?

Esta vez Magdalena sí sonrió con ganas. Empezaba a tentarle la idea de quitarse años, y tal vez bastaba con quitarse kilos. Y sin darse cuenta, se sentía cada vez más joven.

--- xxx ---



PD: No sé si perder kilos ayuda, porque los años siguen aumentando. Como yo añado uno más a mi cuenta particular os invito a un trozo de tarta. Serviros y comed todos de ella.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La familia Tomate


Ilustración: Alba Garrido Gómez


La familia Tomate
toma mate, toma té.

La familia Tomate
toma mate cada martes
y un día después
toma té con un pastel.

La familia Tomate
toma mate, toma té.

La familia Tomate
es un puro disparate.
Pone el gorro del revés
y la camisa por los pies.

La familia Tomate
toma mate, toma té.

La familia Tomate
está loca de remate,
siempre tiene mucho estrés
pues su destino es ser puré.

La familia Tomate
toma mate, toma té.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Trabalenguas




¿Recuerdas cómo nos conocimos? Al presentarnos me dijeron que eres muy bueno con los juegos de palabras. Me pareciste tan atractivo que me puse nerviosa y sólo atiné a preguntarte si me regalarías un trabalenguas.

Asentiste sonriéndome, tomaste mi cuello con tu gran mano, te acercaste, me besaste y tu lengua jugó con la mía como queriendo evitar cualquier reclamo.

Después conocí tu voz:

- Es el trabalenguas que me inspiras.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Desvergonzada


Fotografía: Henri Cartier-Bresson


¡Qué poca vergüenza! No sé a dónde iremos a parar. En estos tiempos ya no se observa la moral y el respeto por los demás brilla por su ausencia. Si las mujeres andan así, qué vamos a esperar del comportamiento de los hombres, más dados a las malas costumbres y, encima, tentados descaradamente incluso a horas tan tempranas del día.

Desvergonzada. Eso es lo que es esa chica. Eso no es una falda. Parece que sólo llevara la camisa. Enseñar así las piernas demuestra muy poca dignidad. Cómo va a hacerse respetar cuando no esconde el cuerpo del pecado. En mis tiempos ni los brazos podíamos mostrar. Cuanta menos piel se viese, mejor. ¿Acaso no es la piel el vehículo del placer? Sólo debe mostrarse en la intimidad de la alcoba matrimonial. O en cualquier otra habitación siempre que fuese con la más absoluta discreción. Si no eres casta, sé cauta, me aconsejaba a menudo la abuela.

La verdad es que sí tiene un cuerpo de pecado esa joven. Piernas largas, de piel suave y sin ningún pelo. Una pequeña cintura que divide una silueta casi perfecta. Y esa melena suelta... La última vez que no me recogí el pelo debía tener once o doce años, pero recuerdo lo agradable que era sentir el cabello libre al viento.

A fin de cuentas, ahora todas andan así. Uno ya casi ni se fija en ellas, o tendría que andar girándose constantemente por la calle. Y debe de ser cómodo sentir el cuerpo menos apretado, sobre todo ahora que el calor ya comienza a pedir telas más suaves.

Seguramente es buena mujer. ¿Por qué no habría de serlo? Está en una terraza, tomando un aperitivo y leyendo el diario. No mira a nadie, no provoca a nadie, no juzga a nadie… En realidad yo soy la que tiene mala suerte, por haber nacido tan pronto.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Aniversario




Hace hoy cuatro años estrenaba mi cajón desastre. Sin expectativas y con miedo, aunque relativo porque ni le auguraba mucha vida, ni creía que llegara a tener lectores.

En poco tiempo se convirtió en una gran fuente de satisfacciones.  Era el acicate que me traía de vuelta a la escritura años después de haberla abandonado, la prueba de que podía hacerlo aunque me quede todo por aprender, y era también una sorpresa constante al reunir a un grupo de personas que me apoyaban y animaban con sus comentarios. Por si ése fuera poco regalo, fui descubriendo otros blogs en los que he pasado y paso muy buenos momentos.

Aunque empecé hace cuatro años, sería tramposo decir que el blog esté cumpliendo esa edad, pues por circunstancias de la vida (ella, tan suya, que va imponiendo sus caprichos dirigiendo o torciendo nuestro camino) he estado ausente por casi dos años.

Siempre he tenido la intención de volver, aunque admito que por momentos creí que no lo lograría. Volver para hacer lo que me gusta, escribir, y también para retomar el contacto con los afectos que se fueron creando en esta particular relación con vosotros.

Muchos seguís en el mismo lugar de siempre; otros habéis cambiado de “casa”, pero os mantenéis activos, y algunos han abandonado. Y se les echa de menos. Es curioso comprobar cómo a través de lo que escribimos, bien en nuestros relatos o bien en comentarios a textos ajenos, vamos descubriendo afinidades, simpatías y complicidades.

Por eso, hoy celebro este aniversario y el regreso. Y os doy las gracias, a los de siempre y a los nuevos, por acompañarme, por ayudarme, por estar.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Cándida




- Joder, ¿dónde habéis encontrado a esta mujer tan fea? ¡Os va a espantar a los clientes!

Nunca faltaba el imbécil que hiciera este tipo de comentarios que tanto ofendía a Juan y a Paco. Ellos habían contratado a una secretaria, no a una modelo, y si bien era cierto que Cándida no era muy agraciada, cumplía con creces las funciones que le habían encomendado.

Era puntual, trabajadora, proactiva y muy eficiente resolviendo incluso los problemas que se escapaban de su competencia. Parecía que hubiese volcado todas sus cualidades y habilidades en su vida laboral, porque hasta donde sabían sus jefes Cándida tenía una escasa o nula vida social.

Tímida y callada, era una mujer a la que no le interesaba sacar partido de su escaso atractivo con vestuario o maquillaje. O tal vez simplemente no había aprendido a hacerlo. Parecía importarle sólo realizar bien su trabajo, y ese objetivo lo lograba a la perfección, con actitud positiva y siempre serena.

Una mañana Juan y Paco la notaron diferente. Inquieta, distraída y nerviosa.

- Cándida, ¿estás bien? ¿Qué te pasa?
- Perdonadme, es que estoy muy preocupada.
- ¿Tienes algún problema?
- Sí, bueno…, es algo personal.
- ¿Podemos ayudarte?

Cándida dudó. Nunca hablaba de su vida privada. Sus jefes habían llegado a la conclusión que era porque no la tenía. Pero se veía realmente preocupada, y con la necesidad de contar qué le pasaba.

- Bueno… Ayer salí con unas amigas y conocí a un chico. Pasamos la noche juntos en mi casa y esta mañana salió temprano. Dijo que iba a comprar cruasanes, pero no ha vuelto.  Y no sé... ¿Creéis que debería llamar a los hospitales?


lunes, 11 de noviembre de 2013

Mala letra, mala nota




Patricia regresó disgustada del colegio. Había tenido examen de Lenguaje y su profesora no quiso revisar su prueba; se limitó a echarle un vistazo por encima y lo depositó sobre su mesa, molesta, diciendo: “Mala letra, mala nota”.

Laura tranquilizó a su hija. Era buena estudiante, así que ya le iría mejor en la recuperación. Sin embargo, intuía qué había pasado. No era la primera vez. La niña percibió lo que pensaba su madre y, preocupada, dijo:

- Mamá, es que no leyó lo que escribí.
- No te preocupes, cariño, mañana iré a hablar con ella.

Patricia aún no sabía ni hablar cuando comenzó a sufrir esos episodios. La primera vez, acababa de cumplir dos años, mostró un lápiz a su madre de forma insistente. Laura entendió que quería garabatear y le pasó una hoja en blanco. Se sorprendió al ver que escribía palabras, con mala letra, pero comprensibles.

Cuando al día siguiente acudió al colegio para conversar con la profesora le dijeron que no podría recibirla, pues había sufrido un accidente. Estaba hospitalizada, grave, así que una nueva docente se haría cargo del curso y podría responder a sus inquietudes en cuanto conociera y se pusiera al día con los alumnos.

Solicitó entonces ver el examen que su hija había hecho el día anterior. Se negaron a entregárselo, pero su porfía la llevó al despacho del director y logró que éste le mostrara la prueba. Cuando la tuvo en su mano, confirmó sus sospechas: no había respondido a ninguna de las preguntas planteadas; con esa letra ajena, pero ya no extraña, había llenado la página repitiendo una frase: “No uses el coche hoy”.

- Mala letra, mala nota –murmuró sin que su rostro pudiera disimular su desazón.
- Perdón, ¿qué ha dicho? –le preguntó el director.
- No, nada… Lamento que no sepamos ver más allá de las apariencias. Su profesora estaría mejor si se hubiera tomado la molestia de leer –señaló mientras le devolvía la hoja.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Reina mora




Había ensayado todo el día cómo bajar las escaleras de forma seductora bailándote la danza de los siete velos… Así pensaba recibirte, con un toque de cadera y un guiño por cada peldaño, con la mirada al frente como la mejor vedette y siguiendo el ritmo de la música con la más pícara de mis sonrisas.

Yo sabía que te iba a gustar. Habíamos acordado introducir más juegos en la relación y siempre te han agradado las sorpresas. Así que cuando se acercaba la hora de tu llegada, me disfracé de odalisca, me maquillé hasta casi quedar irreconocible y me situé en lo alto de la escalera esperando el sonido de tu llave entrando en la cerradura para pulsar el play e iniciar la función.

Por fin escuché tu carraspeo al otro lado de la puerta. Puse la música, adopté la pose con que más lucen mis piernas, encendí la sonrisa y doté a mi mirada de toda la profundidad y lascivia de las que fui capaz.

- Pasa, pasa. Laura se va a alegrar mucho de verte.

Nunca me avisas cuando traes visitas a casa. Tu jefe se debatía entre la risa y la vergüenza, aunque fijó su mirada en el escaso sostén con lentejuelas que cubría mis pechos.

Intenté recuperar la compostura, pero no resultaba fácil con mi apariencia. El traspiés era inevitable, así como que acabara besando las escaleras que había soñado bajar como reina mora.

La expresión del doctor que me está poniendo la escayola tampoco ayuda mucho a superar mi sensación de ridículo.

Ahora entiendo por qué los chinos dicen que trae mala suerte tener una escalera frente a la entrada de la casa.

lunes, 4 de noviembre de 2013

De ahí no me quita ni Dios




Pato y Lucho son vendedores ambulantes. Y amigos. Al menos lo fueron por más de treinta años. Ambos se ganan la vida vendiendo artículos para los más pequeños. Son los más fáciles de enganchar y cuando a un niño se le antoja algo pocos padres pueden resistirse a comprarlo. Ellos lo saben, por eso nunca les había importado dedicarse a lo mismo. Había clientes suficientes para ambos a pesar de ubicarse durante décadas separados por apenas unos metros.

Lucho, sin embargo, ávido de mayores ganancias, introdujo una novedad en su método de venta que puso en riesgo su amistad: un aparato de música y dos altavoces anunciaban a gran distancia su presencia. Los pequeños seguían hipnotizados las canciones infantiles de moda y llegaban al puesto de Lucho sin advertir que a pocos metros estaban Pato y sus juguetes.

De nada sirvieron las quejas de Pato, que apeló a la larga amistad que les unía para pedir a Lucho, al que acusaba de competencia desleal, que volviese al sistema antiguo, que cambiase de calle o que trabajase en un horario diferente.

Como no lograron llegar a ningún acuerdo, decidieron acudir a uno de esos programas televisivos en los que un supuesto juez intercede entre dos partes para resolver sus conflictos y que tan de moda estaban en ese tiempo. La conductora del programa, sin tomar partido por ninguno de los ahora rivales, propuso las mismas soluciones que Pato había apuntado, pero se encontró frente a dos tercos que no estaban dispuestos a dar su brazo a torcer.

Jueza: Pero, vamos a ver, ¿cuántas horas trabajan?
Pato: Dos.
Jueza: ¿Y usted?
Lucho: Dos.
Jueza: Bueno, entonces tiene fácil solución. El día es muy largo. Uno puede trabajar, por ejemplo, de tres a cinco y el otro de cinco a siete. E incluso pueden alternarse.
Pato: Ah, no, señoría. Es que tenemos que trabajar de una a tres, que es cuando los carabineros se van a almorzar.

Ante la imposibilidad de alcanzar una solución pactada, la jueza hizo uso de la autoridad que le confería su millonario contrato televisivo y dictaminó que Lucho, puesto que era el más beneficiado por incrementar de forma considerable sus ganancias en detrimento de su amigo Pato, debería buscar otro lugar para dedicarse a la venta ambulante.

- Ah, no, señoría. A mí de ahí no me quita ni Dios, ni un juez… Bueno, si acaso los carabineros.

jueves, 31 de octubre de 2013

Un sueño recurrente


Imagen: Joshua Hoffine


Cuando era niño, tuve por años un sueño recurrente. En él, mis padres me levantaban urgidos a mitad de la noche porque teníamos que escondernos. Flatza estaba en camino y no debía encontrarnos.

Yo no entendía qué pasaba, me limitaba a seguirles adormilado y me ocultaba con ellos, que temblorosos me contagiaban su temor. Poco después se escuchaban unos gruñidos y cómo unos pies se arrastraban por el pasillo de la casa. Flatza, un monstruo enorme, de color pardo y con grandes garras, descubría nuestro escondite y nos engullía.


Anoche desperté con los gritos de mi hijo menor. Había tenido una pesadilla y lloraba desconsoladamente. Su madre y yo intentamos calmarlo, le explicamos que los monstruos no existen en realidad, que son miedos que tenemos en la vida y que en los sueños adoptan formas monstruosas, pero no pueden hacernos nada. Sin embargo, no había modo de tranquilizarlo y me quedé sin argumentos cuando entre llantos gritó:

- Papá, ayúdame. Yo no me quiero ir con Flatza.


lunes, 28 de octubre de 2013

Descansa




Me pides permiso para irte. Yo acaricio tu frente e intento sonreír mientras te digo que descanses ya, tranquilo. Observo en qué han convertido tu cuerpo estos años de lucha y entiendo que no es justo pedirte ni un esfuerzo más.

Tu cuerpo ha menguado, pero tú no, tú has crecido desde la negación, la rabia, la pena y la asunción en un proceso que te ha transformado en un gigante sabio que tiene que irse cuando más podría enseñarnos.

Y yo maldigo esta enfermedad que te arrebata de nuestro lado siendo aún tan joven. La maldigo al tiempo que le agradezco, por habernos permitido no sólo despedirnos, sino también decirnos todo lo que callábamos porque nos creíamos con tiempo, amarnos mejor, conocernos más, confirmar la certeza de que de nuevo nos habríamos reunido si la vida nos diera una segunda oportunidad, sin cambiar nada salvo tal vez aprovechar más cada momento.

Hemos hablado tanto en este último tiempo, que no es necesario extender la agonía. Hemos logrado entender que vivir no se trata tanto de averiguar por qué ocurre lo inexplicable, sino de aceptar, enfrentar y exprimir todas las posibilidades que nos ofrece cada nueva situación. Aunque sea la última.

Acaricio tu frente e intento sonreírte porque quiero que te vayas en paz, con la tranquilidad de haber dado todo de ti, el convencimiento de que sabremos estar bien, la certeza de que seguirás en nosotros y la satisfacción de haber exprimido hasta el último segundo de vida asignado.

Y cuando te hayas ido, lloraré. Expulsaré en llanto la pena y la rabia de no estar lista para seguir sin ti, lloraré hasta vaciar de mí esta impotencia que me llena y me impide parecerme a ti. Y después, de nuevo, te dejaré partir.

jueves, 24 de octubre de 2013

Puta




Mis hijas se parecen a su padre. Físicamente no hay ningún rasgo que las vincule conmigo. Es algo que he tenido que asumir: la genética paterna fue más fuerte que la mía. Sin embargo, según van creciendo y mostrando su carácter, ya encuentro en ellas características mías. Una de ellas es la percepción, o la intuición, que según algunos no es más que otra prueba de que soy una bruja. Supongo que lo comentan con cariño (si no, tendré que preparar algún conjuro ejemplarizante).

Mi hija mayor demostró pronto sus dotes. Cuando apenas empezaba a hablar nos hacía advertencias y vaticinios que luego se cumplían. Y siempre nos lo recordaba con un “¿ves?, te lo dije” lleno de satisfacción. Confieso que en alguna ocasión me dio miedo y todavía espero que alguno de sus anuncios para los próximos años no se cumpla.

Las pequeñas, con sólo dos años, manifiestan ser perceptivas con sus reacciones ante las personas. Con algunas interactúan felices como si las conocieran de toda la vida aunque las vean por primera vez, y con otras se defienden con mirada de desconfianza y distancia. Cuando observo a quienes generan esa respuesta, a menudo son seres con malas vibraciones. O así me lo parece.

Ahora que empiezan a hablar, las mellizas también sorprenden con sus comentarios. Tenemos que esmerarnos en traducir sus declaraciones para evitar problemas, a veces fielmente y otras veces disfrazando sus palabras.

La semana pasada, Violeta jugaba en el parque. De repente, se quedó mirando a una vecina que estaba de pie frente a ella y señalándola empezó a gritar: “Puta, puta, puta”.

Yo no sabía qué hacer ni qué explicaciones dar. Se oía perfectamente lo que decía Violeta, porque todos los demás nos quedamos en silencio, sorprendidos. De repente, de detrás de la señora apareció una mariposa revoloteando, a la que mi hija persiguió gritándole: “Puta, puta, puta. Mira, mamá, una puta”.


PD: Dedico este texto a mi hija Violeta, que llama puta a las mariposas. (A la chirimoya la llama poya, de lo que deduzco que a las mariposas les gusta la chirimoya).

lunes, 21 de octubre de 2013

Estás buenamoza


Fotografía: Cornell Capa


-- Estás buenamoza.

Me sorprendes, porque no estoy acostumbrada a que me piropees, y no encuentro la respuesta oportuna. Ni siquiera un gracias, porque más que alegrarme, tu comentario casi me ofende. Soy la misma de todos los días, la misma que acompaña tu vida desde hace años, la misma que escucha cada noche tus problemas e intenta ayudarte aportando otro punto de vista, la misma que cayó en la rutina de imaginar mil y una maneras de romper la rutina.

Casi me ofende ese piropo por escaso, por inesperado, porque suena extraño en tu voz. Porque despierta multitud de preguntas que dicta mi inseguridad y lo encajo con el mismo miedo que se reciben esos ramos de flores que disfrazan la culpa de quien los envía.

Me dices que me encuentras bonita hoy, y me molesta que no me lo hayas dicho ayer, la semana pasada, el mes anterior o cualquier día de estos años que hemos compartido con la tranquilidad del cariño asegurado, con la inercia que proporciona ese sentido de posesión que creemos invulnerable.

Me molesto tanto que no se me ocurre pensar que tal vez me lo dices porque hoy por fin he decidido quitarme el pijama, elegir un vestido que me sienta bien y estrenar por fin el rímel para resaltar mis ojos. 

jueves, 17 de octubre de 2013

Despertar




-- Hola, Maruja. ¿Cómo estás? Pareces cansada.
-- Calla, mujer. Anoche tardé muchísimo en dormirme, y cuando lo hice sonó un despertador muy ruidoso. Ya no pude pegar ojo. Debe de ser de los del segundo, voy a pedirles que lo cambien.
-- Si sonaba muy fuerte, creo que es el despertador de mi hija.
-- ¿Cómo va a ser el de tu hija? Vivís en el quinto y yo en el primero. Tiene que dejarla sorda.
-- Suena muy fuerte, sí, pero a ella no la despierta. Ni se entera.

Así era. Podía estallar la bomba más potente a mi lado mientras dormía, que yo no me enteraba. Era un suplicio para mi madre despertarme cada mañana. Ella temía ese momento del día, porque debía intentarlo una y otra vez, de las maneras más inverosímiles, para lograr que volviera a la vida desde mi profundo sueño.

Excepto los domingos. El mágico ritual de los domingos, que conseguía despertarme suavemente sin necesidad siquiera de abrir la puerta de mi habitación.

En mis sueños se colaba siempre un aroma, un agradable olor que se filtraba por debajo de mi puerta hasta llegar a mi nariz, envolverme entera y alertar todos mis sentidos, llevándome a un placentero duermevela en el que aguardaba la señal definitiva para levantarme de un salto y saludar sonriente al nuevo día.

Era un olor dulce, cada vez más intenso, que se imponía al sueño más profundo y sacudía mi honda pereza. Era imposible resistirse.

Una vez abiertos los ojos, lo que ocurría un rato después de que se activara mi olfato, sólo había que esperar unos minutos. El olor era el “preparados”, la apertura de ojos era el “listos”, y el “ya” llegaba cuando se abría la puerta de la casa y oía a mi padre diciendo: “Ya están aquí los churros”.

En menos de diez segundos ya estaba sentada a la mesa de la cocina para disfrutar el exquisito chocolate que preparaba mi madre y que inauguraba oficialmente todos los domingos de mi infancia.

lunes, 14 de octubre de 2013

Haciendo turismo


Fotografía: Idana Gómez

Andrés aprovecha su trabajo como camarero del restaurante italiano del hotel para contactar con huéspedes y ofrecerles sus servicios de guía turístico privado a un precio mucho más conveniente que los “tures" oficiales: un día (su día libre) recorriendo los lugares más pintorescos de la isla en su jeep particular. Aprovecha el momento del café para sacar su teléfono móvil y mostrar fotos de un paseo anterior, haciendo descripciones apasionadas de los diferentes paisajes retratados. Todos iguales, y solitarios. 

- Lo que sí tengo que pedirles es que como lo hago sin pagar impuestos, para poder abaratar el precio, no puede saberse. Por favor, no lo comuniquen al hotel. 

Laura y Simone, que llevaban varios años viviendo en países diferentes, habían decidido juntarse en una isla del Caribe para recordar viejos tiempos. Ambas extrañaban las noches de juerga, las largas conversaciones, las risas y la complicidad que las habían hecho tan amigas. Resucitar esos recuerdos en una playa paradisíaca les había parecido un plan perfecto. Y lo estaba siendo. 

Nadie supo a dónde fueron aquel miércoles que salieron tan temprano hacia la parada de autobús de enfrente. La dirección del hotel dio aviso a la Policía porque le pareció extraño que dos huéspedes abandonaran varios días el recinto dejando sus pertenencias en la habitación. 

Dos meses después, el jefe de la Policía isleña informó en rueda de prensa que no había pruebas concluyentes para esclarecer la desaparición de dos jóvenes extranjeras en la isla, pero todo apuntaba a que decidieron buscar una playa solitaria y, de modo accidental, se ahogaron en el mar. No descartó que tuvieran cierta veracidad los rumores que insinuaban que se trataba de un suicidio en pareja por motivos sentimentales. 

Después de la rueda de prensa, el responsable policial tuvo que enfrentar en privado la furia del gobernador.

- Detenga de una vez a ese hijo de puta. No podemos disimular más muertes y desapariciones. Si se descubre que hay un asesino en serie en la isla, cundirá el pánico y no vendrá nadie más. Y le recuerdo que aquí TODOS vivimos del turismo. 


jueves, 10 de octubre de 2013

Me buscabas


Ilustración: Grado.V


- ¿Me buscabas?
- Hace tiempo ya, sí.
- Aquí estoy.
- ¿Vienes sola?
- Claro.
- ¿De qué me sirves sola? ¿Por qué no vienes acompañada?
- Porque sólo me llamaste a mí. Creí que te bastaría.
- No sé si será suficiente… No sé qué puedo hacer contigo…
- ¿De qué te quejas? ¿Acaso no soy la palabra que buscabas?
- Sí, es cierto, pero llegas demasiado tarde.

lunes, 7 de octubre de 2013

Proyectos



A Alicia le gusta ir a la plaza Mayor y sentarse en la fuente mojando sus pies. Octavio no le ve la gracia, pero si a Alicia la hace feliz le parece bien. Incluso alguna vez se animó a mojar los suyos. 

Alicia cierra los ojos y escucha. Octavio no para de hablar de sus proyectos. Sobre todo de proyectos. Los tiene a montones. Siempre aparece alguno nuevo. Y le cuenta a Alicia cómo será su propio taller, de qué color su casa, qué países llenos de fuentes recorrerán o el diseño que se le ocurrió para la cuna de sus hijos. 

-¿Qué le parece?

Alicia cierra los ojos y escucha, hasta que él termina de hablar. Siempre lo hace con la misma pregunta. Entonces deja de chapotear con sus pies, y se detiene a observar la ternura en los ojos de Octavio antes de contestar. 

- ¿A usted lo haría feliz? --Octavio ni tiene que responder, su amplia sonrisa habla por él--. Entonces sí me gusta. 

jueves, 3 de octubre de 2013

El escritor




El informativo de la noche abrió comunicando el fallecimiento por causa accidental de Ignacio Gorostegui. Su avanzada edad había impedido su recuperación después de caerse en la escalera de su casa.

- Abuela, ¿has oído? Se murió Gorostegui. Jo, me da pena. Precisamente estamos haciendo un trabajo sobre él en el instituto. Sus novelas son geniales.
- ¿Cómo? ¿Falleció Ignacio?
- Ay, Ignacio dices. ¡Qué confianzas! Como si lo conocieras.
- En realidad lo conocía.
- ¿De verdad? ¿A Ignacio Gorostegui? Abuela, eres una caja de sorpresas. ¿Cómo, cuándo? Cuéntame.
- Fue hace mucho tiempo, cuando él empezaba a publicar. Lo entrevisté en una feria del libro y después mantuvimos correspondencia por un tiempo.

Yolanda esbozó una suave sonrisa con ese recuerdo y se acomodó en él en silencio. Laura miraba a su abuela curiosa, queriendo leer su mente, preguntándose qué estaría evocando para que su rostro reflejara tal satisfacción y serenidad.

- Ya, abuela, cuéntame. ¿Fuisteis amigos?
- Llegamos a tener mucha confianza. Fuimos confidentes. Nos contábamos todo lo que se puede contar.
- Debiste de aprender mucho de él.

De nuevo se quedó pensativa; apenas unos segundos antes de responder.

- Sí, claro. De todo el mundo se aprende si sabes escuchar. Eso es lo primero que tienes que aprender: a escuchar.
- Ya, abuela, pero de él mucho más ¿no? A mi me parece un sabio.
- Yo lo recuerdo como un hombre con una sensibilidad desmedida y muy inseguro.
- ¿Inseguro? ¿Gorostegui? No te puedo creer.
- Laura, querida, los escritores son personas como tú y como yo, con sus sentimientos, con sus dolores, con sus miedos… como todos.
- Pero a él siempre se le veía un hombre fuerte y seguro de sí mismo.
- Hija, quienes se muestran más fuertes a menudo son los más débiles.
- ¿Y qué pasó? ¿Por qué dejasteis de escribiros?
- Bueno, luego empezó a irle bien, sus libros se agotaban en seguida, se hizo un nombre importante… No sé, la vida siguió su curso, la relación se fue diluyendo.
- ¿Y no te habló más?
- No me escribió más cartas, es cierto. Pero de los dos soy quien menos perdió, porque seguí sabiendo de él a través de sus novelas.

Laura no quiso preguntar más. Veía cómo las lágrimas asomaban a los ojos de su abuela y pensó que querría despedirse a solas.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Incomunicados


Fotografía: Josep Tápies


- Fernando, a papá le diagnosticaron cáncer. El doctor dice que puede curarse, pero él está abatido. Creo que le haría bien verte.

Fernando dijo que tenía mucho trabajo, que tenía un par de viajes pendientes al extranjero y que no sabía si podría ir a visitar a su padre. Todas las excusas que se le ocurrieron en el momento, aunque sabía que no engañaba a su madre. Simplemente, no le apetecía verlo, y menos hablar con él.

El desencuentro se produjo muchos años antes, no era algo reciente, y por lo tanto estaba enquistado en lo más profundo de su corazón. Desde adolescente Fernando había decidido luchar solo para alcanzar sus objetivos, se autodeclaró huérfano de padre y creció hasta el éxito empujado por la rabia y el resentimiento.

No sabía qué le había animado a ceder, tal vez fuera cierto eso de que la sangre tira, o tal vez tenía un deseo insano de ver a su padre acabado, hundido y con la amenaza de la muerte en sus ojos. Un día se hizo un tiempo para visitarlo, y cuando lo tuvo en frente sintió una opresión en el pecho que no le dejaba respirar.

- Hola, viejo.
- Hijo, has venido –respondió Francisco ilusionado.
- Así parece. Pero sólo porque mamá me lo pidió.
- Estás tan cambiado. Veinte años es mucho tiempo.
- O poco, depende. ¿Cómo estás?
- Mejor ahora que puedo verte y hablarte. Nunca he entendido qué nos distanció. Los años pasaron muy rápido… La vida se nos fue sin hablarlo. La muerte puede llegarme en cualquier momento. Quiero pedirte perdón… por lo que sea que te haya hecho…, aunque no sepa qué es...
- ¿No sabes qué es? ¿No entiendes por qué me aparté de ti? ¿Te parece poco ser un padre que no me acepta, que no me apoya, que no le importa mi felicidad?

Se fue acalorando y subiendo el tono a medida que escupía todos los reproches. Le recordó aquella tarde en que le dio la espalda. Fernando le había pedido ayuda a su madre para contarle a su padre que no iría a la Universidad, que viajaría a Francia a una escuela de diseño porque a eso quería dedicarse.

- Yo había salido de casa unas horas para dejar que mamá te lo contara y lo hablarais. Cuando volví a casa, mamá estaba llorando y tú… Tú estabas enfadado, no me hablaste, ni siquiera me miraste. En ese momento decidí que no me importaba que no estuvieras de acuerdo y que haría con mi vida lo que quisiera sin contar contigo. Y ya ves, me fue bien. Creo que si hoy he venido fue para que pudieras ver lo bien que me va, a pesar de ti.

Francisco observaba atónito a su hijo, con los ojos llenos de lágrimas.

- ¿Por eso te fuiste? ¿Porque ese día no te dije nada? Estaba enojado, había discutido con tu madre porque ella me pidió que te prohibiera ir a estudiar a Francia y me negué. Había discutido con ella porque creía que tu felicidad estaba primero que nuestro egoísmo. Tampoco quería que te alejaras de nosotros, pero te apoyaría y ayudaría si ése era el camino a tu felicidad.

El llanto no lo dejó continuar. Fernando no sabía qué responder, de pie, observando a su padre llorar como un niño y masticando aún sus palabras, y su propio error. Tímido, posó su mano inexperta sobre la cabeza de Francisco en una torpe caricia y ensayó un abrazo que completó su padre cargándolo de amor y perdón.

- ¿Al menos, has sido feliz?
- No hasta ahora. Siempre me has faltado.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

La margarita




Alicia permanecía largas horas sentada en la destartalada mecedora que había heredado de su abuela, con la mirada perdida al otro lado de la ventana, sin moverse apenas, como si fuera una muñeca rota abandonada en un viejo mueble. Se sabía diferente a los demás, pero también sabía que no hay dos personas iguales. Por eso no comprendía por qué debía soportar el desprecio ajeno. Hastiada de tanto desdén, se aisló del mundo en su cuarto y optó por otra vida, la que creaba su imaginación cuando los demás creían que simplemente estaba ida.

Octavio pasaba todas las tardes por esa calle después de salir del taller donde se esmeraba como aprendiz de carpintero. Aunque su maestro lo mantenía simplemente para que hiciera los recados más fáciles porque decía que “el payaso del pueblo jamás podrá aprender el oficio”, Octavio andaba siempre con un lápiz en la oreja. Opinaba que así se veía “más profesional”.

Alicia y Octavio compartían un instante todas las tardes, cuando él pasaba por delante de su ventana. Tenían en común el conocer en carne propia el desprecio de los demás, el haberse creado un mundo interior fértil en el que la felicidad aún era posible y el haber aprendido a vivir ignorando el criterio de otros.

Una tarde de verano Octavio se detuvo ante la ventana de Alicia, apartó la cortina de encaje blanco que mecía la brisa tibia y le ofreció una maceta con una margarita.

- Me gustaría, señorita, que cuidara esta flor para mantenerme en su recuerdo. Si prefiere, puede deshojarla, pero ya le anuncio que le dirá que sí la quiero. La amo desde la primera vez que vi el cielo en sus bellos ojos.