Gracias, Claudia

miércoles, 27 de noviembre de 2013

La familia Tomate


Ilustración: Alba Garrido Gómez


La familia Tomate
toma mate, toma té.

La familia Tomate
toma mate cada martes
y un día después
toma té con un pastel.

La familia Tomate
toma mate, toma té.

La familia Tomate
es un puro disparate.
Pone el gorro del revés
y la camisa por los pies.

La familia Tomate
toma mate, toma té.

La familia Tomate
está loca de remate,
siempre tiene mucho estrés
pues su destino es ser puré.

La familia Tomate
toma mate, toma té.

domingo, 24 de noviembre de 2013

Trabalenguas




¿Recuerdas cómo nos conocimos? Al presentarnos me dijeron que eres muy bueno con los juegos de palabras. Me pareciste tan atractivo que me puse nerviosa y sólo atiné a preguntarte si me regalarías un trabalenguas.

Asentiste sonriéndome, tomaste mi cuello con tu gran mano, te acercaste, me besaste y tu lengua jugó con la mía como queriendo evitar cualquier reclamo.

Después conocí tu voz:

- Es el trabalenguas que me inspiras.

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Desvergonzada


Fotografía: Henri Cartier-Bresson


¡Qué poca vergüenza! No sé a dónde iremos a parar. En estos tiempos ya no se observa la moral y el respeto por los demás brilla por su ausencia. Si las mujeres andan así, qué vamos a esperar del comportamiento de los hombres, más dados a las malas costumbres y, encima, tentados descaradamente incluso a horas tan tempranas del día.

Desvergonzada. Eso es lo que es esa chica. Eso no es una falda. Parece que sólo llevara la camisa. Enseñar así las piernas demuestra muy poca dignidad. Cómo va a hacerse respetar cuando no esconde el cuerpo del pecado. En mis tiempos ni los brazos podíamos mostrar. Cuanta menos piel se viese, mejor. ¿Acaso no es la piel el vehículo del placer? Sólo debe mostrarse en la intimidad de la alcoba matrimonial. O en cualquier otra habitación siempre que fuese con la más absoluta discreción. Si no eres casta, sé cauta, me aconsejaba a menudo la abuela.

La verdad es que sí tiene un cuerpo de pecado esa joven. Piernas largas, de piel suave y sin ningún pelo. Una pequeña cintura que divide una silueta casi perfecta. Y esa melena suelta... La última vez que no me recogí el pelo debía tener once o doce años, pero recuerdo lo agradable que era sentir el cabello libre al viento.

A fin de cuentas, ahora todas andan así. Uno ya casi ni se fija en ellas, o tendría que andar girándose constantemente por la calle. Y debe de ser cómodo sentir el cuerpo menos apretado, sobre todo ahora que el calor ya comienza a pedir telas más suaves.

Seguramente es buena mujer. ¿Por qué no habría de serlo? Está en una terraza, tomando un aperitivo y leyendo el diario. No mira a nadie, no provoca a nadie, no juzga a nadie… En realidad yo soy la que tiene mala suerte, por haber nacido tan pronto.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Aniversario




Hace hoy cuatro años estrenaba mi cajón desastre. Sin expectativas y con miedo, aunque relativo porque ni le auguraba mucha vida, ni creía que llegara a tener lectores.

En poco tiempo se convirtió en una gran fuente de satisfacciones.  Era el acicate que me traía de vuelta a la escritura años después de haberla abandonado, la prueba de que podía hacerlo aunque me quede todo por aprender, y era también una sorpresa constante al reunir a un grupo de personas que me apoyaban y animaban con sus comentarios. Por si ése fuera poco regalo, fui descubriendo otros blogs en los que he pasado y paso muy buenos momentos.

Aunque empecé hace cuatro años, sería tramposo decir que el blog esté cumpliendo esa edad, pues por circunstancias de la vida (ella, tan suya, que va imponiendo sus caprichos dirigiendo o torciendo nuestro camino) he estado ausente por casi dos años.

Siempre he tenido la intención de volver, aunque admito que por momentos creí que no lo lograría. Volver para hacer lo que me gusta, escribir, y también para retomar el contacto con los afectos que se fueron creando en esta particular relación con vosotros.

Muchos seguís en el mismo lugar de siempre; otros habéis cambiado de “casa”, pero os mantenéis activos, y algunos han abandonado. Y se les echa de menos. Es curioso comprobar cómo a través de lo que escribimos, bien en nuestros relatos o bien en comentarios a textos ajenos, vamos descubriendo afinidades, simpatías y complicidades.

Por eso, hoy celebro este aniversario y el regreso. Y os doy las gracias, a los de siempre y a los nuevos, por acompañarme, por ayudarme, por estar.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Cándida




- Joder, ¿dónde habéis encontrado a esta mujer tan fea? ¡Os va a espantar a los clientes!

Nunca faltaba el imbécil que hiciera este tipo de comentarios que tanto ofendía a Juan y a Paco. Ellos habían contratado a una secretaria, no a una modelo, y si bien era cierto que Cándida no era muy agraciada, cumplía con creces las funciones que le habían encomendado.

Era puntual, trabajadora, proactiva y muy eficiente resolviendo incluso los problemas que se escapaban de su competencia. Parecía que hubiese volcado todas sus cualidades y habilidades en su vida laboral, porque hasta donde sabían sus jefes Cándida tenía una escasa o nula vida social.

Tímida y callada, era una mujer a la que no le interesaba sacar partido de su escaso atractivo con vestuario o maquillaje. O tal vez simplemente no había aprendido a hacerlo. Parecía importarle sólo realizar bien su trabajo, y ese objetivo lo lograba a la perfección, con actitud positiva y siempre serena.

Una mañana Juan y Paco la notaron diferente. Inquieta, distraída y nerviosa.

- Cándida, ¿estás bien? ¿Qué te pasa?
- Perdonadme, es que estoy muy preocupada.
- ¿Tienes algún problema?
- Sí, bueno…, es algo personal.
- ¿Podemos ayudarte?

Cándida dudó. Nunca hablaba de su vida privada. Sus jefes habían llegado a la conclusión que era porque no la tenía. Pero se veía realmente preocupada, y con la necesidad de contar qué le pasaba.

- Bueno… Ayer salí con unas amigas y conocí a un chico. Pasamos la noche juntos en mi casa y esta mañana salió temprano. Dijo que iba a comprar cruasanes, pero no ha vuelto.  Y no sé... ¿Creéis que debería llamar a los hospitales?


lunes, 11 de noviembre de 2013

Mala letra, mala nota




Patricia regresó disgustada del colegio. Había tenido examen de Lenguaje y su profesora no quiso revisar su prueba; se limitó a echarle un vistazo por encima y lo depositó sobre su mesa, molesta, diciendo: “Mala letra, mala nota”.

Laura tranquilizó a su hija. Era buena estudiante, así que ya le iría mejor en la recuperación. Sin embargo, intuía qué había pasado. No era la primera vez. La niña percibió lo que pensaba su madre y, preocupada, dijo:

- Mamá, es que no leyó lo que escribí.
- No te preocupes, cariño, mañana iré a hablar con ella.

Patricia aún no sabía ni hablar cuando comenzó a sufrir esos episodios. La primera vez, acababa de cumplir dos años, mostró un lápiz a su madre de forma insistente. Laura entendió que quería garabatear y le pasó una hoja en blanco. Se sorprendió al ver que escribía palabras, con mala letra, pero comprensibles.

Cuando al día siguiente acudió al colegio para conversar con la profesora le dijeron que no podría recibirla, pues había sufrido un accidente. Estaba hospitalizada, grave, así que una nueva docente se haría cargo del curso y podría responder a sus inquietudes en cuanto conociera y se pusiera al día con los alumnos.

Solicitó entonces ver el examen que su hija había hecho el día anterior. Se negaron a entregárselo, pero su porfía la llevó al despacho del director y logró que éste le mostrara la prueba. Cuando la tuvo en su mano, confirmó sus sospechas: no había respondido a ninguna de las preguntas planteadas; con esa letra ajena, pero ya no extraña, había llenado la página repitiendo una frase: “No uses el coche hoy”.

- Mala letra, mala nota –murmuró sin que su rostro pudiera disimular su desazón.
- Perdón, ¿qué ha dicho? –le preguntó el director.
- No, nada… Lamento que no sepamos ver más allá de las apariencias. Su profesora estaría mejor si se hubiera tomado la molestia de leer –señaló mientras le devolvía la hoja.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Reina mora




Había ensayado todo el día cómo bajar las escaleras de forma seductora bailándote la danza de los siete velos… Así pensaba recibirte, con un toque de cadera y un guiño por cada peldaño, con la mirada al frente como la mejor vedette y siguiendo el ritmo de la música con la más pícara de mis sonrisas.

Yo sabía que te iba a gustar. Habíamos acordado introducir más juegos en la relación y siempre te han agradado las sorpresas. Así que cuando se acercaba la hora de tu llegada, me disfracé de odalisca, me maquillé hasta casi quedar irreconocible y me situé en lo alto de la escalera esperando el sonido de tu llave entrando en la cerradura para pulsar el play e iniciar la función.

Por fin escuché tu carraspeo al otro lado de la puerta. Puse la música, adopté la pose con que más lucen mis piernas, encendí la sonrisa y doté a mi mirada de toda la profundidad y lascivia de las que fui capaz.

- Pasa, pasa. Laura se va a alegrar mucho de verte.

Nunca me avisas cuando traes visitas a casa. Tu jefe se debatía entre la risa y la vergüenza, aunque fijó su mirada en el escaso sostén con lentejuelas que cubría mis pechos.

Intenté recuperar la compostura, pero no resultaba fácil con mi apariencia. El traspiés era inevitable, así como que acabara besando las escaleras que había soñado bajar como reina mora.

La expresión del doctor que me está poniendo la escayola tampoco ayuda mucho a superar mi sensación de ridículo.

Ahora entiendo por qué los chinos dicen que trae mala suerte tener una escalera frente a la entrada de la casa.

lunes, 4 de noviembre de 2013

De ahí no me quita ni Dios




Pato y Lucho son vendedores ambulantes. Y amigos. Al menos lo fueron por más de treinta años. Ambos se ganan la vida vendiendo artículos para los más pequeños. Son los más fáciles de enganchar y cuando a un niño se le antoja algo pocos padres pueden resistirse a comprarlo. Ellos lo saben, por eso nunca les había importado dedicarse a lo mismo. Había clientes suficientes para ambos a pesar de ubicarse durante décadas separados por apenas unos metros.

Lucho, sin embargo, ávido de mayores ganancias, introdujo una novedad en su método de venta que puso en riesgo su amistad: un aparato de música y dos altavoces anunciaban a gran distancia su presencia. Los pequeños seguían hipnotizados las canciones infantiles de moda y llegaban al puesto de Lucho sin advertir que a pocos metros estaban Pato y sus juguetes.

De nada sirvieron las quejas de Pato, que apeló a la larga amistad que les unía para pedir a Lucho, al que acusaba de competencia desleal, que volviese al sistema antiguo, que cambiase de calle o que trabajase en un horario diferente.

Como no lograron llegar a ningún acuerdo, decidieron acudir a uno de esos programas televisivos en los que un supuesto juez intercede entre dos partes para resolver sus conflictos y que tan de moda estaban en ese tiempo. La conductora del programa, sin tomar partido por ninguno de los ahora rivales, propuso las mismas soluciones que Pato había apuntado, pero se encontró frente a dos tercos que no estaban dispuestos a dar su brazo a torcer.

Jueza: Pero, vamos a ver, ¿cuántas horas trabajan?
Pato: Dos.
Jueza: ¿Y usted?
Lucho: Dos.
Jueza: Bueno, entonces tiene fácil solución. El día es muy largo. Uno puede trabajar, por ejemplo, de tres a cinco y el otro de cinco a siete. E incluso pueden alternarse.
Pato: Ah, no, señoría. Es que tenemos que trabajar de una a tres, que es cuando los carabineros se van a almorzar.

Ante la imposibilidad de alcanzar una solución pactada, la jueza hizo uso de la autoridad que le confería su millonario contrato televisivo y dictaminó que Lucho, puesto que era el más beneficiado por incrementar de forma considerable sus ganancias en detrimento de su amigo Pato, debería buscar otro lugar para dedicarse a la venta ambulante.

- Ah, no, señoría. A mí de ahí no me quita ni Dios, ni un juez… Bueno, si acaso los carabineros.