Gracias, Claudia

lunes, 30 de diciembre de 2013

Lúa, mi querida Lúa


Fotografía: Rudy Garrido



Cuanto más conozco a las personas
más quiero a mi gata


Lúa, mi querida Lúa, apareciste en mi vida despidiendo un año del que poco o nada recuerdo salvo tu nacimiento.  Me gustaba el nombre de tu madre, Ariadna, y esperaba con ganas su parto para elegir al que sería mi nuevo compañero y el compinche de Magoo, que pasaba demasiadas horas solo.

Tú me elegiste a mí, porque llegaste sin hermanos, en una camada de un solo gato. Hembra y negra, lejos de lo que hubiera sido mi elección. Debo darte las gracias, porque con los años has demostrado que yo no habría escogido mejor.

Tu dulzura y tu paciencia te hicieron conquistar el cariño de Magoo, a pesar de sus celos de “hijo único”. Ganaste tu espacio sin invadir el suyo, ni el mío. Demostraste que el cariño puede ser intenso al tiempo que pausado y tranquilo, que hay momentos para los mimos y momentos para disfrutar de nuestra soledad.

Eras (eres) hermosa. Tu perfil, tu postura, tu elegancia me recordaban a  Cleopatra. Te convertiste pronto en la emperatriz de la casa.

Me acompañaste en la mayor aventura de mi vida. Cruzaste conmigo el océano y te adaptaste a tu nuevo hogar, a tu nuevo dueño, a tu nueva vida. Sufriste cuando Magoo tuvo que partir. Siempre habías estado con él y aunque tardaste meses en comprender que no regresaría, esperándolo en la puerta por la que lo viste salir, te mantuviste tranquila.

Con la llegada de Alba, aceptaste con una humanidad que muchas personas quisieran que un nuevo ser, una intrusa, recibiera más cariño y atención que tú. No hice caso a las advertencias de que con un bebé en casa debería deshacerme de ti (¿¡a quién se le ocurre!?) y me demostraste que no me equivocaba. No sólo no fuiste un peligro para Alba, sino que te mantenías vigilante, observabas todos sus movimientos y me avisabas cuando lloraba o cuando estaba en peligro. Y esperabas pacientemente a que ella se durmiera, observando desde la puerta de su dormitorio, para reclamar tu dosis de cariño. Incluso soportabas, sin perder la compostura, su curiosidad, permitiendo que estirase tus bigotes o inspeccionara con su dedo tus ojos.

La edad, al contrario que a mí, no avinagró tu carácter. Llegaron las mellizas y volviste a postergarte consciente de que requerían mucho tiempo y atención. Esperas a verme acostada sabiendo que esa posición equivale a la luz de libre de un taxi, y entonces te acercas, te acomodas sobre mis piernas y me manifiestas tu cariño con tu ronroneo.

Lúa, mi querida Lúa, hoy cumples 15 años, lo que según tu cartilla veterinaria equivale a los 77 años humanos. Quisiera compartir contigo otros tantos, aunque sé que no podrá ser. Pero brindo por que tengas una larga vida, por seguir escuchando tu maullido cuando estornudo, por adormecerme con tu ronroneo, por tenerte siguiendo mis pasos por la casa jugando a colarte entre mis pies aunque te cueste algún pisotón, por que sigas acompañando a mis hijas mientras crecen aprendiendo lo que es una mascota leal. Brindo por ti.

Lúa, mi querida Lúa, feliz cumpleaños.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Espejito mágico




De hoy no pasa. Es la promesa que me hice al levantarme. Firme en la intención de cumplirla, me coloqué frente al espejo. “Espejito, espejito mágico. ¿Es ésta la puerta de embarque al país de las maravillas?”. No obtuve ninguna respuesta, no podía ver nada más que mi rostro agotado y ansioso.

Probé con todos los espejos de la casa, y en todos encontré lo mismo: un rostro que cada vez me resultaba menos familiar a la vez que iba aumentando sus muestras de cansancio.

Decidida a no dejarme vencer tan fácilmente, recorrí todos los comercios del barrio, visitando sus probadores, pues sospechaba que la entrada a un mundo tan especial debía ocultarse en un espacio más privado.

La jornada pasó sin que pudiera hallar ese portal mágico y acabé arrastrándome al mismo lugar en que empecé. Frente al espejo de mi habitación probé por última vez esa fórmula gastada que de tanto repetirla iba perdiendo sentido. No sé si fue el agotamiento o la perseverancia, pero no me reconocí en el reflejo, sino que me enfrenté a un rostro que compasivo me preguntó:

- ¿Por qué tanto interés en acceder al país de las maravillas?
- Necesito perderme en él. Necesito encontrar una botellita de “Bébeme” para tomármela entera.
- ¿Por qué?
- Necesito volver a ser pequeña. Ya no quiero más ser grande, quiero encoger hasta la más tierna infancia.
- ¿Qué te provoca esa necesidad?
- No sabía que ser madre sería tan difícil, que sería tan duro proteger a un ser indefenso de los ataques de terceros, que rompería tanto el corazón y desgastaría tanto el alma enfrentar los ataques de la maldad y el odio.
- ¿De qué te serviría volver a ser niña?
- Quiero volver a ser hija, a sentirme segura y protegida, a perder el miedo en un abrazo y a dejarme mecer hasta rendirme en un sueño tranquilo.
- Aquí está la puerta, pero no en el espejo, sino en lo que ves reflejado en él.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Probar el auto




- Papi, se ha hecho tarde y el metro ya está cerrado, ¿puede quedarse Pedro a dormir aquí?
- Cariño, sabes que no tenemos ninguna habitación libre.
- Pero, papá, puede dormir conmigo.
- ¿Cómo se te ocurre?
- Pero si tenemos veinte años y llevamos ya uno saliendo…
- ¿Me estás diciendo que ya os habéis acostado juntos?
- No, papá, claro que no. Pero podemos dormir juntos sin que pase nada…
- Ni se te ocurra. Y no insistas. Yo lo llevo a su casa. 

Susana sabía que su propuesta tenía pocas posibilidades de éxito. Su familia era muy tradicional y ella siempre recibió una educación estricta y conservadora. Por algo se mantenía virgen a diferencia de la mayoría de sus amigas, aunque era más por miedo que por convicción propia.

En los últimos meses había comenzado a sentir la llamada de la naturaleza, le resultaba difícil contener los impulsos de su cuerpo cada vez que Pedro la besaba y ya no oponía tanta resistencia cuando las manos de él subían por su espalda por debajo de la camiseta para luego encaminarse hacia sus pechos. Incluso en una ocasión dejó que él explorara su piel por debajo de la falda y a punto estuvo de no detenerlo a tiempo.

La abuela Claudia, la matriarca de misa diaria y mirada severa ante cualquier intento de sus nietos de ampliar sus límites de libertad, había observado la escena asintiendo con gravedad cada vez que su hijo hablaba. Se había persignado cuando oyó a Susana preguntar si Pedro podía quedarse a dormir.

En cuanto el padre de Susana salió de la casa para llevar a Pedro, la abuela hizo un gesto a su nieta para que se acercara. Una vez a su lado le entregó una llave.

- Es la llave del piso que tengo en el centro. El inquilino murió hace dos meses, así que está vacío. Puedes ir allí con Pedro, pero no hagáis fiestas y deja siempre todo ordenado.
- Abuela, no te entiendo…
- ¿Qué es tan difícil de entender? También he sido joven y me doy cuenta de que tienes ganas de estar a solas con tu novio.
- No lo voy a negar, pero tú eres la más conservadora de la familia y hace un momento le estabas dando la razón a mi padre…
- Claro que le doy la razón, eres su hija y él no entenderá otro modo de hacer las cosas. Quiere protegerte y no lo culpo. Pero a mí me gusta ese muchacho, se nota que tiene buenas intenciones contigo, así que creo que puedes ir más allá. Eso sí, has de ser discreta.
- Abuelita, tú siempre me has dicho que tengo que llegar virgen al matrimonio...
- Ay, Susana, pareces boba. Eso es lo que tengo que decir, pero ya soy vieja y he aprendido unas cuantas cosas de la vida. Y una de las más importantes es que uno tiene que probar el auto antes de comprarlo. 

jueves, 12 de diciembre de 2013

No etoi


Fotografía: Alís Gómez

“No etoi”, dice mientras coloca sobre sus ojos sus manitas que apenas los cubren y dejan asomar por una orilla sus largas pestañas. Lo dice convencida de que ese simple gesto la hace desaparecer, de que si ella no ve tampoco nadie puede verla, como si toda su ternura pudiera ocultarse tras unas manos tan pequeñas.

La miro mientras le pregunto dónde está y deseo volver a tener un año para creer con la misma confianza que esconderse incluso de uno mismo es así de sencillo, que puedo alejarme de la realidad con un simple gesto, que puedo espantar todos los miedos, los dolores y las rabias en un segundo, que puedo borrarme por un rato, y conmigo la angustia.

“No etoi”, repite, ahora más alto porque quiere que la encuentre. Casi no puedo verla porque las lágrimas me lo impiden. Y cierro los ojos con fuerza y los oculto tras las palmas de mis manos, convencida de que esta vez lo lograré.

No estoy. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Saco de envidia




Laura se había convertido en un saco de envidia. Envidia sana, se decía a sí misma. Pero no lo era, porque la carcomía por dentro desde siempre, o casi siempre, que no es lo mismo, pero da igual.

Envidiaba a su amiga María Jesús, porque tenía a un padre confidente, amigo y protector que hizo de ella una mujer segura de sí misma, fuerte y alegre. Laura, en cambio, tuvo que conformarse con un mero proveedor de carácter amargo, restrictivo, severo y poco dado a los afectos.

Envidiaba a esos niños del parque que una tarde vio jugando con unos abuelos amorosos, divertidos y consentidores. Ella, en cambio, sólo conoció a una abuela que más bien parecía la bruja del cuento macabro en que se fue transformando su vida y del que era la protagonista que va menguando cada día un poco más y viendo cómo todo lo que anhela se va alejando del alcance de sus manos.

Envidiaba a otros adolescentes parecidos a ella, pero que no caminaban solos por la calle, sino riendo entre un grupo de amigos que alborotaban la calma de la tarde con ese ruido que produce la alegría, la confianza, la compañía.

Envidiaba… era tanto lo que envidiaba en los demás que no fue capaz de descubrir lo que tenía, lo que era, lo que todavía nadie le había arrebatado y le hubiera permitido ser un poco feliz. Al menos, tener el valor de intentarlo.

Laura se había convertido en un saco de envidia y un día se dio cuenta de ello. Decepcionada, lo llenó de piedras y lo tiró al río.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Viaje de trabajo




- ¿Qué te pasa, Manuel? Pareces preocupado.
- Sí, lo estoy. Las cosas con Maite no andan muy bien. Temo que me va a dejar.
- ¿Te ha dicho algo?
- No, pero la siento distante. A veces parece como si no nos conociéramos, como si no tuviéramos nada de qué hablar.
- Bueno, tal vez se sienta sola. Tu trabajo es muy absorbente, viajas demasiado… deberías intentar dedicarle más tiempo.
- Puede que tengas razón, pero no sé si servirá de mucho. Me da la sensación de que ya no le intereso.
- Pero, hombre, tienes que intentarlo. Siempre os habéis entendido muy bien. Seguro que tiene solución. ¿No tienes ahora un viaje a Colombia?
- Síiii, estoy deseando ir. Mira que he visitado países, pero créeme: en Colombia están las mujeres más guapas del mundo. Son impresionantes.
- Ya, ya, pero ¿por qué no invitas a Maite y vivís una segunda luna de miel, sin los niños?
- ¿Llevar a Maite a Colombia? Hombre, no jodas, no hay que llevar leña al monte.

lunes, 2 de diciembre de 2013

Cada vez más joven




Laura se había encariñado con aquel vestido. No había modo de convencerla de que se pusiera otra prenda; quería usarlo a todas horas, incluso para dormir si le dejaban hacerlo. Magdalena debía aprovechar las noches para meterlo en la lavadora y luego en la secadora, de modo que estuviese listo para la mañana siguiente.

Como los niños no saben lo que realmente supone ser mayor, nada hay que les atraiga más que hacerse grandes y a ese argumento tuvo que recurrir Magdalena para lograr que Laura se despidiese de su tan amado vestido.

- Ese no, mamá, me quiero poner mi vestido.
- Pero, cariño, te queda pequeño ya.
- No, me queda bien. ¡Quiero mi vestido! –protestaba Laura, a pesar de que apenas entraba en él.
- A ver, ¿cuántos años tienes?
- Cuatro.
- ¿Y qué pone aquí? –le preguntó Susana mostrándole la etiqueta.
- Dos.
- ¿Ves? Estás grande para este vestido, porque tienes cuatro años y éste es para niñas de sólo dos años.

Laura se quedó pensativa un rato y finalmente dejó que le pusieran otra ropa. Fue la última vez que preguntó por su vestido.

Unos días más tarde, Laura hablaba con su madre mientras ésta se estaba preparando para salir.

- Mamá, ¿cuántos años tienes?
- Cuarenta.
- A ver… –dijo mientras tomó el pantalón de su madre que reposaba sobre la cama y buscó su etiqueta--. Ah, sí, está bien.

Sí, era de talla 40, y Magdalena sonrió pensando en esa coincidencia. No hablaron más de las tallas y su correspondencia con la edad.

Fue casi dos años después, el día del cumpleaños de Magdalena, cuando Laura fue a despertarla llevándole el desayuno que había preparado con su padre. Mientras su madre tomaba el café, la niña comenzó a curiosear en su ropa.

- Mamá, ¿tienes 42 años?
- Así es, mi amor –y sonrió sorprendida por esa nueva casualidad.

Dos años más tarde, se repitió la escena. Era casi idéntica, salvo que la edad era ya 44 años, y la talla del pantalón también había subido a la 44. Magdalena ya no sonrió en esta ocasión, sino que pensó que esa progresión no podía mantenerse porque o se moría joven o no encontraría ropa de su talla y se convertiría en una vieja gorda y desnuda. Fue entonces cuando comenzó a cuidarse: alimentación más sana y el deporte que jamás había hecho.

Llegó así el día de su 46 cumpleaños. Despertó con un sonoro beso de Laura, que había saltado a la cama para darle el mayor de los abrazos.  

- Felicidades, mamá. ¿Cuántos años cumples?
- Uy, mejor ni preguntes, cariño. Son muchos ya.

Como a Laura no le gustaba quedarse sin respuestas, fue en busca de su fuente de información más fiable de los últimos años: la ropa de su madre. Miró la etiqueta y se volteó sorprendida:

- Mamá, ¿cumples otra vez 42 años?

Esta vez Magdalena sí sonrió con ganas. Empezaba a tentarle la idea de quitarse años, y tal vez bastaba con quitarse kilos. Y sin darse cuenta, se sentía cada vez más joven.

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PD: No sé si perder kilos ayuda, porque los años siguen aumentando. Como yo añado uno más a mi cuenta particular os invito a un trozo de tarta. Serviros y comed todos de ella.