Gracias, Claudia

jueves, 11 de diciembre de 2014

La traición de los ojos azules




- Dios mío! No me había fijado. ¡Tienes los ojos azules!

En cuanto escuchó esa frase, después de dos años casi viéndose a diario, supo que él ya no le gustaba.

Lo supo porque lo primero que pensó fue: “¿Será que ya no me dilata la pupila?”.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El banco



Salió en la prensa. En la prensa local, claro. Un banco había amanecido pintado de rojo rompiendo la monotonía gris de una calle de la gris localidad.

Hubo incluso debate entre vecinos y algún colaborador radial. De la radio local, claro. Las opiniones entre quienes creían que debería cundir el ejemplo para aportar algo de alegría al paisaje y quienes pensaban que era un atentado contra la estética común y tradicional de la villa.

Yo no dije nada. A mis años ya no vale la pena meterse en problemas. Sin embargo, mi sonrisa me delata desde el día del suceso. Porque me hace feliz saber que es nuestro secreto y que tú no lo contarás. Ojalá pudieras.

¿Lo recuerdas? Es nuestro banco.

En él me hablaste por primera vez. En él creamos el hábito de sentarnos cada día un rato para conversar, para conocernos más, incluso en silencio, para acompañarnos. En él nos atrevimos a besarnos sin escondernos, porque es cierto que sentíamos vergüenza, pero no culpa. Estábamos en nuestro derecho.

La tarde del día en que te enterramos fui a sentarme en nuestro banco. Estabas allí conmigo (sé que siempre me esperas allí). No sé si fue idea mía o si tú me la susurraste, pero decidí que lo haría esa misma noche. Por eso pinté de rojo el banco, igual que tú pusiste color al otoño de mi vida gris.

martes, 28 de octubre de 2014

Qué pena?




Hay un reloj que en la noche suena como pasos.
Hay una puerta que se abre sola, cuando le da la gana.
Hay también burbujas, de las de plástico, que suenan solas como si un niño las estuviese apretando.
Hay, claro, un gato gordo paseando pesado sobre el tejado al que no sé cómo subió de lo gordo que está.
Hay (me olvidaba) una pelotita rodando de repente sobre la mesa, lenta, un tramo corto.
Hay ruidos en la calle silenciosa, voces que parecieran sonar al oído, muy cerca.
Hay visitas que de pronto, con cara de sorpresa, o asombro, o susto, o diversión (que cada cual ve lo que ve como lo ve), preguntan: ¿Aquí penan?
¿Qué pena aquí?
¿Qué hay?
¿Será que hay miedo?

lunes, 13 de octubre de 2014

No resulta fácil



No estaba resultando fácil. No se habían separado por falta de amor. Amor sobraba, pero no habían sabido vivirlo bien, se confiaron demasiado, dieron por sentado que con amarse bastaba. Y no basta, sólo es un buen cimiento. Pronto descubrieron que convivir necesita de muchas otras habilidades. 

No estaba resultando fácil para ella. El día lo iba pasando con bastante entereza. El trabajo, la niña y la casa ocupaban su tiempo y distraían su atención. La pena hundía sus hombros, arrastraba sus pasos, pero se mantenía a raya sin entrar en el dominio de la consciencia. Hasta que llegaba la noche, el silencio, la nada. Y cuando la nada llegaba, ya en la cama, abrazaba ese cuerpo de tres años, y se dormía sintiendo su respiración pegada a su pecho. 

No estaba resultando fácil para él. El día lo iba pasando con bastante entereza. Había suficiente tensión y exigencia en el trabajo como para evitarle pensar en otra cosa. También tenía la pena sobre los hombros y amarrada a los pies, y se iba haciendo más pesada según avanzaban las horas, hasta alcanzar el nivel de insoportable al finalizar la jornada laboral. Empezaba entonces una larga agonía en la noche, en el silencio, en la nada. Y cuando la nada llegaba, ya en la cama, rellenaba ese vacío abrazando la almohada. Y se dormía. Con suerte, se dormía. 

domingo, 24 de agosto de 2014

Domingos y fiestas de guardar



Primero fue salir a correr (aunque correr, corría poco). Largos paseos, más largos en el tiempo que en el espacio, que le distanciaban por un rato de todo lo que lo ahogaba. Más bien, le permitían sentir cómo respiraba, pues generalmente no era ni consciente de hacerlo.

Al principio la familia lo esperaba. Cambiaron la misa de 10 por la de 11. Luego por la de 12, por la de la una y un día tuvieron que ir a la de tarde. Porque él no llegó hasta la hora de la comida. Le costó, pero aguantó. Y la familia decidió que allá él, si no quiere rezar que no rece, pero luego que no se queje.

Conquistada la mañana del domingo, comenzó a acortar los paseos. Se convirtió en normal salir a desayunar afuera. Compraba el periódico en el quiosco de la esquina (le gustaba ver que escribían su nombre a uno reservándoselo aunque siempre llegase temprano) y después encontraba libre siempre la misma mesa en la churrería de al lado. “Aquí está su chocolate mediano y sus tres churritos, don Manu”. Era Servando, el camarero, que colocaba sobre la mesa el pedido habitual mientras él se sentaba.
Luego veía por el ventanal cómo la familia pasaba por la esquina en dirección a la iglesia. Se levantaba, dejaba sobre el mostrador el precio de siempre con la propina de siempre y se iba a casa.

Mientras toda la familia estaba en misa, él se conectaba a Internet, curioseaba por aquí y por allá, coqueteaba con jóvenes y no tan jóvenes… fantaseaba más bien, sin intención de ir más allá. Al menos, sin valor. Pero el aire de libertad que respiraba le bastaba para otra semana.

Y, con suerte, se acercaba un festivo.

lunes, 11 de agosto de 2014

Ser (o siendo) uno mismo - El gerundio (y I)




¡Tanta weá dándole vueltas a la necesidad, a la voluntad y a la conveniencia de ser uno mismo sin ser capaz de dejar de serlo! Al final, todo se reduce a que si sabes que no puedes evitar ser quien eres, siéntete cómodo siéndolo.

Y no puedes dejar de serlo principalmente porque te niegas a renunciar a ser quien eres. Todos tenemos irrenunciables. E innegociables. E incluso imposibles. Entonces, ¿por qué preocuparnos en definir el ser en lugar de ser directamente? Déjalo vivir, ya se definirá solito, siendo tú mismo. Es la única manera de librarse de los imposibles, que no ayudan nada.

El único modo, también, de lograr que ser resulte interesante es siendo. Después, el camino se hace andando, y ya iremos decidiendo si introducimos modificaciones o no. Porque la vida no sólo cambia por los verbos que usamos en ella, sino sobre todo por el modo en que los usamos.

Ya lo dijo Cela, con todos sus qués: no es lo mismo estar dormido que durmiendo, como no es lo mismo estar jodido que jodiendo.

Pues eso, viviendo que es gerundio!!!

viernes, 4 de julio de 2014

El cuerpo acompaña - El g(j)erundio (II)




No sé por qué, escribí jerundio, con j. En realidad, escribí sólo jerun, porque lo encontré demasiado delgado y paré para corregir. Cambié a la g: gerun, y lo reconocí enseguida, porque el gerundio es gordito, lo llena todo en el momento. El único tiempo sobre el que tenemos control, que nos pertenece, es el presente y no se me ocurre nada más presente que el gerundio. Un siendo constante.

Eso da miedo. Puesto que es el único tiempo, la única vida sobre la que tenemos el poder de decidir. Y el deber también. Una gran responsabilidad que no siempre es fácil asumir.

Entonces disfrazamos los gerundios de participios, convirtiéndolos rápidamente en pasado para no tener nada que hacer; o los disfrazamos de infinitivo, empezamos a generalizar y diluimos la responsabilidad. 

Pal gerundio hay que echarle un par. Es grande, es potente, y sobre todo es tentador.

Está claro, ¿cómo voy a escribir jerundio? A fin de cuentas nuestro cuerpo no sólo habla de nosotros, es nosotros. Y nosotros somos sólo en el tiempo infinito que él dure. No existimos sin cuerpo, por eso nos revelamos tanto en él. Por eso importa cómo se escriben las palabras. Y cómo se dicen, también.

Y, claro, cómo se escuchan o se leen.

lunes, 16 de junio de 2014

La vida es generosa - El Jerundio (III)


Ilustración: "El estudio", de Fernando Botero


El Jerundio es un tipo enjuto, joven, pero ajado, jocosamente flaco. Jinete de oficio, porque como tal lo aprendió. “Naciste pa jinete”, le dijeron desde niño. Y aprendió, no quedaba otra, pues pa otra cosa no servía.

Así lo creyó, al menos, por mucho tiempo. Y como era así, pa qué cambiarlo. A fin de cuentas, era cómodo hacer lo que sabía hacer. No había pa qué arriesgar aprendiendo cosas nuevas. Pero las cosas nuevas llegan aunque no las busquemos.

Jerundio conoció a Generosa, no muy alta, hermosota, graciosa, la más grata compañía que hubiera podido imaginar. Claro que Jerundio, antes, no imaginaba gran cosa. O nada. Ella lo cambió todo.

Generosa, que en curvas hacía honor a su nombre y eso no pasaba desapercibido a los ojos de Jerundio, le descubrió la imaginación, y algo más riesgoso: los sueños.

Jerundio siguió siendo jinete de oficio, pero le dio vuelo a los sueños. Y como excusa para pasar más tiempo con Generosa, su principal y verdadera vocación, empezó a pintarla. Primero con los ojos, pronto con las manos y la lengua, y luego con el pincel.

Generosa lo miraba enamorada y le susurraba: “Naciste pa pintor”. Jerundio se mecía y estremecía en esas palabras, en esa voz. Le resultaban tan fáciles de creer!

Jerundio es el tipo enjuto, joven, pero ajado, jocosamente flaco que aparece en la fotografía del diario. Sobre ella, un titular: 

El campeón de salto Jerundio abre su primera 
exposición de pintura, “la Vida es Generosa”

domingo, 8 de junio de 2014

Pues anda que tú...!


Fotografía: Rodney Smith


Nos gustaba vacilarnos. Nuestra gran amistad se basaba en buena parte en que teníamos un sentido del humor similar. Nos gustaba pasar tiempo juntas, disfrutar de lo que nos rodeaba (un paisaje, un vino, una comida, una noche de juerga, un monumento, histórico o vivo…), y reírnos todo lo que pudiéramos.
Nuestras bromas, sin importar quién era la emisora y quién la receptora, terminaban igual, entre risas:
- Pero, ¡qué puta eres!
- Pues anda que tú…!


- ¿Margarita te contó?
- ¿El qué?
- En el comedor del colegio se sentó con unos niños que conoce poco y uno le dijo “Margarita, papa frita, tienes cara de tortuguita”. Al parecer, dos compañeros la defendieron y luego ella le comentó a uno de éstos: “Sé que no tienes buenas notas, pero yo por defenderme te doy un siete”.
- Bien, por lo que veo recuerda algo bueno de la experiencia. Vamos mejorando.
- Sí. Quise aconsejarle qué responder ante una situación así, pero no sé qué haría yo.
Nos quedamos pensando cómo reaccionaríamos ante una provocación así. Nos quedamos recordando cómo éramos de niños y meditando qué hemos aprendido desde entonces.
- Tranquilo, mañana hablaré con ella.


- Margarita, cariño, papá me contó lo que te ocurrió ayer en el comedor. ¿Cómo te sientes?
- Bien. Dos niños me defendieron. Fue muy bonito. Me hizo sentir bien.
- Me alegro mucho, mi amor. De todos modos, ¿puedo hacerte una sugerencia?
Margarita asintió, entre ansiosa por hallar un nuevo truco para protegerse y temerosa de “la nueva idea de mamá”.
- Cuando alguien te diga algo así, no te inmutes o sonríe, y respóndele: “Pues anda que tú!”.

viernes, 2 de mayo de 2014

Minúscula




Despierto y me descubro pequeña, muy pequeña, minúscula. Y me sorprende la ausencia de miedo a pesar de esta condición. Observo a mi alrededor, más bien miro hacia arriba para ver todo lo que me rodea. El mundo está ahí, lejos, alto, grande, hermoso…, disponible. No está físicamente a mi alcance, soy demasiado pequeña para llegar a él, y sin embargo lo percibo accesible. Más que poco tiempo atrás.

La angustia no ha venido hoy. Quizá haya hecho puente o esté enferma, el caso es que ni ha venido, ni avisó. No la extraño. Sin ella por aquí me permito disfrutar de mi pequeñez, de esta desconocida tranquilidad que me da la sensación de que mi tamaño se debe a un estado de reflexión pausada para decidir qué quiero, a dónde deseo ir, cuál es la próxima meta. Y también la sensación de que cuando lo tenga claro, sólo tendré que crecer, crecer y crecer hasta alcanzarlo. Un centímetro primero y otros después, paso a paso, observando y aprendiendo el proceso para cuando tenga que volver a menguar para tomar un nuevo impulso.

Despierto, me descubro pequeña y sonrío, porque reconozco una nueva emoción que nace de saber que el control sobre mi misma me pertenece, aunque todavía ignore cómo usarlo.

viernes, 18 de abril de 2014

La final




El doctor Patricio Díaz, que todavía no había logrado librarse del “dr. Pato” con el que todo el personal se refería a él, pidió consejo a su colega Francisco Larraín, quien además de un merecido prestigio profesional tenía una presencia imponente. Por eso nunca pasó por la etapa de ser el “dr. Pancho”.

- Dr. Larraín, me alegra que esté aquí –Patricio Díaz estrecha la mano de su compañero y continúa hablando mientras lo acompaña sin soltarlo hasta un asiento--. Verá, he descubierto un fenómeno interesante tras ver a varios pacientes. (Hoy la consulta estaba a tablero vuelto). Quiero investigarlo y me gustaría que me ayudara, porque además podría ser urgente y tal vez tengamos que avisar a las autoridades sanitarias.

El discurso con el que fue recibido logró despertar la curiosidad del anciano médico, quien escuchó al joven sin dejar de observar su despacho. Esbozó una leve sonrisa cuando sobre la mesa vio el diario abierto por la página que ofrecía la crónica del triunfo de Nadal sobre Djokovic en la final del Roland Garros.

- Me llamó la atención que el 90 por ciento de los pacientes que hoy he atendido son hombres que presentan un inmovilizante dolor en el cuello. A los primeros les diagnostiqué una simple tortícolis, pero temo que pueda tratarse de una infección, que si no detectamos a tiempo puede convertirse en epidemia.

- ¿Tienen algún otro rasgo en común además de ser hombres? A veces detalles como la edad, el rango socio-económico o la procedencia geográfica pueden dar pistas invalorables en una investigación médica.

- La verdad, no había caído en ello, pero tengo todavía aquí sus fichas. Veré qué coincidencias hay.

Francisco Larraín leyó de reojo los nombres en las fichas que Patricio Díaz esparcía en la mesa y volvió a sonreírse al darse cuenta de que conocía a la mayor parte de ellos.

- ¡Qué curioso! Tenía usted razón. Todos son vecinos de la misma comuna. Tal vez sea un caso de contaminación…

- Tal vez, sí… Eche otra ojeada, haga memoria y dígame ¿son todos empresarios y profesionales exitosos? Quiero decir, ¿tienen mucha plata?

- ¡Increíble! Sí, así es. Aparentemente a todos les va muy bien.

- Estimado dr. Pato, quédese tranquilo que no hay ninguna epidemia, pero siga así de curioso y aplicado y no tardará en tener su propia tortícolis –dijo entre risas Larraín mientras se levantaba de la silla para irse.

- No entiendo. ¿Usted ya sabe qué les pasa?

- ¡¡Pues claro que lo sé, hombre!! Los conozco a casi todos de mi barrio. Ayer fue la final de Roland Garros, como usted ya sabe –apostilló haciendo un gesto hacia el periódico sobre la mesa--, y a estos weones envidiosos les dio por comprarse un superplasma, de ésos que si Nadal lanza aquí, Djokovic le responde allá –afirmó paseando la mirada de una esquina de la sala a la esquina opuesta--. Así no hay cuello que resista.

Soltó una estruendosa carcajada, que Patricio Díaz interrumpió para preguntarle:

- Dr. Larraín, ¿y a usted no le gusta el tenis?

- ¡Por supuesto que me gusta! Pero yo me compré el superplasma el año pasado y este año decidí ver el torneo en la habitación de mi nana.

miércoles, 2 de abril de 2014

Alzar el vuelo


"Bird", de Arian



Echo de menos alzar el vuelo, borrar la parte de mi mente conectada a la rutina que como lastre impide cualquier movimiento de la imaginación. Cerrar los ojos y abrir las ventanas a las palabras que preciso, a las que se empeñan en jugar al escondite cuando no tengo espíritu lúdico.

Echo de menos alzar el vuelo, sumergirme en la risa que sana de tantos contratiempos, que de tan estúpidos no deberían ni afectarme. Cerrar los ojos para que sea la piel la que me cuente cómo es el mundo, para sentir de nuevo como aún recuerdo que puedo hacerlo.

Echo de menos alzar el vuelo, escapar de la realidad que de tan cercana pierde belleza, quizá por la presbicia que provoca sobrevivir día a día sin sueños, ni energía. Cerrar los ojos y flotar a una distancia prudente, o no, de este suelo tan ruidoso, poluto y enfermante.

Echo de menos alzar el vuelo, creer en la liviandad mientras dure la travesía, coquetear con ideas peregrinas y darles cuerpo. Cerrar los ojos y abrir los pulmones, desconectar esta respiración que parece artificial de tan mecánica y empaparme de aromas reales e imaginarios.

Echo de menos alzar el vuelo y olvidarme por un rato de mí.

domingo, 23 de marzo de 2014

Prepárate




Cuando lo vio al regresar al salón no podía dar crédito a sus ojos. Apenas había estado ausente unos minutos, los necesarios para cambiar su atuendo de mujer intelectual por el pijama de felpa, los calcetines de lana virgen y sus gastadas zapatillas.

La conversación en el taller de Literatura había sido muy interesante y estaba en su punto álgido cuando la profesora dijo que se terminaba el tiempo. Decidieron continuar la discusión fuera de clase y ella propuso ir a su casa, porque estaba cerca y porque no podía permitirse pagar una consumición en ningún pub de la zona.

Era evidente que él malinterpretó su invitación. En los pocos minutos que ella tardó en cambiarse de ropa él se había quitado la suya. Ella lo encontró sentado, desnudo, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos a lo largo del respaldo del sofá, un preservativo entre los dientes y una sonrisa lasciva en los ojos que a ella le pareció patética.

- Pero, ¿qué haces?

- ¿Cómo qué hago? Me dijiste que ibas a ponerte cómoda y que me preparara… ¿qué querías que hiciera?

- ¿Que yo dije que te prepararas? ¿Cuándo?

- Sí. Dijiste: “Voy a ponerme cómoda. Prepárate”. No hay muchas formas de interpretar esas palabras. ¿Qué querías que hiciera?

- Noooo. ¿Estás loco? Te dije té. Prepara té.

domingo, 16 de marzo de 2014

Campamento de verano




Javiera era el nombre de la cocinera jefe. Sólo con ese dato, Laura ya se la habría imaginado tal como era: grande, gruesa, con cara de hombre y semblante serio, aunque con cierto brillo de abuela en los ojos. Sería por ese rasgo que todos los niños que participaban en aquel campamento de verano acabaron encariñándose con Javiera a pesar de sus platos.

Laura nunca entendió por qué le llamaban campamento, si pasaron las dos semanas en las instalaciones de un colegio en un pueblo del que nunca antes había oído hablar, pero que nunca ha olvidado. Ni rastro de las tiendas de campaña que imaginaba cuando su madre le comunicó que la había inscrito en un campamento de verano que la tendría dos semanas fuera compartiendo con otros niños a los que no conocía. A pesar de sus once años, no puso en duda que fuera una buena idea.

Cuando llegó al punto de la ciudad del que saldría el autobús Laura observó a todos los niños que estaban despidiéndose felices de sus padres. Reparó en una niña, la única que estaba llorando, la única que tenía la piel más blanca que ella. La eligió como amiga. Se acercó y le dijo: “Yo tampoco conozco a nadie”. Esa frase fue suficiente.

La niña de piel transparente lloraba todo el tiempo. No había modo de animarla con ninguna actividad y Laura empezaba a arrepentirse de su elección. Pero ya entonces sabía, sin ser consciente, que debemos hacernos responsables de nuestras decisiones. Afortunadamente, dos días después los padres de su amiga vinieron a recogerla. Laura tuvo que hacer nuevas amistades y empezó a divertirse.


- Da gracias por los alimentos que vamos a recibir.

Fue Paulina quien, muerta de risa, dijo la frase cuando empezaban a cenar, quizá porque con los aperitivos volaron un par de botellas de vino. Y la mente de Laura viajó de forma instantánea a aquel pueblo leonés, a las cerezas robadas de los campos, al gélido río, a la piscina en la que aprendió a nadar cuando alguien la tiró al agua, a Javiera y su empanada de caldo, y a la frase que todos los niños del campamento debían decir al unísono antes de comer. Y sin darse cuenta, la dijo en voz alta:

- Señor, danos pan a los que tenemos hambre y hambre de ti a los que tenemos pan.

martes, 4 de marzo de 2014

En orden alfabético




Andrés bebía con chulesca displicencia en fondas grotescas, húmedas, inhóspitas. Jóvenes keniatas lo lloraban, mientras niños ñoños, ojerosos, pedíanle que repusiera su teatro: un visceral western, xenófobo y zafio.

domingo, 23 de febrero de 2014

La pena




Me acuesto y cierro los ojos en mi rutina de recorrer mentalmente cada rincón de mi cuerpo. Inicio el viaje por lo más fácil, los músculos, ordenándoles relajarse en orden ascendente desde la punta de los pies. A la altura de los hombros me cuesta un poco, están demasiado contraídos y se empeñan en desobedecer. Superado el obstáculo, sigo con el cuello y la cabeza. Cuando ésta se deja ir siento como si desapareciera.

Me concentro entonces en mis órganos. Los intestinos y el estómago se empujan por hacerse notar en primer lugar, ávidos de expresar sus quejas por la cena. No sé por qué no se acostumbran de una vez, a fin de cuentas son demasiados años ya con una alimentación desordenada y que no entra en el capítulo de saludable.

Riñones, hígado, pulmones (un poco achacosos, pero resistentes), corazón, cerebro… aparentemente todo está en orden así que acompaño ahora a la sangre que, fruto de la relajación, circula más lenta de lo habitual por mis venas. Es agradable sentirlo; es como ir tumbada en una balsa que se deja llevar en un río de aguas tranquilas.

De repente la calma desaparece empujada por un torrente de pena que irrumpe y se cuela en las venas para llegar directa al corazón, apresándolo y apretándolo en su fuerte puño. Es una pena densa, intensa, inmensa y oscura, de origen desconocido y que llega sin avisar. Sin dar tiempo a nada lo llena todo y oprime mi pecho impidiéndome respirar.

Envía un emisario a mis ojos, inundándolos y desbordándolos de lágrimas, que salen a borbotones, mojan mis mejillas y vuelven a entrar en mí por la boca y las orejas. Son saladas, como dicen que son las lágrimas según van acumulando más tristeza.

Y la pena, traidora, me posee aprovechando la laxitud de mi cuerpo, se apodera de mí y me borra. Apenas me queda un leve recuerdo de mí.

jueves, 13 de febrero de 2014

El jardín feliz




A Catalina Errázuriz le faltaba algo para ser completamente feliz. Ocupaba un lugar destacado en la alta sociedad santiaguina y disfrutaba de una intensa vida social, gracias fundamentalmente a su apellido vinoso y a una cuantiosa herencia familiar. No había acto cultural o fiesta que se preciase que no contara con su presencia. Soltera porque ella así lo quiso, de firmes principios religiosos, hacía gala de un magnífico sentido del humor que animaba cualquier reunión.

Doña Cata, que era como todo el mundo la llamaba, residía en una mansión que había sido de sus padres y antes de sus abuelos y bisabuelos. Debido al crecimiento de la ciudad, la casa rodeada de un extenso terreno que había sido construida en las afueras estaba ahora en pleno centro urbano, y frente a su fachada pasaban a diario cientos de personas que se sorprendían al comprobar cómo, a pesar de la acomodada situación económica de la propietaria de la finca, ésta lucía un jardín descuidado.

Ese comentario generalizado apenaba a Catalina Errázuriz, quien pese a sus esfuerzos no había encontrado ningún jardinero que lograra resolver el problema que le impedía ser totalmente feliz.

Fue Francisca Gutiérrez, Keka, una mujer recién llegada al entorno de Catalina Errázuriz, y que según los rumores había ascendido socialmente por su buena relación con los hombres más ricos del país y por un oportuno matrimonio con un anciano adinerado meses antes de que éste falleciera, quien le habló de una nueva empresa: “El jardín feliz”.

- Puede estar usted segura, doña Cata, que si ellos no pueden arreglarle el jardín, nadie podrá hacerlo.

Fabián visitó la propiedad antes de aceptar el trabajo y causó muy buena impresión a doña Cata, pues le pareció serio y responsable, además de muy atractivo. Una semana después observaba desde el balcón de su habitación cómo el joven de sudoroso torso desnudo se esmeraba por revivir las plantas agónicas del antejardín.

- Caserita –le gritó Fabián-, le voy a tener que fumigarle el bambú, que se está muriendo por la peste. ¿Le parece bien?

- Fumígueme lo que usted quiera, mijito, pero déjeme bonito el jardín.  

Fabián no pudo esconder su sonrisa pícara y entendió que no encontraría mejor momento para exponer a su jefa el método de trabajo que tan buenos resultados le estaba dando a la empresa que lo contrató. Jardinero por vocación, explicó a doña Cata que no bastaba con cavar, abonar, podar o fumigar para resucitar las plantas.

- Caserita, las flores y los árboles de su jardín se alimentan de usted, de su alegría, pero la de verdad, la que va por dentro. Déjeme arreglarla, mi yeina, y le aseguro que el jardín revivirá solito.

- Me pongo en sus manos.

Catalina Errázuriz dijo esas palabras sin pensarlas, dictadas por un instinto que hasta ese momento siempre había mantenido bajo control. Y literalmente se puso en las manos del jardinero, quien le demostró su excelente profesionalidad.

Sabido es que las plantas crecen mejor y más bellas con música. Así lo hicieron las de doña Cata, que desde que contrató los servicios de “El jardín feliz” pasa los días cantando en su casa y redujo drásticamente su vida social.

En las fiestas a las que ya no acude, la ausencia de doña Cata es un tema de conversación inevitable. Todos preguntan a Keka Gutiérrez, la nueva mejor amiga de Catalina Errázuriz y ahora centro de las reuniones, quien responde siempre con una sonrisa y un “tranquilos, ella está bien; está completamente feliz”.

jueves, 6 de febrero de 2014

Interpretaciones




- Hoy tendremos una clase diferente.

Todos sabían que cuando Isabel hacía ese anuncio, la clase de Literatura sería aún más entretenida de lo que ella ya sabía hacerla habitualmente. En el fondo, su frase significaba simplemente que ese día se saldrían del programa establecido.

- Leeremos y analizaremos un texto de un autor desconocido. Bueno, no tanto, porque es un relato de uno de vosotros, aunque no diré quién.

Laura intuyó que se trataba de un cuento que había escrito y entregado a su profesora para conocer su opinión y sus consejos. A fin de cuentas, ella le transmitió el verdadero placer de la lectura y el gusanillo de la escritura.

No se equivocaba. En cuanto Isabel comenzó a leer reconoció el cuento que daba menos miedo del que Laura intentó transmitir y que tenía un final más previsible de lo que hubiera deseado. Cubrió con las manos el rostro para disimular su sonrojo y fue escurriéndose en la silla hasta casi desaparecer debajo del pupitre.

Los comentarios de sus compañeros a la forma fueron bastante benignos. Sin embargo, sus interpretaciones sobre lo que escondía el texto, sobre el mensaje que quería transmitir, sí sorprendieron a Laura. La relación con su padre, cómo se integraba en la sociedad, alguna supuesta denuncia social, la frustración, el deseo… una retahíla de temas en los que ella por supuesto ni había pensado cuando escribía el cuento, que no tenía muchas más pretensiones que entretener y, si fuera posible, sorprender.

Al finalizar la clase, Isabel le pidió que se quedara un momento para conversar.

- ¿Qué te pareció la experiencia, Laura? ¿Por qué esa cara?

- Estoy un poco decepcionada. Yo no quería transmitir nada de lo que han comentado, y aunque algunas ideas sí me reflejan, otras no tienen nada que ver conmigo. Parece que no supe hacerlo bien.

- Tienes que tener presentes dos cosas. La primera es que dejamos en nuestros textos más de nosotros mismos de lo que creemos y queremos. Y, en segundo lugar, que un relato sólo te pertenece mientras lo escribes, porque cada vez que alguien lo lee lo hace suyo y lo interpreta desde su propia experiencia. Al final, hay tantos relatos diferentes como lectores.

sábado, 11 de enero de 2014

La frontera




Los pasajeros del autocar miraban con cierta resignación a esa niña despierta y animada que aquel 1 de agosto de 1974 emprendía feliz un largo viaje, mucho más largo de lo que su mente infantil podía comprender. Un viaje sólo de ida, de cambio, de nuevas promesas, pero también de abandono de su propia infancia.

Su madre la observaba con los ojos llenos de agradecimiento, al tiempo que le consentía que corretease por el estrecho pasillo y saludase a los viajeros presentándose alegremente.

- Hola, soy Laura. Me voy a vivir a España. Allí tengo una casa grande y tendré una habitación sólo para mí.

Atrás dejaban Laura y su familia una portería minúscula en lo que fue un palacio un par de siglos atrás, pero que se había convertido en un edificio de lujosos y caros apartamentos en un céntrico barrio de París. Una portería que era un pequeño local que servía como cocina, comedor y sala de estar, sobre la que se había creado una habitación en un segundo piso de techo muy bajo en la que dormían sus padres, su hermano y ella.

- Hola, soy Laura. Me voy a vivir a España. Allí tengo una casa grande y tendré una habitación sólo para mí –repetía de asiento en asiento.

Su madre la observaba cansada, porque mudarse de un país a otro requiere demasiado esfuerzo y preocupación, pero agradecida porque la alegría de Laura le facilitaba el trámite final, el viaje, ese tránsito definitivo entre una vida conocida y otra nueva por explorar.

Por eso permitió que jugase, aún a riesgo de que molestase a los otros emigrantes que, de vacaciones, se dirigían a un reencuentro con los suyos, para luego volver a ese exilio al que los empujó la pobreza. Todos albergaban en su corazón el sueño del retorno y lejos de incomodarse con la euforia de Laura, la comprendían, la felicitaban y la animaban a disfrutar esa nueva aventura.

Con esa alegría contagiosa transcurrió la primera mitad del trayecto, que finalizaba en la frontera. Laura conocía el procedimiento: unos agentes subían al autobús para controlar todos los pasaportes y elegían maletas al azar para examinar su contenido. Pero esta vez fue diferente.

Finalizado este trámite, el autocar retomaba su marcha ahora ya en España. Laura, que continuaba despierta a pesar de haber pasado ya la medianoche, cambió repentinamente de ánimo y comenzó a llorar desconsoladamente corriendo a los brazos de su madre.

- Mamá, no me quiero ir. Quiero volver a París. Quiero volver. Por favor, mamá, no me quiero ir.

Y lloró e imploró hasta quedarse dormida de agotamiento. Porque Laura no estaba retornando. Había nacido lejos de la tierra de sus padres, en otro país, en el que vivía en un espacio humilde, pero en el que había tenido una infancia feliz y amigos a los que no volvería a ver. Y comprendió de repente, con sólo siete años, que una casa grande y una habitación propia no podrían llenar ese vacío.