Gracias, Claudia

domingo, 23 de marzo de 2014

Prepárate




Cuando lo vio al regresar al salón no podía dar crédito a sus ojos. Apenas había estado ausente unos minutos, los necesarios para cambiar su atuendo de mujer intelectual por el pijama de felpa, los calcetines de lana virgen y sus gastadas zapatillas.

La conversación en el taller de Literatura había sido muy interesante y estaba en su punto álgido cuando la profesora dijo que se terminaba el tiempo. Decidieron continuar la discusión fuera de clase y ella propuso ir a su casa, porque estaba cerca y porque no podía permitirse pagar una consumición en ningún pub de la zona.

Era evidente que él malinterpretó su invitación. En los pocos minutos que ella tardó en cambiarse de ropa él se había quitado la suya. Ella lo encontró sentado, desnudo, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos a lo largo del respaldo del sofá, un preservativo entre los dientes y una sonrisa lasciva en los ojos que a ella le pareció patética.

- Pero, ¿qué haces?

- ¿Cómo qué hago? Me dijiste que ibas a ponerte cómoda y que me preparara… ¿qué querías que hiciera?

- ¿Que yo dije que te prepararas? ¿Cuándo?

- Sí. Dijiste: “Voy a ponerme cómoda. Prepárate”. No hay muchas formas de interpretar esas palabras. ¿Qué querías que hiciera?

- Noooo. ¿Estás loco? Te dije té. Prepara té.

domingo, 16 de marzo de 2014

Campamento de verano




Javiera era el nombre de la cocinera jefe. Sólo con ese dato, Laura ya se la habría imaginado tal como era: grande, gruesa, con cara de hombre y semblante serio, aunque con cierto brillo de abuela en los ojos. Sería por ese rasgo que todos los niños que participaban en aquel campamento de verano acabaron encariñándose con Javiera a pesar de sus platos.

Laura nunca entendió por qué le llamaban campamento, si pasaron las dos semanas en las instalaciones de un colegio en un pueblo del que nunca antes había oído hablar, pero que nunca ha olvidado. Ni rastro de las tiendas de campaña que imaginaba cuando su madre le comunicó que la había inscrito en un campamento de verano que la tendría dos semanas fuera compartiendo con otros niños a los que no conocía. A pesar de sus once años, no puso en duda que fuera una buena idea.

Cuando llegó al punto de la ciudad del que saldría el autobús Laura observó a todos los niños que estaban despidiéndose felices de sus padres. Reparó en una niña, la única que estaba llorando, la única que tenía la piel más blanca que ella. La eligió como amiga. Se acercó y le dijo: “Yo tampoco conozco a nadie”. Esa frase fue suficiente.

La niña de piel transparente lloraba todo el tiempo. No había modo de animarla con ninguna actividad y Laura empezaba a arrepentirse de su elección. Pero ya entonces sabía, sin ser consciente, que debemos hacernos responsables de nuestras decisiones. Afortunadamente, dos días después los padres de su amiga vinieron a recogerla. Laura tuvo que hacer nuevas amistades y empezó a divertirse.


- Da gracias por los alimentos que vamos a recibir.

Fue Paulina quien, muerta de risa, dijo la frase cuando empezaban a cenar, quizá porque con los aperitivos volaron un par de botellas de vino. Y la mente de Laura viajó de forma instantánea a aquel pueblo leonés, a las cerezas robadas de los campos, al gélido río, a la piscina en la que aprendió a nadar cuando alguien la tiró al agua, a Javiera y su empanada de caldo, y a la frase que todos los niños del campamento debían decir al unísono antes de comer. Y sin darse cuenta, la dijo en voz alta:

- Señor, danos pan a los que tenemos hambre y hambre de ti a los que tenemos pan.

martes, 4 de marzo de 2014

En orden alfabético




Andrés bebía con chulesca displicencia en fondas grotescas, húmedas, inhóspitas. Jóvenes keniatas lo lloraban, mientras niños ñoños, ojerosos, pedíanle que repusiera su teatro: un visceral western, xenófobo y zafio.