Gracias, Claudia

sábado, 11 de enero de 2014

La frontera




Los pasajeros del autocar miraban con cierta resignación a esa niña despierta y animada que aquel 1 de agosto de 1974 emprendía feliz un largo viaje, mucho más largo de lo que su mente infantil podía comprender. Un viaje sólo de ida, de cambio, de nuevas promesas, pero también de abandono de su propia infancia.

Su madre la observaba con los ojos llenos de agradecimiento, al tiempo que le consentía que corretease por el estrecho pasillo y saludase a los viajeros presentándose alegremente.

- Hola, soy Laura. Me voy a vivir a España. Allí tengo una casa grande y tendré una habitación sólo para mí.

Atrás dejaban Laura y su familia una portería minúscula en lo que fue un palacio un par de siglos atrás, pero que se había convertido en un edificio de lujosos y caros apartamentos en un céntrico barrio de París. Una portería que era un pequeño local que servía como cocina, comedor y sala de estar, sobre la que se había creado una habitación en un segundo piso de techo muy bajo en la que dormían sus padres, su hermano y ella.

- Hola, soy Laura. Me voy a vivir a España. Allí tengo una casa grande y tendré una habitación sólo para mí –repetía de asiento en asiento.

Su madre la observaba cansada, porque mudarse de un país a otro requiere demasiado esfuerzo y preocupación, pero agradecida porque la alegría de Laura le facilitaba el trámite final, el viaje, ese tránsito definitivo entre una vida conocida y otra nueva por explorar.

Por eso permitió que jugase, aún a riesgo de que molestase a los otros emigrantes que, de vacaciones, se dirigían a un reencuentro con los suyos, para luego volver a ese exilio al que los empujó la pobreza. Todos albergaban en su corazón el sueño del retorno y lejos de incomodarse con la euforia de Laura, la comprendían, la felicitaban y la animaban a disfrutar esa nueva aventura.

Con esa alegría contagiosa transcurrió la primera mitad del trayecto, que finalizaba en la frontera. Laura conocía el procedimiento: unos agentes subían al autobús para controlar todos los pasaportes y elegían maletas al azar para examinar su contenido. Pero esta vez fue diferente.

Finalizado este trámite, el autocar retomaba su marcha ahora ya en España. Laura, que continuaba despierta a pesar de haber pasado ya la medianoche, cambió repentinamente de ánimo y comenzó a llorar desconsoladamente corriendo a los brazos de su madre.

- Mamá, no me quiero ir. Quiero volver a París. Quiero volver. Por favor, mamá, no me quiero ir.

Y lloró e imploró hasta quedarse dormida de agotamiento. Porque Laura no estaba retornando. Había nacido lejos de la tierra de sus padres, en otro país, en el que vivía en un espacio humilde, pero en el que había tenido una infancia feliz y amigos a los que no volvería a ver. Y comprendió de repente, con sólo siete años, que una casa grande y una habitación propia no podrían llenar ese vacío.