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viernes, 13 de septiembre de 2019

Dulce condena (encadenada)




Querría empezar por el color de tus pupilas
pero me borro cuando me asomo a tus ojos
y al vértigo que siento si desvías la mirada.
Me aferro, me sumerjo, me pierdo en ella
y a través de ella, me encuentro de nuevo.

Querría empezar por el tacto de tu caricia
y de como inconscientes tus dedos erizan mi piel 
El repiqueteo de tus yemas tocando mis notas
deslizándose, afinando y tocándome siempre bien.
Eres luthier de mi cuerpo templando mis cuerdas,
y la repentización del pentagrama vacío de nuestra existencia...

Querría empezar por donde sea (que sea) tuyo
que delimite en tiempo y espacio lo que (sea que) quieras darme
que me condene a encadenarme de manera perpetua
a esta (tuya) dulce condena.

                                Alís y Laura

viernes, 18 de abril de 2014

La final




El doctor Patricio Díaz, que todavía no había logrado librarse del “dr. Pato” con el que todo el personal se refería a él, pidió consejo a su colega Francisco Larraín, quien además de un merecido prestigio profesional tenía una presencia imponente. Por eso nunca pasó por la etapa de ser el “dr. Pancho”.

- Dr. Larraín, me alegra que esté aquí –Patricio Díaz estrecha la mano de su compañero y continúa hablando mientras lo acompaña sin soltarlo hasta un asiento--. Verá, he descubierto un fenómeno interesante tras ver a varios pacientes. (Hoy la consulta estaba a tablero vuelto). Quiero investigarlo y me gustaría que me ayudara, porque además podría ser urgente y tal vez tengamos que avisar a las autoridades sanitarias.

El discurso con el que fue recibido logró despertar la curiosidad del anciano médico, quien escuchó al joven sin dejar de observar su despacho. Esbozó una leve sonrisa cuando sobre la mesa vio el diario abierto por la página que ofrecía la crónica del triunfo de Nadal sobre Djokovic en la final del Roland Garros.

- Me llamó la atención que el 90 por ciento de los pacientes que hoy he atendido son hombres que presentan un inmovilizante dolor en el cuello. A los primeros les diagnostiqué una simple tortícolis, pero temo que pueda tratarse de una infección, que si no detectamos a tiempo puede convertirse en epidemia.

- ¿Tienen algún otro rasgo en común además de ser hombres? A veces detalles como la edad, el rango socio-económico o la procedencia geográfica pueden dar pistas invalorables en una investigación médica.

- La verdad, no había caído en ello, pero tengo todavía aquí sus fichas. Veré qué coincidencias hay.

Francisco Larraín leyó de reojo los nombres en las fichas que Patricio Díaz esparcía en la mesa y volvió a sonreírse al darse cuenta de que conocía a la mayor parte de ellos.

- ¡Qué curioso! Tenía usted razón. Todos son vecinos de la misma comuna. Tal vez sea un caso de contaminación…

- Tal vez, sí… Eche otra ojeada, haga memoria y dígame ¿son todos empresarios y profesionales exitosos? Quiero decir, ¿tienen mucha plata?

- ¡Increíble! Sí, así es. Aparentemente a todos les va muy bien.

- Estimado dr. Pato, quédese tranquilo que no hay ninguna epidemia, pero siga así de curioso y aplicado y no tardará en tener su propia tortícolis –dijo entre risas Larraín mientras se levantaba de la silla para irse.

- No entiendo. ¿Usted ya sabe qué les pasa?

- ¡¡Pues claro que lo sé, hombre!! Los conozco a casi todos de mi barrio. Ayer fue la final de Roland Garros, como usted ya sabe –apostilló haciendo un gesto hacia el periódico sobre la mesa--, y a estos weones envidiosos les dio por comprarse un superplasma, de ésos que si Nadal lanza aquí, Djokovic le responde allá –afirmó paseando la mirada de una esquina de la sala a la esquina opuesta--. Así no hay cuello que resista.

Soltó una estruendosa carcajada, que Patricio Díaz interrumpió para preguntarle:

- Dr. Larraín, ¿y a usted no le gusta el tenis?

- ¡Por supuesto que me gusta! Pero yo me compré el superplasma el año pasado y este año decidí ver el torneo en la habitación de mi nana.

jueves, 28 de enero de 2010

Venta de garaje




-- Sabes que no me gusta verte así, tirado en ese sillón, bebiendo cerveza y mirando sin ver la tele. Antes eras más activo, hacías ejercicio… Ambos hemos sufrido, pero debemos seguir adelante.

Jack ya no escuchaba a su mujer. Era el discurso de siempre. Ni siquiera se paraba para repetírselo una y otra vez. Dora hablaba mientras iba de un lado a otro de la casa ordenando, cambiando las cosas de lugar o haciendo a saber qué, porque él tampoco se interesaba en averiguarlo.

Aquella tarde, sin embargo, se despertó diferente de la siesta. Dora había salido el fin de semana a casa de su hermana, a una reunión familiar a la que él se había negado a asistir. Prefería quedarse a hacer lo mismo de siempre: nada. Pero despertó con ganas de hacer algo.

Y casi sin pensarlo se dirigió al trastero, donde tenía guardada su bicicleta desde el día que su hijo falleció en un accidente. Su mujer había intentando varias veces que la tirara o la regalara, decía que le bastaba con que una bicicleta le hubiera arrebatado a un ser querido y no quería que él corriera la misma suerte. Y Jack consentía, a pesar de que siempre le había gustado dar sus paseos, pensar y ordenar sus ideas entre pedaleo y pedaleo.

La limpió, salió con ella a la calle y también sin casi darse cuenta estaba sobre su bicicleta recorriendo las calles de su barrio, una zona residencial tranquila, de casas con jardín de las que llegaban gritos de niños chapoteando en piscinas, aromas de asados entre risas y, sobre todo, silencio.

Llevaba sólo treinta minutos de paseo cuando vio que en una casa de una calle vecina se estaba realizando una venta de garaje. No le gustaba esa práctica, le entristecía. Siempre pensó que venta de garaje es sinónimo de adiós. Se hacen cuando alguien se va o cuando alguien se ha muerto.

Su intención era pasar de largo, pero tuvo que detenerse porque le impedían el paso la multitud de personas que salían con algo en las manos. Mientras esperaba echó un vistazo a los objetos expuestos en el jardín abierto al público esa tarde. “¿Cómo alguien puede pagar tanto por algo usado?”, pensaba observando los precios de algunas cosas, como vajillas, cuadros que le parecieron horribles, floreros, copas… Hasta que reparó en un sofá, en buen estado, con aspecto de ser muy confortable.

Le llamó tanto la atención que aparcó su bicicleta y buscó a la dueña de la casa para preguntarle si el precio que marcaba el sofá era real o si se había equivocado.

--Sí, ése es el precio. Me interesa venderlo pronto, me ocupa demasiado espacio. ¿Le interesa? Mi hijo se lo puede llevar a su casa en la furgoneta, si lo desea.

Aceptó sin ser muy consciente de lo que hacía, como hipnotizado. En tan sólo dos horas ya le había hecho un espacio en su sala de estar, lo había recibido y ya estaba echado sobre él. Quizá fue el cansancio que le causó su paseo en bicicleta después de tanto tiempo sin hacer ejercicio, pero en cuanto se tumbó en el nuevo sofá le entró una sensación de bienestar que hacía mucho no sentía. Incluso le pareció oler el perfume de su primera novia. Le sorprendió acordarse de ese aroma tantos años después y absorto en él se quedó dormido.

Y se sumergió en un agradable sueño, de besos y caricias inocentes con la mujer, muchacha todavía, que le descubrió qué era el amor. Cuando despertó habían pasado unas tres horas y tuvo que mirarse para ser consciente de quién era, porque al abrir los ojos se pensaba aquel adolescente enamorado.

Cuando su esposa regresó de su fin de semana familiar se enojó con él. Había tirado el sillón en el que tanto le molestaba verlo, pero a cambio había traído un sofá que ocupaba más espacio, que no le gustaba “porque no hace juego con el resto de los muebles” y porque Jack parecía haberse quedado pegado en él.

De hecho, no volvió a dormir en la cama matrimonial. Pasaba las noches en ese sofá que, no sabía por qué, siempre le regalaba sueños eróticos, cada vez más. ¿Cómo podría explicarle a Dora, con la que no había vuelto a tener relaciones sexuales desde que falleció el hijo de ambos, que le producía más placer un sofá que su compañía? ¿Como podría explicar a nadie, sin que lo tomaran por loco, que desde que tenía ese mueble en su casa se sentía plenamente satisfecho?

Pensaba en ello una noche cuando, al posar la mano sobre la parte curva del asiento, sintió el tacto de un muslo entre sus dedos. Un muslo tembloroso, ansioso, que se abría para facilitarle el camino a un sexo de mujer húmedo, palpitante y deseoso de recibirlo. Fue el sueño más ardiente que había tenido hasta ese momento. La mujer, una amante que había tenido en una época de crisis en su matrimonio, era puro fuego, puro sexo.

En su sueño, ella no dejó ni un solo rincón de su anatomía sin recorrer con sus labios, hasta que llegó a su sexo tan erecto que parecía a punto de vaciarse. El corazón latía a mil por hora por el placer que esos labios le estaban proporcionando. Corazón y sexo a punto de estallar… estallando en una eyaculación mortal.


Dora decidió dejar la casa. Se buscaría un piso más pequeño en donde rehacer su vida sola, alejada de tantos recuerdos dolorosos. Esperaba reunir una buena cantidad de dinero con la venta de garaje que había organizado. No quería llevarse consigo ningún objeto que le recordase su vida anterior. Y estaba vendiendo todo con bastante facilidad, excepto el sofá, que parecía invisible.

Hasta que un hombre que pasaba distraído por la calle reparó en él y le preguntó:

--¿Ése es el precio real del sofá?

--Sí, es que me interesa venderlo pronto. Me ocupa demasiado espacio. ¿Le interesa?