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jueves, 15 de julio de 2010

Epílogo


Fotografía: Andrewthecook


Terminó el Mundial (por fin) y en Suráfrica se han quedado con un auténtico problema de orden público, ecológico y económico. No se trata ya de saber qué harán con tanto estadio nuevo, sino algo más inesperado cuando se inició el campeonato: el boom de las vuvuzelas. Millones de trompetas plásticas permanecen en el país sin un destino determinado.

Lo primero que idearon fue organizar una campaña similar a las que se hacen tras las navidades para recoger arbolitos. Ello con la intención de evitar el abandono de las cornetas en las calles y parques de las distintas ciudades. Pero ¿y una vez recogidas?

Convocados por las máximas autoridades, personalidades de distintos ámbitos se reunieron para una tormenta de ideas.

-Hagamos una asociación del tipo "Vuvuzelas sin fronteras" y distribuyámoslas por los países del tercer mundo -dijo un experto creador de ONGs-. No lograremos eliminarlas, pero al menos estarán repartidas.

-Eso sería una ofensa. ¿Cómo gastar tantos millones para distribuir cornetas a países que necesitan comida, medicinas, material...? -protestó ofendido el artista-. Lo mejor sería fundir todas y construir una vuvuzela gigante como símbolo de este exitoso mundial...

-¡Pero si son de plástico! -le cortó el ministro de Medio Ambiente-. Ese proyecto es absurdo.

-¿Y si los usamos como conos señalizadores en las carreteras? -preguntó el director general de Tráfico. Ni siquiera le escucharon.

-Podríamos ver el modo de construir viviendas con ellas y quitamos las chabolas de madera en los suburbios... -propuso un alto directivo del Ministerio de Vivienda.

-Claro, quitamos las chabolas de madera para poner chabolas de plástico... qué inteligente... -ironizó otra voz asistente al encuentro.

-Y ni siquiera podemos venderlas como el recuerdo más representativo del Mundial, porque a última hora un pulpo le restó todo el protagonismo -lamentó el representante de Turismo.

Horas y horas duró esta reunión en la que no se logró una idea que convenciese a todos los asistentes.

Al día siguiente, todos los medios de comunicación publicaron un anuncio institucional en el que se solicitaban ideas.

¿Cuál es la tuya?

lunes, 12 de julio de 2010

Ritual gastronómico


Fotografía: Loreto López Baltar


Cada vez que viajaba a Galicia (todos los años) tenía una cita gastronómica ineludible, un ritual casi, un reencuentro con sus sabores primigenios al que no podía renunciar, ni quería, porque pasaba el resto del año esperando ese momento.

En los primeros días de su estancia en su tierra, de la que llevaba mucho tiempo alejada, acudía siempre al mismo local a comer una o dos raciones de pulpo "á feira". Allí la conocían, a pesar de que sólo iba una o dos veces al año y de que tenían mucha clientela. Demasiada, pensaba cada vez que tenía que llamar con varios días de antelación para hacer una reserva. Llegar sin avisar era absurdo, porque siempre estaban todas las mesas ocupadas y la barra llena de comensales esperando su turno.

Este año se sorprendió cuando al llamar a su "pulpeira" favorita le dijeron que podía ir ese mismo día si lo deseaba. Pensó que no era buena señal, que quizá habían cambiado de dueño y había bajado la calidad del producto, pero era tanto su deseo de degustar su plato favorito que por supuesto aceptó y prefirió pensar que quizá alguien había anulado su reserva y ella había tenido la suerte de telefonear justo después.

Por la noche, después de reunirse con los dos amigos que participaban con ella de ese rito, llegó al establecimiento y no pudo dar crédito a lo que vio. La recibieron las mismas personas de siempre, lo que la alivió, pues se sabía en buenas manos, aunque tenían el rostro afligido, de preocupación. El restaurante estaba totalmente vacío (por primera vez en su vida podían elegir la mesa que quisieran).

Si la atención siempre había sido buena, en esta ocasión fue de lujo. Tanto las dos raciones que pidieron como la tercera extra que les llevaron como obsequio de la casa estuvieron más exquisitas que nunca. Con el café también les invitaron a unas copas. No comprendía qué ocurría, por qué tan vacío el local, pero estaba disfrutando tanto que no quiso romper la magia del momento. Sólo pensó que quizá la crisis económica era más grave de lo que ella imaginaba.

El camarero estuvo encantador y absolutamente pendiente de ellos; sólo se distraía para dar los últimos retoques a un cartel que estaba pegando en la puerta cuando ellos salieron. Al sentirse observado, les comentó: "Según fue avanzando el Mundial, el número de clientes fue bajando de forma considerable. Pero desde que el domingo España ganó, las únicas llamadas que recibimos fueron para anular las reservas hechas con anterioridad". Los tres miraron la cartulina y pudieron leer:

"Ninguno de los pulpos que cocinamos en este local tiene parentesco o relación alguna con el pulpo Paul".

jueves, 8 de julio de 2010

Sin afición




Nunca le gustó el fútbol. Ni siquiera el Mundial le despertaba la más mínima afición. Vivía totalmente ajena a lo que estaba ocurriendo en el campeonato, por eso cuando tomó aquel taxi ignoraba que la selección de su país estaba jugando la semifinal.

Claro, una vez en el auto no tardó en enterarse. El taxista hizo una mueca desagradable cuando la vio entrar en el coche y apenas le dedicó unos segundos para escuchar a qué dirección quería dirigirse. Ella dudaba de que se hubiera enterado realmente. La radio retransmitía, a un volumen más alto de lo recomendado y por supuesto más de lo deseable, un aparentemente infartante partido de fútbol. El equipo dominaba, pero todavía se mantenía el empate a cero goles.

Un "uuuuyyyyy" tras otro fue lo único que escuchó del chófer, que aunque parecía conducir de manera autómata, al menos iba en la dirección correcta. Ella ponía malas caras con la esperanza de que él la viese por el espejo retrovisor y, al menos, bajase un poco el volumen de la radio. Pero pronto se dio cuenta de que no lo conseguiría y comprendió que bastante lo había incordiado obligándole a hacer una carrera en medio del partido. Aunque la culpa era suya por ponerse a escuchar el encuentro en la parada de taxis.

De repente el juego pareció ponerse más intenso. "Saque de esquina favorable a España! Una nueva oportunidad de gol para nuestra selección...", decía el locutor de radio al borde de un ataque. Casi logró contagiarla de la tensión del momento.

"¡¡¡¡GGGOOOOLLLLLL!!!!!", gritó el taxista a coro con el comentarista, al mismo tiempo que levantaba los brazos celebrando. No se sabe qué movimiento hizo con el volante antes de soltarlo, pero el automóvil se dirigió hacia la mediana de la calle por la que circulaban, aumentando su velocidad, tal vez porque también pisó el acelerador a consecuencia de la emoción.

Fueron sólo décimas de segundos, pero el coche volcó provocándole serias heridas que la mantienen hospitalizada. La enfermera acaba de informarle que se ha habilitado una sala para que los pacientes puedan ver juntos la final, por si le interesa.

Pero a ella nunca le gustó el fútbol.

lunes, 5 de julio de 2010

La manifestación




La selección regresó del Mundial antes de lo esperado, y con su retorno se reabrió el debate sobre el fútbol y el sexo. Fue como si no ocurriera nada más importante en el país. Medios de comunicación, opinólogos, artistas, políticos, encuestas sociológicas… todos quisieron hacer pública su opinión al respecto.

Sin duda, esto no hubiera ocurrido si Luciano Salazar, delantero, capitán del equipo nacional y considerado el mejor jugador del continente (quizá por eso se le perdonaba ser una de las estrellas de la farándula por sus constantes romances con modelos y aspirantes a) no hubiera hecho aquellas declaraciones a su llegada al aeropuerto.

Bueno, eh… sí, no nos fue muy bien… es que… bueno, eh… es que… no estábamos bien… no se puede jugar en esas condiciones”.
¿Qué condiciones?”.
Bueno, eh… tenemos necesidades… eh… de afecto… de compañía… La concentración, tanto tiempo sin sexo… eh… así no se puede jugar bien”.

Cuando un miembro de la delegación se acercó para alejarlo de la prensa ya era demasiado tarde. Sus palabras fueron primera página en todos los diarios deportivos, noticia de titulares en los informativos de televisión y radio. Al otro día ya no se hablaba de otra cosa.

Tertulias, programas especiales de entrevistas a futbolistas, entrevistas a sexólogos, a entrenadores, a sociólogos, incluso abogados y modelos… Los políticos se sintieron cómodos y también predispuestos a comentar el tema en los pasillos del Congreso. Pronto el asunto del sexo sí o no antes de una competición se convirtió en una cuestión nacional, casi un tema de Estado.

Fue tan candente el debate que los futbolistas se sintieron azuzados, y estimulados por la percepción de que contaban con el respaldo de la opinión pública, convocaron una manifestación frente al palacio presidencial. La encabezaban Luciano Salazar y sus compañeros de la selección, a los que se sumaron jugadores de todas las categorías. “Queremos sexo antes de los partidos de fútbol”, decía la poco original pancarta.

De repente, el escaso espacio vacío que quedaba en la plaza se fue llenando por un grupo de hombres, semidesnudos, que se concentraron y empezaron a desplegar su propia pancarta: “Queremos jugar al fútbol antes de rodar una película. Firmado: Asociación de actores porno”.

miércoles, 16 de junio de 2010

La maldición del Mundial





Marcelo Valdivieso leyó que una cadena de electrodomésticos de Francia había lanzado una oferta según la cual a todos aquellos clientes que comprasen un televisor de plasma durante el mes de mayo se les devolvería el dinero si la selección francesa ganaba el Mundial de fútbol. Pocos galos cayeron en el truco, pues poca era la fe que le tenían a su equipo.

A Marcelo Valdivieso le gustó la idea y pensó que podía arriesgarse y extender la oferta a cualquier artículo que se comprase en su modesta tienda de barrio. La crisis se había dejado notar en los últimos meses y necesitaba incentivar las ventas o tendría que cerrar el negocio y vender su casa.

La ilusión con la que los chilenos vivían el primer mundial de su selección después de doce años dio sus frutos. Marcelo vendió todo lo que tenía en el comercio y aún tuvo que hacer un par de pedidos de mercancía para hacer frente a la demanda.

Todo era euforia. Para Marcelo, por la buena marcha de su empresa. Para sus clientes, por la buena campaña que la selección chilena estaba haciendo en el Mundial.

El día de la final, Marcelo siguió el partido en su tienda, en el único televisor que había quedado sin vender. No quiso que nadie le acompañara, a pesar de que todos sus amigos le habían propuesto hacer una fiesta.

Su mujer acudió corriendo a la trastienda del negocio cuando oyó el disparo. La escena que encontró era macabra: su esposo caído sobre la mesa, con la tapa de los sesos levantada, una pistola en su mano derecha y junto a la izquierda, una nota:

“Quién mandaría a estos weones ganar el Mundial”.