Mostrando entradas con la etiqueta Escaleras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escaleras. Mostrar todas las entradas

jueves, 13 de junio de 2019

Recuerdos


Fotografía: Willy Ronis

Hoy volvimos a juntarnos. Sólo faltaba Emmanuel. Faltó muy pronto. Aún éramos niños cuando aquellos soldados alemanes se lo llevaron, con una cincuentena de alumnos de su colegio. No lo supimos entonces, sino bastantes años más tarde, pero sobrevivió poco tiempo en el lugar al que los trasladaron. Sin embargo, siempre permaneció con nosotros.

Hoy volvimos a juntarnos y, aunque pasaron sesenta años desde la última vez y a pesar de la piel curtida y arrugada, de nuestro cabello blanco y la calva de Ferdinand, nos reconocimos al instante. Nuestros ojos cargados de ayer, y anegados de la emoción, recordaron al instante las carreras por nuestra calle, los secretos bajo la escalera, la curiosidad asomados a la claraboya de aquel taller de jóvenes costureras.

Cada uno llevamos un objeto de aquella época. Guillaume, la peonza que le había prestado Emmanuel y que nunca le devolvió; Ferdinand, el cuaderno en el que nos entreteníamos dibujando seres imaginarios que luego incluíamos en nuestras fantásticas aventuras; y yo, la foto que desde la ventana hizo un día mi padre. Recuerdo perfectamente que la hizo el último día que Emmanuel compartió juegos con nosotros. El último día que reímos.

lunes, 4 de febrero de 2019

¿Subimos?


Fotografía: Alberto Esparza


- ¿Subimos?
- Uy… No sé… Mira, asómate. Falta mucho.
- Tú y tu manía de mirar lo que falta. Fíjate en lo que ya hemos avanzado.
- Lo hago, créeme. Y me satisface lo lejos que hemos llegado, pero ya no tengo las fuerzas de antaño. Y ya me puede el cansancio.
- ¿Para qué habría servido ese cansancio si no lo intentamos?
- ¿¡Para qué!? Celebro cada paso dado a tu lado. Para mí valió la pena. Las risas, las confidencias, la compañía…
- ¡Mayor razón para seguir! ¿No crees?
- Me cuesta. Temo que me duela.
- Te propongo algo: subamos sólo un escalón y sigamos conversándolo. ¿Te parece?

Como en una coreografía, sus pies derechos tocaron al mismo tiempo el siguiente peldaño, y apoyándose mutuamente ganaron altura.

jueves, 3 de enero de 2019

¿Conversamos?


Fotografía: Vlad Artazov

- ¿Recuerdas nuestras conversaciones en la escalera?

- Recuerdo que siempre te gustaron las escaleras, que nos sentábamos en ellas para hablar, pero no qué decíamos.

- ¿Nada de nada?

- No.

- ¿Cómo es posible que no recuerdes nada? ¡¡Pasábamos horas así!!

- Sí, eso sí lo recuerdo. Y también que parecían minutos, incluso segundos. Pero no me pidas que repita una sola de las charlas que tuvimos, porque no podré hacerlo.

- ¡Qué desilusión! Creía que esos momentos eran importantes para ti.

- Y lo eran. Lo más importante, porque me permitían estar contigo. Las palabras sólo eran la excusa, el alimento de mis sentimientos.

- ¿Nos sentamos en la escalera y conversamos?

sábado, 29 de septiembre de 2018

Se vende


Fotografía: Laura Rivera


¿Recuerdas nuestra primera vez en esta escalera?
- ¿Nuestra primera y última vez, quieres decir?

Aún no puede creer que haya sido precisamente él quien respondió a su anuncio.

- Bueno, mujer. Que fue nuestra primera vez es un hecho, lo de que sea la última aún está por ver ¿no? Todavía estamos vivos.

Conserva esa sonrisa pícara que ella tantas veces evocó. Y el mismo descaro que la conquistó años atrás. “Sigue igual”, pensó ella mirándolo y recordando cuando paseando distraídos por la calle la introdujo en ese portal, el primero que encontraron abierto. Lo que ahí ocurrió fue tan intenso que ella tardó años en olvidarlo, los mismos que necesitó para poner en venta el piso que compró en el mismo edificio esperando a que él algún día regresara.

Ahora, ya superado aquel recuerdo, aquel amor no correspondido, estaba dispuesta a vender su casa e iniciar una nueva vida en otro lugar. Aún no puede creer que haya sido precisamente él quien respondió a su anuncio.

Tampoco puede creer lo frágil que es el olvido, cómo la memoria está al acecho de cualquier señal para resucitar sentimientos que creía ya sepultados.

- Nunca olvidé aquella vez. Confieso que probé otras escaleras, pero ninguna como ésta. Ninguna como tú. Eres la reina de todas las musas. Llevo mucho tiempo queriendo volver y esperando a que se pusiera a la venta algún piso de esta escalera.

Él no puede creer que sea precisamente ella quien puso el anuncio. La mira, le sonríe, apoya una mano en el muro y la acorrala entre su cuerpo y la pared. Reconoce en sus ojos las ganas y la necesidad de caer en la tentación, como aquella primera vez. Acerca su boca a sus labios y cuando ella los entreabre para recibir el beso, él se acerca a su oído y le susurra:

- ¿Qué te parece si en vez de comprarte el piso me vengo a vivir contigo?

Ella sólo logra articular un pensamiento: “Tengo que retirar el cartel”. Y juntos pierden la cabeza, la ropa y el pudor.

lunes, 16 de marzo de 2015

Dejar huella


Fotografía: Rodney Smith


Tú crees que dejas huella, pero es más que eso. Es peor que eso. Siento no sólo tu huella. Es tu zapato, tu pie, tu peso entero sobre mí, imborrable.

Cuanto más te alejas, mayor es la presión, de tu recuerdo, de tu aroma todavía presente, de tu ausencia y del silencio acordándose de nosotros.

Lo has vuelto todo al revés. Tanto, que cuanto más te alejas más creces, y más minúsculo soy yo.

Minúsculo y tonto. O sordo. Porque no te oí. No te escuché, distraído en el mensaje que lanzaban tus ojos y tu escote, cuando tus palabras me advertían de que acostumbras a dejar huella. Y te sentías orgullosa.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Reina mora




Había ensayado todo el día cómo bajar las escaleras de forma seductora bailándote la danza de los siete velos… Así pensaba recibirte, con un toque de cadera y un guiño por cada peldaño, con la mirada al frente como la mejor vedette y siguiendo el ritmo de la música con la más pícara de mis sonrisas.

Yo sabía que te iba a gustar. Habíamos acordado introducir más juegos en la relación y siempre te han agradado las sorpresas. Así que cuando se acercaba la hora de tu llegada, me disfracé de odalisca, me maquillé hasta casi quedar irreconocible y me situé en lo alto de la escalera esperando el sonido de tu llave entrando en la cerradura para pulsar el play e iniciar la función.

Por fin escuché tu carraspeo al otro lado de la puerta. Puse la música, adopté la pose con que más lucen mis piernas, encendí la sonrisa y doté a mi mirada de toda la profundidad y lascivia de las que fui capaz.

- Pasa, pasa. Laura se va a alegrar mucho de verte.

Nunca me avisas cuando traes visitas a casa. Tu jefe se debatía entre la risa y la vergüenza, aunque fijó su mirada en el escaso sostén con lentejuelas que cubría mis pechos.

Intenté recuperar la compostura, pero no resultaba fácil con mi apariencia. El traspiés era inevitable, así como que acabara besando las escaleras que había soñado bajar como reina mora.

La expresión del doctor que me está poniendo la escayola tampoco ayuda mucho a superar mi sensación de ridículo.

Ahora entiendo por qué los chinos dicen que trae mala suerte tener una escalera frente a la entrada de la casa.

lunes, 21 de junio de 2010

En la escalera


Fotografía: Henri Cartier-Bresson



Después de media hora en medio de aquella escalera, ella pensaba que no debía estar ahí, que no debió confiar en un casi desconocido. No tenía que haber creído sus palabras. Seguramente no era como decía ser.
Y se sentía culpable. De nuevo había caído, de nuevo había creído que aún tenía una oportunidad. De nuevo se metió de lleno en una historia que, ahora lo veía, no sólo no tenía futuro, sino que ni siquiera tenía presente.
Ella, que siempre iba al centro del asunto, volvía a equivocarse al creer que había encontrado su alma gemela.

Después de media hora al pie de aquella escalera, él pensaba que no debía estar ahí, que no debió creer en una casi desconocida. No tenía que haber creído sus palabras. Seguramente nunca pensó en darle una oportunidad.
Y se sentía un tonto. De nuevo había caído, de nuevo había creído que una mujer se interesaba en él. De nuevo apostó por iniciar una historia que, ahora lo veía, jamás había existido en la mente de ella. No tenía pasado.
El, que siempre daba importancia a cómo empezar las cosas, volvía a equivocarse al creer que había encontrado su alma gemela.

A pesar de la decepción que sentían, decidieron que el otro debía saberlo. Quizá buscando, en el fondo, un resquicio por el que volver a creer. Y se intercambiaron idénticos mensajes:

“Te esperé en la escalera que dijimos a la hora convenida… pero no viniste”.


miércoles, 7 de abril de 2010

Ochenta y siete escalones




Ochenta y siete escalones separan mis labios de tu aliento.
Ochenta y seis escalones es la distancia entre tus manos y mi deseo.
Ochenta y cinco escalones para abrigarme entre tus brazos.
Ochenta y cuatro escalones para besar un te quiero en tu oído.
Ochenta y tres escalones entre tu templanza y mis ardores.
Ochenta y dos escalones para darme un baño en tu risa.
Ochenta y un escalones para contarte mi nuevo anhelo.

(…)

Cuarenta y tres escalones separan mi piel de tus caricias.
Cuarenta y dos escalones es la distancia entre tu lengua y mi pasión.
Cuarenta y un escalones para entregarme en tu lecho.
Cuarenta escalones para sentir que no hay distancias.
Treinta y nueve escalones entre tu río y mi delta.
Treinta y ocho escalones para tu desembocadura.
Treinta y siete escalones para mostrarte un nuevo beso.

(…)

Siete escalones separan tu calma de mi ansiedad.
Seis escalones es la distancia entre tu sonrisa y mi jadeo.
Cinco escalones para caer en la trampa de tus brazos.
Cuatro escalones para olvidar esta escalera.
Tres escalones entre mi cuerpo y tu sofá.
Dos escalones para recuperar la respiración.
Un escalón para comunicarte mi decisión:
O te mudas o nos vemos en mi casa.

martes, 23 de febrero de 2010

Recuerdos


Fotografía: Willy Ronis


Hoy volvimos a juntarnos. Sólo faltaba Emmanuel. Faltó muy pronto. Aún éramos niños cuando aquellos soldados alemanes se lo llevaron, con una cincuentena de alumnos de su colegio. No lo supimos entonces, sino bastantes años más tarde, pero sobrevivió poco tiempo en el lugar al que los trasladaron. Sin embargo, siempre permaneció con nosotros.

Hoy volvimos a juntarnos y, aunque pasaron sesenta años desde la última vez y a pesar de la piel curtida y arrugada, de nuestro cabello blanco y la calva de Ferdinand, nos reconocimos al instante. Nuestros ojos cargados de ayer, y anegados de la emoción, recordaron al instante las carreras por nuestra calle, los secretos bajo la escalera, la curiosidad asomados a la claraboya de aquel taller de jóvenes costureras.

Cada uno llevamos un objeto de aquella época. Guillaume, la peonza que le había prestado Emmanuel y que nunca le devolvió; Ferdinand, el cuaderno en el que nos entreteníamos dibujando seres imaginarios que luego incluíamos en nuestras fantásticas aventuras; y yo, la foto que desde la ventana hizo un día mi padre. Recuerdo perfectamente que la hizo el último día que Emmanuel compartió juegos con nosotros. El último día que reímos.

domingo, 10 de enero de 2010

Dama, elegante y distante


Fotografía: Rodney Smith


Te vas, dama, elegante y distante. Bajas por esas escaleras que tanto me recuerdan a ti, a los instantes que compartimos hace apenas minutos, a la mujer entregada antes de ponerse el disfraz de lo que todos consideran respetable.

Yo te respeto más cuando te tengo enfrente, desnuda, abierta, ávida y hambrienta.

Te respeto más cuando te muestras por dentro, sin velos, sin celos y sin pelos en la lengua.

Te respeto más cuando es tu cuerpo el que habla, tu boca la que busca, tu sexo el que llama.


Y bajas por esas escaleras que despiertan mi deseo de ti, de besar hasta tu rincón más recóndito, más secreto. El deseo de hibernar en ti. Y bajas tan dama, elegante y distante que temo que mi memoria borre la locura de hace unos minutos, la pasión con la que cabalgabas hacia el infinito, con la voluntad de hacer eterna la comunión de nuestros cuerpos.

Te odiaría ahora si no supiera que volverás a subir esas escaleras, que volverás a buscar el abrazo prohibido, que volverás en cuanto tengas la oportunidad de quitarte de nuevo el disfraz de dama, elegante y distante.

lunes, 4 de enero de 2010

Lo dejaste todo


Fotografía: Henri Cartier-Bresson

Salí a la escalera en cuanto me di cuenta, pero tú ya corrías calle abajo sobre tu bicicleta, como buscando aire, como si no pudieras respirar hasta salir del barrio por el que deambulaste estos últimos tres años.

Al pedirte que hicieras tu maleta y te fueras, no esperaba que reaccionaras tan al pie de la letra. Nunca lo habías hecho antes con nada de lo que te dije. Pero ahora, como si mis deseos de repente fueran órdenes para ti, arrancaste sin que mediara un adiós entre mi última palabra y tu primer pedaleo.

No. No contaba con que te fueras tan pronto ni tan rápido. En realidad, confiaba en que de nuevo me pidieras perdón, deseaba que me juraras que me amas y que soy lo más importante en tu vida... incluso me conformaría con que, una vez más, no me hicieras caso y continuaras leyendo a la espera de que recuperase la calma.

Pero te fuiste. Sin despedirte y sin mirar atrás. Sin llevarte ninguno de tus preciados libros, ni tus discos, ni las fotografías y textos que creaste con tanta dedicación. Todo me lo dejaste... Todo.

Salí a la escalera en cuanto me di cuenta. Sólo quería decirte que no te vayas así.

Al menos llévate tu corazón.

sábado, 19 de diciembre de 2009

La escalera


Fotografía: Rodney Smith


Fue el primer portal abierto que encontramos en nuestro paseo. Tú ibas silbando, distraído. Como si sólo el azar nos hubiese puesto juntos en la vereda. Aún silbabas cuando me hiciste entrar en el portal (¡cómo te gustaba hacer eso!) y juraría que seguías haciéndolo cuando tus labios se posaron en mi boca y tu lengua buscó la mía.

Deseaba con tal intensidad y desde hacía tanto tiempo ese beso, que sólo supe cerrar los ojos y dejarme llevar. Estaba entregada a ti, a tu deseo, pero no podía creer lo que leía en tus ojos. Miraste la escalera y con esa mirada encendiste mi pasión y diluiste mis reservas.

A medio tramo tu mano ya había descubierto bajo mi falda la respuesta que mis ojos todavía negaban. Tus besos me callaban y tus dedos colándose en mi ropa interior me convencían. No quería perder el tiempo negándome a lo que ya no podría renunciar.

No sé cómo lo lograste, pero te mantuviste en mí en cada cambio, en cada paso, en cada movimiento que nos exigían los incómodos peldaños. Tus labios, tus manos, tu sexo en perpetuo contacto y perpetua entrega.

Nos recompusimos, aunque no recuperamos, antes de que apareciera ningún vecino. Al salir, me fijé en la dirección. No quería olvidar dónde había sido nuestra primera vez.




Ya pasó cierto tiempo, pero por fin pude cumplir mi sueño: compré una vivienda en aquel edificio donde nos amamos aquella tarde. Me siento a gusto viviendo aquí. Nadie me molesta. Nadie me habla, porque todos los vecinos piensan que estoy loca. Sólo porque cada tarde me siento en el mismo tramo de escalera en el que me hiciste feliz. Y te recuerdo.

Ellos no comprenden que no puedo olvidar dónde fue nuestra última vez.