Fotografía: Willy Ronis
Hoy volvimos a juntarnos. Sólo faltaba Emmanuel. Faltó muy pronto. Aún éramos niños cuando aquellos soldados alemanes se lo llevaron, con una cincuentena de alumnos de su colegio. No lo supimos entonces, sino bastantes años más tarde, pero sobrevivió poco tiempo en el lugar al que los trasladaron. Sin embargo, siempre permaneció con nosotros.
Hoy volvimos a juntarnos y, aunque pasaron sesenta años desde la última vez y a pesar de la piel curtida y arrugada, de nuestro cabello blanco y la calva de Ferdinand, nos reconocimos al instante. Nuestros ojos cargados de ayer, y anegados de la emoción, recordaron al instante las carreras por nuestra calle, los secretos bajo la escalera, la curiosidad asomados a la claraboya de aquel taller de jóvenes costureras.
Cada uno llevamos un objeto de aquella época. Guillaume, la peonza que le había prestado Emmanuel y que nunca le devolvió; Ferdinand, el cuaderno en el que nos entreteníamos dibujando seres imaginarios que luego incluíamos en nuestras fantásticas aventuras; y yo, la foto que desde la ventana hizo un día mi padre. Recuerdo perfectamente que la hizo el último día que Emmanuel compartió juegos con nosotros. El último día que reímos.












