Gracias, Claudia

jueves, 13 de diciembre de 2018

El llanto que me arrasa


Fotografía: Jorge Manjón Bernal

El destino me sirvió 
la gota que colmó el ojo.

El llanto que me arrasa,
que me toma, me desgarra
tiene nombre y tiene rostro,
y el vacío de tus cuencas.
Tu cadáver me sonríe,
me hace muecas que no entiendo.
¿Eres la vida?
¿Eres la muerte?
¿Eres el vacío que me posee?
Me has hecho un hijo que nacerá muerto,
me has hecho un sueño que no despierta,
me has hecho bella,
me has hecho monstruo,
me has hecho rayo de Luna,
el silbido del viento,
me has hecho todo lo que quise
hasta que no supe parar.
No quise parar.
Me he hecho añicos,
mil guijarros erosionados 
por este llanto sin consuelo,
por este pecho adolorido,
el desgarro en las entrañas.
Extiendo mi mano buscando tu roce,
te traspaso, incorpóreo.
Te he convertido en fantasma,
te he condenado a mi lado,
te he elegido como ariete
para derribar mi soledad.
Ahora este llanto que me arrasa,
que me toma, que me desgarra,
se aferra a tu estela,
a tu recuerdo, a tu sombra
que se escurre y desdibuja.
Y tu presencia deseada
se desvanece, se convierte
en este llanto que me arrasa,
que me toma, me desgarra.

martes, 11 de diciembre de 2018

Señales (equívocas)



- Nosotros ya nos habíamos conocido.

Fernando se sorprende con el comentario de Laura. Se había fijado en ella desde el primer día que la vio en aquel ascensor. Recordaría si la hubiera visto antes.

- ¿No lo recuerdas?

- No. Y me cuesta creerlo. Seguro te estás confundiendo.

- Nunca lo he olvidado. Coincidimos en una fiesta. Yo estaba en una esquina de la sala. No me gustaba mucho relacionarme con los demás. Y tú estabas en el otro extremo. Ahora entiendo que porque tampoco te gusta la gente. No podía quitarte la vista de encima. Y varias veces se cruzaron nuestras miradas. Yo no dejé de enviarte señales. Te sonreía, con los ojos te pedía que vinieras, te invitaba a mi cama y a mi vida. Tú también me sonreíste. Ese juego duró buena parte de la velada. De repente lanzaste un beso y, como si estuvieras unido a él por un hilo invisible, empezaste a caminar siguiendo su trayectoria. Mi corazón quería arrancarse volando de mi pecho para salir a tu encuentro. Con cada paso que daban tus piernas las mías me sostenían menos. Estaba a punto de desplomarme en tus brazos cuando pasaste a mi lado y continuaste el camino. Te seguí con la mirada y te vi besando a la mujer que estaba detrás de mí. Era un beso con familiaridad, con el que reconocíais espacios ya saboreados. Mi corazón cayó en picado y volvió al pecho. Se encogió, se arrinconó y enmudeció.

Laura calla, entristecida. Fernando se siente incómodo. No recuerda esa escena, y tampoco puede negarla.

- Insisto en que te confundes. Amor, no podría pasar a tu lado sin quedarme ahí para siempre.

domingo, 9 de diciembre de 2018

El roce de tus labios



Paso despacio, para besarte mientras duermes y traerte un bello sueño. 
Es un beso tierno, en la frente. 
Shhhh, duerme tranquilo. Yo velaré. 
Me posee el deseo y aprovecho la cercanía para rozar tus labios. 
Me detengo en ese roce, me instalo y lo amueblo. 
Te respiro. 
Se te escapa un suspiro y me posees con él. 
Recorres por dentro mi cuerpo 
y vuelves a salir en un ay que me delata. 
Me sobresalto. Casi huyo. 
Tu mano ya despierta me detiene. 
Me ofreces un lado de tu lecho. 
Y juntos soñamos y nos vestimos con besos. 

jueves, 6 de diciembre de 2018

Gracias



- Gracias.
- ¿Por qué?
- Por darme espacio para ser. 
Él la besó en la frente.
- Yo no he hecho nada, ni podría. Tú eres quien debe darse el espacio para ser.

Fue Laura quien rompió el silencio, ése que se instala cuando dos cuerpos acaban de decirse todo lo que puede decirse a alguien a quien amas, cuando llega la pausa necesaria para que las emociones plieguen sus alas y tomen tierra, cuerpo y alma. Laura rompió el silencio, pero su voz no sonó a interrupción.

Fernando se había acostumbrado a que eran esos espacios de silencio en los que Laura contaba más, se abría más, se mostraba y entregaba más. Y él se aseguraba de estar presente siempre que ella necesitaba compartirle otro jirón de su esencia. La escuchaba, la abrazaba y callaba. Se guardaba sus propios anhelos. Esta vez decidió hablar:

- Gracias.
- ¿Por qué?
- Por darme un espacio en que soñar.
Ella sonrió.
- Yo no he hecho nada, ni podría. Tú eres quien debe darse el espacio para soñar.

El silencio habría regresado si no lo hubieran llenado un suspiro compartido y los latidos de sus corazones al recibir y acoger un sentimiento nuevo.

martes, 4 de diciembre de 2018

El erizo



Hoy ando contenta. A pesar de que hoy me he dado cuenta, una vez más, que he sido un erizo casi toda mi vida. Probablemente aún lo soy. Y el probablemente lo escribo sólo por hacerme un cariño, un mimo.

Me contaba una persona a la que quiero mucho que tiene un cuento que se llama “El erizo que daba abrazos”… y descubro que en eso me he convertido en este camino, ni corto ni exento de actividad sísmica, de autodescubrimiento. 

Aprendí a dar y recibir abrazos. Una vez un colega me dijo que soy una profesional del abrazo, que apetece quedarse en él. Otra vez, un joven desconocido se resistió a separarse aferrándose a mi abrazo, supongo yo que imaginando en mí a su madre.

Creo que sí soy buena abrazando, porque cuando lo hago lo siento, lo respiro, lo habito. Me lleno en un abrazo, me recargo en esa conexión que me recuerda que soy humana, soy persona y soy mujer, que estoy viva. No finjo ni necesito hacerlo. Hay algo que ocurre entre dos personas abrazándose que va más allá de las palabras, entrego y recibo a la vez como si un hilo con forma de infinito hiciera circular la energía entre ambos cuerpos.

Y, aunque dé ricos abrazos, soy un erizo. Un puto erizo. Aprendí a sentir intensamente, pero en secreto. Me engañé con discursos de libertad, de respeto al otro y a mí misma, de timidez, de la más castigadora de las insuficiencias… cualquiera que justificara mi silencio, y me encerré.

Haré caer mis barreras para dejar tocarme el alma. Lo declaré hace ya tres años. Ilusa, creí que con decirlo bastaba. Y era sólo el primer paso. A partir de ahí, lógicamente, lo primero era reconocer las barreras y empecé sin ser consciente que eso implica mirarme de frente, ser mi propio espejo, y observar mis movimientos. Mis movimientos de erizo.

El azar (¿será azar?) me fue confrontando con el pasado que dibujé y también con el que hubiera podido crear… si no hubiera callado. Me fue confrontando con algunas víctimas que fui dejando en el trayecto y revelándome a mí misma como víctima. Y con la estela de mi forma de vivir, de relacionarme.

Cuando me sentía entregada, insegura y tierna me percibían como distante, segura, dominando la situación. ¿Dominando? Cómo, si temía rasgarme por dentro en cualquier momento. Y seguramente por ese mismo miedo me disfrazaba de erizo. De puto erizo.

Ahora ya lo sé. Soy un erizo. Y debo aprender a no serlo, debo arrancarme el disfraz aunque ya esté pegado a la piel; aunque ya sea la piel.

Aquí dejo el primer jirón.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Quizás mañana


Fotografía: Falsaria

- Quizás mañana
- Ya. Te duele la cabeza, ¿no?
- No, no es eso.
- Mira cómo estoy. No me dejes así.
- En serio, no puedo. No insistas.
- Venga, cariño. Sabes cuánto me gustas y cómo me pones…
- Ya sé. Ya sé. Cada cosa que hago emana una pulsión de sensualidad y bla, bla, bla
- Todo lo que te digo es verdad.
- Te creo. Mejor dicho, creo que así lo sientes, pero no me siento sensual. Ni bonita. Ya no…
- ¿De qué hablas?
- Me estoy poniendo mayor, gorda, flácida… No soporto verme desnuda.
- ¿Qué dices, tonta? Estás cómo siempre. No, mejor. Estás tan bella como siempre y más sabia.
- ¡Tú quedaste anclado al pasado! Y hace ya tantos años del pasado…  
- Venga, que hoy es tu cumpleaños. Celebrémoslo.

Las manos de Francisco eran más elocuentes que sus palabras. Ellas convencieron a Alicia. Mejor dicho, la derritieron. Y de nuevo, por un rato, ella volvió a sentirse bonita y sensual.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Tijeras



Hacía años que no regresaba a la casa. Ni pensaba hacerlo, pero sus hermanos le pidieron que los ayudara a vaciarla para poder venderla. La crisis no respeta los recuerdos. El tiempo tampoco.

La maleza jugaba a esconder el camino de entrada, y ella interpretó que no sería fácil sumergirse en el pasado. Sobre todo porque había salido de él abruptamente, justo después del funeral. Era la primera vez que estaría en esa casa sin la presencia de su madre, y sentía miedo, miedo a derrumbarse, como si habitase un edificio sin cimientos. 

Sintió que le faltaba el aire al traspasar la puerta, y con el poco que lograba inhalar aspiraba el olor del olvido, del vacío y del abandono. Las lágrimas le empañaban la mirada, y se desplazaba por el pasillo guiada más por la memoria que por la vista.

Al pasar por delante de la habitación de invitados sintió el impulso de entrar, como cuando llegaba del colegio y corría a dar un beso a su madre siempre ocupada en la máquina de coser o cortando patrones en la mesa camilla.

Ahora el cuarto estaba casi vacío porque su cuñada había pedido llevarse el dormitorio cuando se cambiaron a la casa grande. Era difícil de reconocer, y no lo habría hecho de no ser por la mesa camilla y el mueble de la máquina de coser, probablemente oxidada y recogida desde que su madre sufrió el infarto mientras hilvanaba el que sería su traje de novia. 

Y sobre la mesa, brillando como siempre, como recién usadas y afiladas, las tijeras de su madre. Las tomó y al tocarlas supo que serían el único objeto de la casa que guardaría, para no olvidar jamás que un solo momento puede cortar una vida, los sueños y la historia.