miércoles, 8 de abril de 2020

Volvería


Fotografía: Robert Mapplethorpe


Volvería a cruzar el océano,
quedar de nuevo patas arriba.
Cambiar el lado de la Luna,
desaguarme en dirección contraria.
Cambiar la noche por el día,
volver otoño la primavera,
hacerme un muro de cordillera,
llegar más tarde a todos los años.

Volvería a abrazar la locura,
despojarme de todo y desnuda
entregarme, sin red, sin aval,
sin miedos, sin dudas y sin bozal.
Conocer la herida de la distancia,
la solitaria huella del expatriado,
apostarlo todo a una última jugada,
desplegar las alas y saltar… al vacío. 

Volvería, una y mil veces,
a rendirme al cálido abrazo,
construir otra quimera sin reparo,
creer posible lo imposible, y alcanzarlo.

Que las ruinas que pisamos 
no me nublen la mirada, 
ni condenen al olvido un pasado
que naciendo futuro fue presente. 

martes, 7 de abril de 2020

Sólo supe hacerme odiar



Sol de mi vida, 
fui un fracasao
Y en mi caída 
busqué de echarte a un lao
Porque te quise tanto, 
tanto, que en mi rodar, 
para salvarte 
sólo supe hacerme odiar. 
(Enrique Santos Discépolo – “Confesión”)


Si me molesta que puedas amarme es porque yo no puedo dejar de hacerlo. Si me enfurece la idea de que me ames es porque no tengo la valentía de vivirlo. Y jamás te lo diré porque tampoco tengo el coraje de admitirlo ante mí mismo. Me mortifica encontrarte porque me enrostra que te busco. Descubro que aprovecho cualquier pretexto para acercarme de lejos, para mirarte cuando no me observas, para leerte una y otra vez, para callar y que me creas ausente… Y más me encabrono. Tanto cuando me buscas como cuando me ignoras. Entonces disparo mi torpe indiferencia, tiro a dar y no me resulta difícil derribar tu lábil resistencia. Me subo a mi soberbia, sepultando bajo capas de un estúpido orgullo toda mi cobardía. Y con ella entierro también cada razón que te queda para amarme, si restara alguna. 

Si me molesta que puedas amarme es porque no soporto que dejes de hacerlo. Siento que ese amor sólo existe ya en mis palabras cuando te lo prohíbo, no tiene dónde ni cuándo, y caigo derrotado ante la evidencia de que eres sólo un sueño. Mi último sueño, mi último ardor.

Porque si pudieras amarme, desear este cuerpo cansado que resucitaste una vez y ahora no responde, creer en esta ilusión que no es más que un vago recuerdo del pasado que se resiste a irse, no sabría retenerte. Carezco del vigor necesario para acompañar tu ímpetu, tu tanto por hacer, tu principio desde mi final. 

Porque yo sí te amo, sólo supe hacerme odiar.

(Si quieres escuchar este tango, en la versión de Calamaro con Bunbury, pincha en el título de la canción).

lunes, 6 de abril de 2020

Cáliz





¿No es éste el cáliz del que quieres beber?

(Responde pronto o cerraré las piernas)


domingo, 5 de abril de 2020

Desvarío otoñal y luto


Fotografía: Alís Gómez, Atardecer del 4 de abril, confinada



Una imagen, un poema, un sentimiento… Y me doy cuenta. ¡Es otoño! Es mi estación favorita y me lo estaba perdiendo entre estas cuatro paredes. Y lo pienso. Recuerdo el reciente baile de colores al atardecer, las copas de los árboles cansando su verde a través de la ventana, recuerdo este aire fresco que levanta la cortina y mira por debajo de mi falda… ¡Es otoño, sí!

Es otoño y no me daba cuenta en medio de esta ficticia pausa que concentra toda la vida en una habitación, que nos arrancó imprescindibles que resultaron no serlo y nos enrostró qué vital era lo que no reconocíamos. Pero estaba aquí. Yo también soy otoño. Soltando mis hojas, derramando mi savia, llorándola… dejando ir lo que ya fue.

No siempre es fácil soltar. Llega a doler. Como hoy la partida de alguien cuyas canciones me han acompañado toda la vida. Aún más, me han modelado. Me invitaron a tomar conciencia, me invitaron a disfrutar del arte, me trajeron poesía y una me enseñó a buscar el Universo al fundirme en otro cuerpo.

Lamento la muerte de Luis Eduardo Aute, y no puedo no traerlo hoy a mi blog. Me siento triste, pero ante todo siento una enorme gratitud por haber conocido sus canciones, habérmelas sabido, por haberlo podido ver en directo, por tantos y tan buenos recuerdos escuchándolo, y por descubrir que están en mi subconsciente y más allá.   

No puedo no traer un poema suyo. No dudo, porque si tuviera que elegir un texto ajeno como manifiesto de quien soy, elegiría esta canción. Ya lo he hecho. La suscribo de principio a fin, desde lo más profundo. 

Aunque el otoño nos hable de soltar, no quiero soltarte. 

Luis Eduardo Aute, gracias por existir.



Cierto que huí de los fastos y los oropeles
y que jamás puse en venta ninguna quimera,
siempre evité ser un súbdito de los laureles
porque vivir era un vértigo y no una carrera.

Pero quiero que me digas, amor,
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar
era el verbo más bello.
Dímelo.
Me va la vida en ello.

Cierto que no prescindí de ningún laberinto
que amenazara con un callejón sin salida.
Ante otro “más de lo mismo” creí en lo distinto,
porque vivir era búsqueda y no una guarida.

(…)

Cierto que cuando aprendí que la vida iba en serio
quise quemarla deprisa jugando con fuego.
Y me abrasé defendiendo mi propio criterio,
porque vivir era más que unas reglas en juego. 

Pero quiero que me digas, amor,
que no todo fue naufragar
por haber creído que amar
era el verbo más bello.
Dímelo.
Me va la vida en ello.

Si quieres escucharla, pincha en la foto o en el título.

sábado, 4 de abril de 2020

La cour




De niña, en París, me pasaba las tardes en la cour. Un patio interior en un edificio de Le Marais del que mis padres eran los porteros, además de sus respectivos trabajos. En la cour construía mis mundos. Y tal vez ahí empecé a levantar también mis barreras. 

El último año salía con mi muñeca. La que tenía. No recuerdo si caminaba o hablaba, quizás hacía las dos cosas. Sí recuerdo que toda su espalda era una caja con dos pilas grandes. ¿O será que sólo me lo parecían porque yo era pequeña? Mi muñeca, con abrigo incluso en verano y cada día más despeinada, era mi compañera de juegos. Se quedó en París cuando nos fuimos a Galicia. Pero no la he olvidado.

Antes de la muñeca, salía sola. La sinagoga al fondo. La imprenta a la derecha. Y a la izquierda un enorme ventanal, blanco, tras el que nunca vi actividad alguna. Los autos se estacionaban delante. Y entre esos límites una gran superficie de suelo adoquinado. Mi territorio. Lo recorría una y otra vez, viviendo en él infinitas historias en las que me convertía en alguien que no soy yo, si no recordaría todo lo que pasó en aquel patio.

Gracias a la cour recuerdo, por ejemplo, que tenía un juego de té de plástico. Lo sé porque en el patio buscaba y recogía mariquitas. Siempre me fascinaron sus lunares negros sobre su atrevido rojo. Podía pasar horas con la chinita paseándose de una mano a la otra. Después me daba pena despedirme y la guardaba en la tetera, para seguir jugando juntas al día siguiente. Cuando me quise dar cuenta, ya reunía varios cadáveres. Las había matado sin querer.

En la cour nació mi nombre, Alís. Uno de mis entretenimientos era saltar a la cuerda. En un departamento de la escalera del fondo vivían dos estudiantes ingleses. Jóvenes, despeinados, desarreglados… y encantadores. Sólo recuerdo que el más rubio se llamaba Terry. Me alegraba verlo. Creo poder intuir todavía su cara. Siempre se paraban a jugar conmigo. Ellos giraban la cuerda para que yo sólo me preocupara de saltar… y volaba. Ellos, con su acento británico, me decían que era Alice au pays des merveilles. Mis padres debieron escucharlos, porque desde entonces me llamaron Alís (salvo para reñirme). Y a mí me gusta.



Una de las dos soy yo.


viernes, 3 de abril de 2020

Como pluma





Etérea luz
tu sonrisa sincera,
iluminando

como pluma al vuelo.
Como pluma que cae

tu mirada azul,
lene rayo pálido,
me atraviesa.


Como el filo de la cuchilla más afilada, 
así hiende la pluma el aire, 
que sin saberse rasgado se desangra. 
XuanRata

Nunca he hecho esto antes, traer un comentario a la entrada. Pero al leer el que dejó XuanRata sentí que ése es el poema que debería acompañar a estas fotografías. 


jueves, 2 de abril de 2020

Gatita




Cuando me dices gatita me atraviesa una corriente que sigue veloz el curso de mi columna vertebral. Podría decir que hasta siento las ganas de mi cuello de que lo muerdas. Fíjate y verás cómo en tres tiempos mi espalda se me expande, se contrae, se expande… Ga-ti-ta. Y si no siguieras hablando podrías escuchar mi ronroneo.

Cuando me dices gatita se me hace agosto, noche en el tejado bajo la Luna. Llamas a mi animal y ésta es la que responde. Me encaramo a tus ramas, me asomo a tus resquicios y juguetona te observo, atenta a tu primer movimiento para saltar a tu regazo. Mi cabeza busca tu caricia y me contoneo para que tus manos recorran mi cuerpo.

Cuando me dices gatita se despierta mi celo.