martes, 10 de diciembre de 2019

Punto de encuentro



Me cansa escudriñarme constantemente, vigilar el centro para no salirme mucho, con el tiempo justo para identificar las emociones que me visitan, me tambalean, me revuelven… y salirme rápido para volver a este punto de encuentro donde convergen todas las sensaciones, las más peregrinas ideas. Bulle el cuerpo, arde el alma, no hay consuelo ni calma salvo en este espacio que tanto me agota sostener. 

Llega el miedo a no poder, verme pequeña, casi ínfima, el vértigo del abismo, vislumbrar la devastación, desvalida. Y la derrota.

Llega la tristeza, de una mano con la pérdida y de la otra con la frustración. Y me lastra, me arrastra. Me aprieta el pecho y me posee, frágil.

Llega el desencanto bailando un tango con la soledad, con la música tan baja que ya ni se oye. Sólo el roce de las suelas con la madera.

Llega a ratos el entusiasmo, la curiosidad infantil preparada para explorar, la ilusión de lo que está por construir, la alegría de un nacimiento.

Llega a raptarme la angustia, que apenas puedo escuchar por el ruido de los latidos y de mis pulmones exigiendo aire, ahogados.

Llega el orgullo por atreverme, la gratitud a esta inconsciencia con que me lanzo a un desafío, acostumbrada a ponerle pecho a mis decisiones. Aunque duelan.

Y como llegan, las saludo y las echo. Necesito volver al centro, a este punto de encuentro donde me hallo. 

No me puedo permitir perderme. 
No ahora.

domingo, 8 de diciembre de 2019

Tregua


Fotografía: Chema Madoz


En el fragor de la guerra
un instante de tregua
tiene sabor a paz.

Y la paladeo
aún sabiéndola engaño.

Opción b:

La paladeo
sabiéndola engaño.
Un espejismo

viernes, 6 de diciembre de 2019

No lo supe


Fotografía: Fabiola Mascayano O´Ryan
La mujer de la fotografía no es la mujer del relato


Y la culpa no era mía
Ni de dónde estaba
Ni de cómo vestía

Fabiola se emocionó al corear ese “Y la culpa no era mía, ni de dónde estaba, ni de cómo vestía”, ese himno que cruzó el planeta como un relámpago haciendo sentir la tormenta que ya está encima. Aún no se explicaba cómo se había dejado convencer por la Cata, su nieta regalona. Allí estaba, vestida de negro con pañuelo rojo al cuello, y una cinta para cubrirse los ojos, en medio de otras miles de mujeres junto al Estadio Nacional. El lugar no le era indiferente. Ni a ella ni a ninguna de las mujeres que gritaban a su alrededor y que superaban cierta edad.

El caso es que estaba ahí y se dejó llevar. Podía sentir la energía de miles de historias diferentes de cómo ser acosada, violentada, violada... entrelazándose en una única voz multiverso. No era sonido, era vibración, era luz y fuerza colándose por su piel, y era latido sembrándose en la tierra, era el eco de un deseo y una exigencia. Y ese grito fue tan ensordecedor como el silencio que sostuvo de regreso a casa. Estaba ya en su cuarto cuando pudo hablar.

- Gracias, Cata. 
- Gracias a ti, abuela. Me sentí, me siento muy orgullosa de ti. Fue muy choro ir contigo.
- Catita… me has hecho el mejor regalo de mi vida.
- ¿Por qué?
- Porque hasta hoy no lo supe.
- …
- Siempre intenté ser una mujer dispuesta a perseguir la felicidad. Y eso siempre trae costos, momentos de absoluta infelicidad… Una vez que te permites sentir, lo sientes todo… Me tocó vivir la época en que no podíamos expresar nuestros deseos sin represalias. Siempre intenté elegir la libertad y eso a menudo se malinterpretó. Nunca hasta hoy había podido perdonarme. En realidad no tenía que perdonarme, y no lo supe hasta hoy… Porque la culpa no era mía, ni de dónde estaba, ni de cómo vestía… 

miércoles, 4 de diciembre de 2019

El poncho



Podría hacerte un poncho de sueños. Soy buena tejiéndolos. 
Punto del derecho, para el castillo en el aire. 
Punto del revés, para trazar un plan be. 
Ochos y arabescos, para incluir tus ojos y mis ganas de besarlos. 
Hace un rato que te habría besado. 
Pero prefiero mirarte, en la distancia, memorizando tus medidas.

Podría tejerte un poncho de sueños.
Y tirar de la lana para desnudarte después.

lunes, 2 de diciembre de 2019

Tres deseos (y 3)


Sírvete un trozo

Deseo la brisa marina recordándome que tengo rostro. Y disfrutarlo.
Deseo el tacto de la tierra enraizándome los pies. Y sosteniendo mis pasos.
Deseo el frío océano despertando mi ser atlántica. Y a la niña que saltaba las olas.
Deseo la Luna llena iluminando la música, celta, en la playa. Y la buena compañía.
Deseo la confianza plena que consiente el desnudo de mis palabras. Y hablar sin miedo.
Deseo la certeza de estar en lo correcto. Y la tranquilidad para aceptar los errores.
Deseo la ternura necesaria para calmar las heridas que cause. Y sanar las mías.
Deseo la ilusión en el espejo cada mañana. Y reconocerme en ese reflejo.
Deseo el descanso para construir nuevos sueños. Y la fuerza para perseguirlos.
Deseo la seguridad necesaria para enfrentar los miedos. Y dejarme acompañar en ellos.
Deseo la electricidad de la caricia en mi piel. Y la consciencia del tacto enamorado.
Deseo ese beso que me borra la memoria. Y graba, a fuego, la eternidad del instante.
Deseo la sonrisa cómplice y la mirada que comprende, acepta y acompaña. Y sonreír también.
Deseo…

- ¡Venga, Laura! ¡Vuelve aquí! Decídete y elige tres deseos, que la tarta se va a llenar de cera.
- ¿Sólo tres? No puedo decidirme. ¡Es tanto el deseo!


Si quieres saber de dónde viene esta historia:


sábado, 30 de noviembre de 2019

Sólo un día




Dame un día. Sólo uno más.

(Pero dámelo a diario)


jueves, 28 de noviembre de 2019

3. Y desaparecí



…hay gente que se muere de ganas de vivir.
Carlos Varela (Sí, de nuevo)

Me volví arma y casi me mato
creyendo que nacía de nuevo.

Confundí la noche con el útero
abrigado y era oscuro cadalso.

No era placenta la fría humedad
que calaba mis sueños, sino foso.

Creyendo que nacía de nuevo
me volví quimera y desaparecí.