Gracias, Claudia

miércoles, 21 de enero de 2015

Cabecita loca


Fotografía: "Apples", de Sid Avery


¡Ay, cabecita loca!”. Así me saludaba siempre la abuela, desde que recuerdo. Y siempre se despedía diciéndome: “Cuidado con perder la cabeza”.

Nunca me dijo qué es perder la cabeza. Ni siquiera qué consecuencias tendría hacerlo. Por lo del cuidado intuyo que alguna mala habría, pero ¿y los beneficios de perder la cabeza? ¿Por qué nunca aludió a ellos?

Pensándolo bien, mi abuela siempre me insinuó que perder la cabeza tiene su lado sabroso. Lo sé por la alegría que percibía tras su “cabecita loca” y porque me incitaba a probarlo aportándole misterio y un halo de prohibición al decirme “cuidado”.

Me gusta explicármelo así, porque siento que tengo una cómplice en mis locuras. Sus palabras despertaron esa irrefrenable atracción hacia todo lo que prometía hacer perder la cabeza. Y caí en la tentación tantas veces como se me presentaba. Tenía sus costos, claro, pero valía la pena pagarlos.

Así fui creciendo, hasta que la conocí. Y por primera vez en mi vida perdí la cabeza por una mujer. Acaso también por última vez.

Con ella aprendí de qué peligro me advertía la abuela.

Ay, abuelita, ¿por qué no te hice caso?

jueves, 11 de diciembre de 2014

La traición de los ojos azules




- Dios mío! No me había fijado. ¡Tienes los ojos azules!

En cuanto escuchó esa frase, después de dos años casi viéndose a diario, supo que él ya no le gustaba.

Lo supo porque lo primero que pensó fue: “¿Será que ya no me dilata la pupila?”.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El banco



Salió en la prensa. En la prensa local, claro. Un banco había amanecido pintado de rojo rompiendo la monotonía gris de una calle de la gris localidad.

Hubo incluso debate entre vecinos y algún colaborador radial. De la radio local, claro. Las opiniones entre quienes creían que debería cundir el ejemplo para aportar algo de alegría al paisaje y quienes pensaban que era un atentado contra la estética común y tradicional de la villa.

Yo no dije nada. A mis años ya no vale la pena meterse en problemas. Sin embargo, mi sonrisa me delata desde el día del suceso. Porque me hace feliz saber que es nuestro secreto y que tú no lo contarás. Ojalá pudieras.

¿Lo recuerdas? Es nuestro banco.

En él me hablaste por primera vez. En él creamos el hábito de sentarnos cada día un rato para conversar, para conocernos más, incluso en silencio, para acompañarnos. En él nos atrevimos a besarnos sin escondernos, porque es cierto que sentíamos vergüenza, pero no culpa. Estábamos en nuestro derecho.

La tarde del día en que te enterramos fui a sentarme en nuestro banco. Estabas allí conmigo (sé que siempre me esperas allí). No sé si fue idea mía o si tú me la susurraste, pero decidí que lo haría esa misma noche. Por eso pinté de rojo el banco, igual que tú pusiste color al otoño de mi vida gris.

martes, 28 de octubre de 2014

Qué pena?




Hay un reloj que en la noche suena como pasos.
Hay una puerta que se abre sola, cuando le da la gana.
Hay también burbujas, de las de plástico, que suenan solas como si un niño las estuviese apretando.
Hay, claro, un gato gordo paseando pesado sobre el tejado al que no sé cómo subió de lo gordo que está.
Hay (me olvidaba) una pelotita rodando de repente sobre la mesa, lenta, un tramo corto.
Hay ruidos en la calle silenciosa, voces que parecieran sonar al oído, muy cerca.
Hay visitas que de pronto, con cara de sorpresa, o asombro, o susto, o diversión (que cada cual ve lo que ve como lo ve), preguntan: ¿Aquí penan?
¿Qué pena aquí?
¿Qué hay?
¿Será que hay miedo?

lunes, 13 de octubre de 2014

No resulta fácil



No estaba resultando fácil. No se habían separado por falta de amor. Amor sobraba, pero no habían sabido vivirlo bien, se confiaron demasiado, dieron por sentado que con amarse bastaba. Y no basta, sólo es un buen cimiento. Pronto descubrieron que convivir necesita de muchas otras habilidades. 

No estaba resultando fácil para ella. El día lo iba pasando con bastante entereza. El trabajo, la niña y la casa ocupaban su tiempo y distraían su atención. La pena hundía sus hombros, arrastraba sus pasos, pero se mantenía a raya sin entrar en el dominio de la consciencia. Hasta que llegaba la noche, el silencio, la nada. Y cuando la nada llegaba, ya en la cama, abrazaba ese cuerpo de tres años, y se dormía sintiendo su respiración pegada a su pecho. 

No estaba resultando fácil para él. El día lo iba pasando con bastante entereza. Había suficiente tensión y exigencia en el trabajo como para evitarle pensar en otra cosa. También tenía la pena sobre los hombros y amarrada a los pies, y se iba haciendo más pesada según avanzaban las horas, hasta alcanzar el nivel de insoportable al finalizar la jornada laboral. Empezaba entonces una larga agonía en la noche, en el silencio, en la nada. Y cuando la nada llegaba, ya en la cama, rellenaba ese vacío abrazando la almohada. Y se dormía. Con suerte, se dormía. 

domingo, 24 de agosto de 2014

Domingos y fiestas de guardar



Primero fue salir a correr (aunque correr, corría poco). Largos paseos, más largos en el tiempo que en el espacio, que le distanciaban por un rato de todo lo que lo ahogaba. Más bien, le permitían sentir cómo respiraba, pues generalmente no era ni consciente de hacerlo.

Al principio la familia lo esperaba. Cambiaron la misa de 10 por la de 11. Luego por la de 12, por la de la una y un día tuvieron que ir a la de tarde. Porque él no llegó hasta la hora de la comida. Le costó, pero aguantó. Y la familia decidió que allá él, si no quiere rezar que no rece, pero luego que no se queje.

Conquistada la mañana del domingo, comenzó a acortar los paseos. Se convirtió en normal salir a desayunar afuera. Compraba el periódico en el quiosco de la esquina (le gustaba ver que escribían su nombre a uno reservándoselo aunque siempre llegase temprano) y después encontraba libre siempre la misma mesa en la churrería de al lado. “Aquí está su chocolate mediano y sus tres churritos, don Manu”. Era Servando, el camarero, que colocaba sobre la mesa el pedido habitual mientras él se sentaba.
Luego veía por el ventanal cómo la familia pasaba por la esquina en dirección a la iglesia. Se levantaba, dejaba sobre el mostrador el precio de siempre con la propina de siempre y se iba a casa.

Mientras toda la familia estaba en misa, él se conectaba a Internet, curioseaba por aquí y por allá, coqueteaba con jóvenes y no tan jóvenes… fantaseaba más bien, sin intención de ir más allá. Al menos, sin valor. Pero el aire de libertad que respiraba le bastaba para otra semana.

Y, con suerte, se acercaba un festivo.

lunes, 11 de agosto de 2014

Ser (o siendo) uno mismo - El gerundio (y I)




¡Tanta weá dándole vueltas a la necesidad, a la voluntad y a la conveniencia de ser uno mismo sin ser capaz de dejar de serlo! Al final, todo se reduce a que si sabes que no puedes evitar ser quien eres, siéntete cómodo siéndolo.

Y no puedes dejar de serlo principalmente porque te niegas a renunciar a ser quien eres. Todos tenemos irrenunciables. E innegociables. E incluso imposibles. Entonces, ¿por qué preocuparnos en definir el ser en lugar de ser directamente? Déjalo vivir, ya se definirá solito, siendo tú mismo. Es la única manera de librarse de los imposibles, que no ayudan nada.

El único modo, también, de lograr que ser resulte interesante es siendo. Después, el camino se hace andando, y ya iremos decidiendo si introducimos modificaciones o no. Porque la vida no sólo cambia por los verbos que usamos en ella, sino sobre todo por el modo en que los usamos.

Ya lo dijo Cela, con todos sus qués: no es lo mismo estar dormido que durmiendo, como no es lo mismo estar jodido que jodiendo.

Pues eso, viviendo que es gerundio!!!