Gracias, Claudia

lunes, 24 de agosto de 2015

Mi marido no está




- Pero mujer, si su marido no está.
- Mi marido siempre está.

Sus conversaciones siempre terminaban igual. A pesar de eso, Fernando no desistía. Una y otra vez intentaba seducir a Beatriz. Y ella se dejaba, para finalmente cortar tajante cualquier acercamiento de él recordándole su condición de mujer casada.

Fernando no era mal parecido. Sus labios carnosos resultaban muy apetecibles, sobre todo porque de ellos salían momentos muy agradables. Inteligencia y simpatía le sobraban. Aunque más que conversaciones mantenían una lucha de desafíos, ambos disfrutaban de esos instantes. Y los buscaban.

El roce hace el cariño. Es normal querer convertir en hábito los momentos placenteros, por ello tanto Fernando como Beatriz propiciaban encuentros fortuitos para que ningún día pasara sin mirarse, oírse, disfrutarse.

Un día Fernando permaneció toda la jornada en su despacho. Cuando se acercaba la hora de partir, abandonaba la oficina serio, sin reparar en Beatriz. Ella lo siguió con una mirada incrédula y casi implorante, y cuando él abría la puerta le gritó. “Fernando”. Se giró, en silencio, cansado. Beatriz suspiró y sonrió:

- ¡Mi marido no está!

viernes, 29 de mayo de 2015

Hasta la cocina



Un estudio dice que pasamos cuatro horas diarias en la cocina. Yo bajo notablemente la media, pero la estadística puede mantenerse con personas como María. 

María no trabaja fuera de casa (bastante tiene con lo de adentro) y la mayor parte de su jornada transcurre en la cocina. En ella prepara comida, come, hace los deberes con los niños, lee disfrutando su té y su cigarrillo... Simplemente está. Es su lugar, en el que se siente cómoda. 

Para recibir a las visitas tiene un salón limpio como un crisol y un comedor que parece a estrenar. Pero a los más cercanos, a los más queridos, los recibe en la cocina. Es acogedor escuchar desde la puerta su “hasta la cocina" y oír cómo se explica: “Con vosotros hay confianza". La confianza de mostrarse tal como es y también la de compartir un espacio íntimo. 

María no para en todo el día. Cuando se va a la cama, está rendida. Ni siquiera escucha cómo ni cuándo se acuesta Antonio. Pero no falta la noche en que él se acerca lentamente por detrás, roza el muslo de María, detiene su mano en la cadera, sopla dulcemente en su oreja y le susurra al oído. 

- ¿Se puede?

María sonríe y responde. 

- Hasta la cocina. 

lunes, 16 de marzo de 2015

Dejar huella


Fotografía: Rodney Smith


Tú crees que dejas huella, pero es más que eso. Es peor que eso. Siento no sólo tu huella. Es tu zapato, tu pie, tu peso entero sobre mí, imborrable.

Cuanto más te alejas, mayor es la presión, de tu recuerdo, de tu aroma todavía presente, de tu ausencia y del silencio acordándose de nosotros.

Lo has vuelto todo al revés. Tanto, que cuanto más te alejas más creces, y más minúsculo soy yo.

Minúsculo y tonto. O sordo. Porque no te oí. No te escuché, distraído en el mensaje que lanzaban tus ojos y tu escote, cuando tus palabras me advertían de que acostumbras a dejar huella. Y te sentías orgullosa.

miércoles, 21 de enero de 2015

Cabecita loca


Fotografía: "Apples", de Sid Avery


¡Ay, cabecita loca!”. Así me saludaba siempre la abuela, desde que recuerdo. Y siempre se despedía diciéndome: “Cuidado con perder la cabeza”.

Nunca me dijo qué es perder la cabeza. Ni siquiera qué consecuencias tendría hacerlo. Por lo del cuidado intuyo que alguna mala habría, pero ¿y los beneficios de perder la cabeza? ¿Por qué nunca aludió a ellos?

Pensándolo bien, mi abuela siempre me insinuó que perder la cabeza tiene su lado sabroso. Lo sé por la alegría que percibía tras su “cabecita loca” y porque me incitaba a probarlo aportándole misterio y un halo de prohibición al decirme “cuidado”.

Me gusta explicármelo así, porque siento que tengo una cómplice en mis locuras. Sus palabras despertaron esa irrefrenable atracción hacia todo lo que prometía hacer perder la cabeza. Y caí en la tentación tantas veces como se me presentaba. Tenía sus costos, claro, pero valía la pena pagarlos.

Así fui creciendo, hasta que la conocí. Y por primera vez en mi vida perdí la cabeza por una mujer. Acaso también por última vez.

Con ella aprendí de qué peligro me advertía la abuela.

Ay, abuelita, ¿por qué no te hice caso?

jueves, 11 de diciembre de 2014

La traición de los ojos azules




- Dios mío! No me había fijado. ¡Tienes los ojos azules!

En cuanto escuchó esa frase, después de dos años casi viéndose a diario, supo que él ya no le gustaba.

Lo supo porque lo primero que pensó fue: “¿Será que ya no me dilata la pupila?”.

viernes, 14 de noviembre de 2014

El banco



Salió en la prensa. En la prensa local, claro. Un banco había amanecido pintado de rojo rompiendo la monotonía gris de una calle de la gris localidad.

Hubo incluso debate entre vecinos y algún colaborador radial. De la radio local, claro. Las opiniones entre quienes creían que debería cundir el ejemplo para aportar algo de alegría al paisaje y quienes pensaban que era un atentado contra la estética común y tradicional de la villa.

Yo no dije nada. A mis años ya no vale la pena meterse en problemas. Sin embargo, mi sonrisa me delata desde el día del suceso. Porque me hace feliz saber que es nuestro secreto y que tú no lo contarás. Ojalá pudieras.

¿Lo recuerdas? Es nuestro banco.

En él me hablaste por primera vez. En él creamos el hábito de sentarnos cada día un rato para conversar, para conocernos más, incluso en silencio, para acompañarnos. En él nos atrevimos a besarnos sin escondernos, porque es cierto que sentíamos vergüenza, pero no culpa. Estábamos en nuestro derecho.

La tarde del día en que te enterramos fui a sentarme en nuestro banco. Estabas allí conmigo (sé que siempre me esperas allí). No sé si fue idea mía o si tú me la susurraste, pero decidí que lo haría esa misma noche. Por eso pinté de rojo el banco, igual que tú pusiste color al otoño de mi vida gris.

martes, 28 de octubre de 2014

Qué pena?




Hay un reloj que en la noche suena como pasos.
Hay una puerta que se abre sola, cuando le da la gana.
Hay también burbujas, de las de plástico, que suenan solas como si un niño las estuviese apretando.
Hay, claro, un gato gordo paseando pesado sobre el tejado al que no sé cómo subió de lo gordo que está.
Hay (me olvidaba) una pelotita rodando de repente sobre la mesa, lenta, un tramo corto.
Hay ruidos en la calle silenciosa, voces que parecieran sonar al oído, muy cerca.
Hay visitas que de pronto, con cara de sorpresa, o asombro, o susto, o diversión (que cada cual ve lo que ve como lo ve), preguntan: ¿Aquí penan?
¿Qué pena aquí?
¿Qué hay?
¿Será que hay miedo?