Gracias, Claudia

martes, 28 de octubre de 2014

Qué pena?




Hay un reloj que en la noche suena como pasos.
Hay una puerta que se abre sola, cuando le da la gana.
Hay también burbujas, de las de plástico, que suenan solas como si un niño las estuviese apretando.
Hay, claro, un gato gordo paseando pesado sobre el tejado al que no sé cómo subió de lo gordo que está.
Hay (me olvidaba) una pelotita rodando de repente sobre la mesa, lenta, un tramo corto.
Hay ruidos en la calle silenciosa, voces que parecieran sonar al oído, muy cerca.
Hay visitas que de pronto, con cara de sorpresa, o asombro, o susto, o diversión (que cada cual ve lo que ve como lo ve), preguntan: ¿Aquí penan?
¿Qué pena aquí?
¿Qué hay?
¿Será que hay miedo?

lunes, 13 de octubre de 2014

No resulta fácil



No estaba resultando fácil. No se habían separado por falta de amor. Amor sobraba, pero no habían sabido vivirlo bien, se confiaron demasiado, dieron por sentado que con amarse bastaba. Y no basta, sólo es un buen cimiento. Pronto descubrieron que convivir necesita de muchas otras habilidades. 

No estaba resultando fácil para ella. El día lo iba pasando con bastante entereza. El trabajo, la niña y la casa ocupaban su tiempo y distraían su atención. La pena hundía sus hombros, arrastraba sus pasos, pero se mantenía a raya sin entrar en el dominio de la consciencia. Hasta que llegaba la noche, el silencio, la nada. Y cuando la nada llegaba, ya en la cama, abrazaba ese cuerpo de tres años, y se dormía sintiendo su respiración pegada a su pecho. 

No estaba resultando fácil para él. El día lo iba pasando con bastante entereza. Había suficiente tensión y exigencia en el trabajo como para evitarle pensar en otra cosa. También tenía la pena sobre los hombros y amarrada a los pies, y se iba haciendo más pesada según avanzaban las horas, hasta alcanzar el nivel de insoportable al finalizar la jornada laboral. Empezaba entonces una larga agonía en la noche, en el silencio, en la nada. Y cuando la nada llegaba, ya en la cama, rellenaba ese vacío abrazando la almohada. Y se dormía. Con suerte, se dormía. 

domingo, 24 de agosto de 2014

Domingos y fiestas de guardar



Primero fue salir a correr (aunque correr, corría poco). Largos paseos, más largos en el tiempo que en el espacio, que le distanciaban por un rato de todo lo que lo ahogaba. Más bien, le permitían sentir cómo respiraba, pues generalmente no era ni consciente de hacerlo.

Al principio la familia lo esperaba. Cambiaron la misa de 10 por la de 11. Luego por la de 12, por la de la una y un día tuvieron que ir a la de tarde. Porque él no llegó hasta la hora de la comida. Le costó, pero aguantó. Y la familia decidió que allá él, si no quiere rezar que no rece, pero luego que no se queje.

Conquistada la mañana del domingo, comenzó a acortar los paseos. Se convirtió en normal salir a desayunar afuera. Compraba el periódico en el quiosco de la esquina (le gustaba ver que escribían su nombre a uno reservándoselo aunque siempre llegase temprano) y después encontraba libre siempre la misma mesa en la churrería de al lado. “Aquí está su chocolate mediano y sus tres churritos, don Manu”. Era Servando, el camarero, que colocaba sobre la mesa el pedido habitual mientras él se sentaba.
Luego veía por el ventanal cómo la familia pasaba por la esquina en dirección a la iglesia. Se levantaba, dejaba sobre el mostrador el precio de siempre con la propina de siempre y se iba a casa.

Mientras toda la familia estaba en misa, él se conectaba a Internet, curioseaba por aquí y por allá, coqueteaba con jóvenes y no tan jóvenes… fantaseaba más bien, sin intención de ir más allá. Al menos, sin valor. Pero el aire de libertad que respiraba le bastaba para otra semana.

Y, con suerte, se acercaba un festivo.

lunes, 11 de agosto de 2014

Ser (o siendo) uno mismo - El gerundio (y I)




¡Tanta weá dándole vueltas a la necesidad, a la voluntad y a la conveniencia de ser uno mismo sin ser capaz de dejar de serlo! Al final, todo se reduce a que si sabes que no puedes evitar ser quien eres, siéntete cómodo siéndolo.

Y no puedes dejar de serlo principalmente porque te niegas a renunciar a ser quien eres. Todos tenemos irrenunciables. E innegociables. E incluso imposibles. Entonces, ¿por qué preocuparnos en definir el ser en lugar de ser directamente? Déjalo vivir, ya se definirá solito, siendo tú mismo. Es la única manera de librarse de los imposibles, que no ayudan nada.

El único modo, también, de lograr que ser resulte interesante es siendo. Después, el camino se hace andando, y ya iremos decidiendo si introducimos modificaciones o no. Porque la vida no sólo cambia por los verbos que usamos en ella, sino sobre todo por el modo en que los usamos.

Ya lo dijo Cela, con todos sus qués: no es lo mismo estar dormido que durmiendo, como no es lo mismo estar jodido que jodiendo.

Pues eso, viviendo que es gerundio!!!

viernes, 4 de julio de 2014

El cuerpo acompaña - El g(j)erundio (II)




No sé por qué, escribí jerundio, con j. En realidad, escribí sólo jerun, porque lo encontré demasiado delgado y paré para corregir. Cambié a la g: gerun, y lo reconocí enseguida, porque el gerundio es gordito, lo llena todo en el momento. El único tiempo sobre el que tenemos control, que nos pertenece, es el presente y no se me ocurre nada más presente que el gerundio. Un siendo constante.

Eso da miedo. Puesto que es el único tiempo, la única vida sobre la que tenemos el poder de decidir. Y el deber también. Una gran responsabilidad que no siempre es fácil asumir.

Entonces disfrazamos los gerundios de participios, convirtiéndolos rápidamente en pasado para no tener nada que hacer; o los disfrazamos de infinitivo, empezamos a generalizar y diluimos la responsabilidad. 

Pal gerundio hay que echarle un par. Es grande, es potente, y sobre todo es tentador.

Está claro, ¿cómo voy a escribir jerundio? A fin de cuentas nuestro cuerpo no sólo habla de nosotros, es nosotros. Y nosotros somos sólo en el tiempo infinito que él dure. No existimos sin cuerpo, por eso nos revelamos tanto en él. Por eso importa cómo se escriben las palabras. Y cómo se dicen, también.

Y, claro, cómo se escuchan o se leen.

lunes, 16 de junio de 2014

La vida es generosa - El Jerundio (III)


Ilustración: "El estudio", de Fernando Botero


El Jerundio es un tipo enjuto, joven, pero ajado, jocosamente flaco. Jinete de oficio, porque como tal lo aprendió. “Naciste pa jinete”, le dijeron desde niño. Y aprendió, no quedaba otra, pues pa otra cosa no servía.

Así lo creyó, al menos, por mucho tiempo. Y como era así, pa qué cambiarlo. A fin de cuentas, era cómodo hacer lo que sabía hacer. No había pa qué arriesgar aprendiendo cosas nuevas. Pero las cosas nuevas llegan aunque no las busquemos.

Jerundio conoció a Generosa, no muy alta, hermosota, graciosa, la más grata compañía que hubiera podido imaginar. Claro que Jerundio, antes, no imaginaba gran cosa. O nada. Ella lo cambió todo.

Generosa, que en curvas hacía honor a su nombre y eso no pasaba desapercibido a los ojos de Jerundio, le descubrió la imaginación, y algo más riesgoso: los sueños.

Jerundio siguió siendo jinete de oficio, pero le dio vuelo a los sueños. Y como excusa para pasar más tiempo con Generosa, su principal y verdadera vocación, empezó a pintarla. Primero con los ojos, pronto con las manos y la lengua, y luego con el pincel.

Generosa lo miraba enamorada y le susurraba: “Naciste pa pintor”. Jerundio se mecía y estremecía en esas palabras, en esa voz. Le resultaban tan fáciles de creer!

Jerundio es el tipo enjuto, joven, pero ajado, jocosamente flaco que aparece en la fotografía del diario. Sobre ella, un titular: 

El campeón de salto Jerundio abre su primera 
exposición de pintura, “la Vida es Generosa”

domingo, 8 de junio de 2014

Pues anda que tú...!


Fotografía: Rodney Smith


Nos gustaba vacilarnos. Nuestra gran amistad se basaba en buena parte en que teníamos un sentido del humor similar. Nos gustaba pasar tiempo juntas, disfrutar de lo que nos rodeaba (un paisaje, un vino, una comida, una noche de juerga, un monumento, histórico o vivo…), y reírnos todo lo que pudiéramos.
Nuestras bromas, sin importar quién era la emisora y quién la receptora, terminaban igual, entre risas:
- Pero, ¡qué puta eres!
- Pues anda que tú…!


- ¿Margarita te contó?
- ¿El qué?
- En el comedor del colegio se sentó con unos niños que conoce poco y uno le dijo “Margarita, papa frita, tienes cara de tortuguita”. Al parecer, dos compañeros la defendieron y luego ella le comentó a uno de éstos: “Sé que no tienes buenas notas, pero yo por defenderme te doy un siete”.
- Bien, por lo que veo recuerda algo bueno de la experiencia. Vamos mejorando.
- Sí. Quise aconsejarle qué responder ante una situación así, pero no sé qué haría yo.
Nos quedamos pensando cómo reaccionaríamos ante una provocación así. Nos quedamos recordando cómo éramos de niños y meditando qué hemos aprendido desde entonces.
- Tranquilo, mañana hablaré con ella.


- Margarita, cariño, papá me contó lo que te ocurrió ayer en el comedor. ¿Cómo te sientes?
- Bien. Dos niños me defendieron. Fue muy bonito. Me hizo sentir bien.
- Me alegro mucho, mi amor. De todos modos, ¿puedo hacerte una sugerencia?
Margarita asintió, entre ansiosa por hallar un nuevo truco para protegerse y temerosa de “la nueva idea de mamá”.
- Cuando alguien te diga algo así, no te inmutes o sonríe, y respóndele: “Pues anda que tú!”.