Gracias, Claudia

viernes, 4 de julio de 2014

El cuerpo acompaña - El g(j)erundio (II)




No sé por qué, escribí jerundio, con j. En realidad, escribí sólo jerun, porque lo encontré demasiado delgado y paré para corregir. Cambié a la g: gerun, y lo reconocí enseguida, porque el gerundio es gordito, lo llena todo en el momento. El único tiempo sobre el que tenemos control, que nos pertenece, es el presente y no se me ocurre nada más presente que el gerundio. Un siendo constante.

Eso da miedo. Puesto que es el único tiempo, la única vida sobre la que tenemos el poder de decidir. Y el deber también. Una gran responsabilidad que no siempre es fácil asumir.

Entonces disfrazamos los gerundios de participios, convirtiéndolos rápidamente en pasado para no tener nada que hacer; o los disfrazamos de infinitivo, empezamos a generalizar y diluimos la responsabilidad. 

Pal gerundio hay que echarle un par. Es grande, es potente, y sobre todo es tentador.

Está claro, ¿cómo voy a escribir jerundio? A fin de cuentas nuestro cuerpo no sólo habla de nosotros, es nosotros. Y nosotros somos sólo en el tiempo infinito que él dure. No existimos sin cuerpo, por eso nos revelamos tanto en él. Por eso importa cómo se escriben las palabras. Y cómo se dicen, también.

Y, claro, cómo se escuchan o se leen.

lunes, 16 de junio de 2014

La vida es generosa - El Jerundio (III)


Ilustración: "El estudio", de Fernando Botero


El Jerundio es un tipo enjuto, joven, pero ajado, jocosamente flaco. Jinete de oficio, porque como tal lo aprendió. “Naciste pa jinete”, le dijeron desde niño. Y aprendió, no quedaba otra, pues pa otra cosa no servía.

Así lo creyó, al menos, por mucho tiempo. Y como era así, pa qué cambiarlo. A fin de cuentas, era cómodo hacer lo que sabía hacer. No había pa qué arriesgar aprendiendo cosas nuevas. Pero las cosas nuevas llegan aunque no las busquemos.

Jerundio conoció a Generosa, no muy alta, hermosota, graciosa, la más grata compañía que hubiera podido imaginar. Claro que Jerundio, antes, no imaginaba gran cosa. O nada. Ella lo cambió todo.

Generosa, que en curvas hacía honor a su nombre y eso no pasaba desapercibido a los ojos de Jerundio, le descubrió la imaginación, y algo más riesgoso: los sueños.

Jerundio siguió siendo jinete de oficio, pero le dio vuelo a los sueños. Y como excusa para pasar más tiempo con Generosa, su principal y verdadera vocación, empezó a pintarla. Primero con los ojos, pronto con las manos y la lengua, y luego con el pincel.

Generosa lo miraba enamorada y le susurraba: “Naciste pa pintor”. Jerundio se mecía y estremecía en esas palabras, en esa voz. Le resultaban tan fáciles de creer!

Jerundio es el tipo enjuto, joven, pero ajado, jocosamente flaco que aparece en la fotografía del diario. Sobre ella, un titular: 

El campeón de salto Jerundio abre su primera 
exposición de pintura, “la Vida es Generosa”

domingo, 8 de junio de 2014

Pues anda que tú...!


Fotografía: Rodney Smith


Nos gustaba vacilarnos. Nuestra gran amistad se basaba en buena parte en que teníamos un sentido del humor similar. Nos gustaba pasar tiempo juntas, disfrutar de lo que nos rodeaba (un paisaje, un vino, una comida, una noche de juerga, un monumento, histórico o vivo…), y reírnos todo lo que pudiéramos.
Nuestras bromas, sin importar quién era la emisora y quién la receptora, terminaban igual, entre risas:
- Pero, ¡qué puta eres!
- Pues anda que tú…!


- ¿Margarita te contó?
- ¿El qué?
- En el comedor del colegio se sentó con unos niños que conoce poco y uno le dijo “Margarita, papa frita, tienes cara de tortuguita”. Al parecer, dos compañeros la defendieron y luego ella le comentó a uno de éstos: “Sé que no tienes buenas notas, pero yo por defenderme te doy un siete”.
- Bien, por lo que veo recuerda algo bueno de la experiencia. Vamos mejorando.
- Sí. Quise aconsejarle qué responder ante una situación así, pero no sé qué haría yo.
Nos quedamos pensando cómo reaccionaríamos ante una provocación así. Nos quedamos recordando cómo éramos de niños y meditando qué hemos aprendido desde entonces.
- Tranquilo, mañana hablaré con ella.


- Margarita, cariño, papá me contó lo que te ocurrió ayer en el comedor. ¿Cómo te sientes?
- Bien. Dos niños me defendieron. Fue muy bonito. Me hizo sentir bien.
- Me alegro mucho, mi amor. De todos modos, ¿puedo hacerte una sugerencia?
Margarita asintió, entre ansiosa por hallar un nuevo truco para protegerse y temerosa de “la nueva idea de mamá”.
- Cuando alguien te diga algo así, no te inmutes o sonríe, y respóndele: “Pues anda que tú!”.

viernes, 2 de mayo de 2014

Minúscula




Despierto y me descubro pequeña, muy pequeña, minúscula. Y me sorprende la ausencia de miedo a pesar de esta condición. Observo a mi alrededor, más bien miro hacia arriba para ver todo lo que me rodea. El mundo está ahí, lejos, alto, grande, hermoso…, disponible. No está físicamente a mi alcance, soy demasiado pequeña para llegar a él, y sin embargo lo percibo accesible. Más que poco tiempo atrás.

La angustia no ha venido hoy. Quizá haya hecho puente o esté enferma, el caso es que ni ha venido, ni avisó. No la extraño. Sin ella por aquí me permito disfrutar de mi pequeñez, de esta desconocida tranquilidad que me da la sensación de que mi tamaño se debe a un estado de reflexión pausada para decidir qué quiero, a dónde deseo ir, cuál es la próxima meta. Y también la sensación de que cuando lo tenga claro, sólo tendré que crecer, crecer y crecer hasta alcanzarlo. Un centímetro primero y otros después, paso a paso, observando y aprendiendo el proceso para cuando tenga que volver a menguar para tomar un nuevo impulso.

Despierto, me descubro pequeña y sonrío, porque reconozco una nueva emoción que nace de saber que el control sobre mi misma me pertenece, aunque todavía ignore cómo usarlo.

viernes, 18 de abril de 2014

La final




El doctor Patricio Díaz, que todavía no había logrado librarse del “dr. Pato” con el que todo el personal se refería a él, pidió consejo a su colega Francisco Larraín, quien además de un merecido prestigio profesional tenía una presencia imponente. Por eso nunca pasó por la etapa de ser el “dr. Pancho”.

- Dr. Larraín, me alegra que esté aquí –Patricio Díaz estrecha la mano de su compañero y continúa hablando mientras lo acompaña sin soltarlo hasta un asiento--. Verá, he descubierto un fenómeno interesante tras ver a varios pacientes. (Hoy la consulta estaba a tablero vuelto). Quiero investigarlo y me gustaría que me ayudara, porque además podría ser urgente y tal vez tengamos que avisar a las autoridades sanitarias.

El discurso con el que fue recibido logró despertar la curiosidad del anciano médico, quien escuchó al joven sin dejar de observar su despacho. Esbozó una leve sonrisa cuando sobre la mesa vio el diario abierto por la página que ofrecía la crónica del triunfo de Nadal sobre Djokovic en la final del Roland Garros.

- Me llamó la atención que el 90 por ciento de los pacientes que hoy he atendido son hombres que presentan un inmovilizante dolor en el cuello. A los primeros les diagnostiqué una simple tortícolis, pero temo que pueda tratarse de una infección, que si no detectamos a tiempo puede convertirse en epidemia.

- ¿Tienen algún otro rasgo en común además de ser hombres? A veces detalles como la edad, el rango socio-económico o la procedencia geográfica pueden dar pistas invalorables en una investigación médica.

- La verdad, no había caído en ello, pero tengo todavía aquí sus fichas. Veré qué coincidencias hay.

Francisco Larraín leyó de reojo los nombres en las fichas que Patricio Díaz esparcía en la mesa y volvió a sonreírse al darse cuenta de que conocía a la mayor parte de ellos.

- ¡Qué curioso! Tenía usted razón. Todos son vecinos de la misma comuna. Tal vez sea un caso de contaminación…

- Tal vez, sí… Eche otra ojeada, haga memoria y dígame ¿son todos empresarios y profesionales exitosos? Quiero decir, ¿tienen mucha plata?

- ¡Increíble! Sí, así es. Aparentemente a todos les va muy bien.

- Estimado dr. Pato, quédese tranquilo que no hay ninguna epidemia, pero siga así de curioso y aplicado y no tardará en tener su propia tortícolis –dijo entre risas Larraín mientras se levantaba de la silla para irse.

- No entiendo. ¿Usted ya sabe qué les pasa?

- ¡¡Pues claro que lo sé, hombre!! Los conozco a casi todos de mi barrio. Ayer fue la final de Roland Garros, como usted ya sabe –apostilló haciendo un gesto hacia el periódico sobre la mesa--, y a estos weones envidiosos les dio por comprarse un superplasma, de ésos que si Nadal lanza aquí, Djokovic le responde allá –afirmó paseando la mirada de una esquina de la sala a la esquina opuesta--. Así no hay cuello que resista.

Soltó una estruendosa carcajada, que Patricio Díaz interrumpió para preguntarle:

- Dr. Larraín, ¿y a usted no le gusta el tenis?

- ¡Por supuesto que me gusta! Pero yo me compré el superplasma el año pasado y este año decidí ver el torneo en la habitación de mi nana.

miércoles, 2 de abril de 2014

Alzar el vuelo


"Bird", de Arian



Echo de menos alzar el vuelo, borrar la parte de mi mente conectada a la rutina que como lastre impide cualquier movimiento de la imaginación. Cerrar los ojos y abrir las ventanas a las palabras que preciso, a las que se empeñan en jugar al escondite cuando no tengo espíritu lúdico.

Echo de menos alzar el vuelo, sumergirme en la risa que sana de tantos contratiempos, que de tan estúpidos no deberían ni afectarme. Cerrar los ojos para que sea la piel la que me cuente cómo es el mundo, para sentir de nuevo como aún recuerdo que puedo hacerlo.

Echo de menos alzar el vuelo, escapar de la realidad que de tan cercana pierde belleza, quizá por la presbicia que provoca sobrevivir día a día sin sueños, ni energía. Cerrar los ojos y flotar a una distancia prudente, o no, de este suelo tan ruidoso, poluto y enfermante.

Echo de menos alzar el vuelo, creer en la liviandad mientras dure la travesía, coquetear con ideas peregrinas y darles cuerpo. Cerrar los ojos y abrir los pulmones, desconectar esta respiración que parece artificial de tan mecánica y empaparme de aromas reales e imaginarios.

Echo de menos alzar el vuelo y olvidarme por un rato de mí.

domingo, 23 de marzo de 2014

Prepárate




Cuando lo vio al regresar al salón no podía dar crédito a sus ojos. Apenas había estado ausente unos minutos, los necesarios para cambiar su atuendo de mujer intelectual por el pijama de felpa, los calcetines de lana virgen y sus gastadas zapatillas.

La conversación en el taller de Literatura había sido muy interesante y estaba en su punto álgido cuando la profesora dijo que se terminaba el tiempo. Decidieron continuar la discusión fuera de clase y ella propuso ir a su casa, porque estaba cerca y porque no podía permitirse pagar una consumición en ningún pub de la zona.

Era evidente que él malinterpretó su invitación. En los pocos minutos que ella tardó en cambiarse de ropa él se había quitado la suya. Ella lo encontró sentado, desnudo, con las piernas cruzadas, los brazos extendidos a lo largo del respaldo del sofá, un preservativo entre los dientes y una sonrisa lasciva en los ojos que a ella le pareció patética.

- Pero, ¿qué haces?

- ¿Cómo qué hago? Me dijiste que ibas a ponerte cómoda y que me preparara… ¿qué querías que hiciera?

- ¿Que yo dije que te prepararas? ¿Cuándo?

- Sí. Dijiste: “Voy a ponerme cómoda. Prepárate”. No hay muchas formas de interpretar esas palabras. ¿Qué querías que hiciera?

- Noooo. ¿Estás loco? Te dije té. Prepara té.