Gracias, Claudia

miércoles, 18 de septiembre de 2013

La margarita




Alicia permanecía largas horas sentada en la destartalada mecedora que había heredado de su abuela, con la mirada perdida al otro lado de la ventana, sin moverse apenas, como si fuera una muñeca rota abandonada en un viejo mueble. Se sabía diferente a los demás, pero también sabía que no hay dos personas iguales. Por eso no comprendía por qué debía soportar el desprecio ajeno. Hastiada de tanto desdén, se aisló del mundo en su cuarto y optó por otra vida, la que creaba su imaginación cuando los demás creían que simplemente estaba ida.

Octavio pasaba todas las tardes por esa calle después de salir del taller donde se esmeraba como aprendiz de carpintero. Aunque su maestro lo mantenía simplemente para que hiciera los recados más fáciles porque decía que “el payaso del pueblo jamás podrá aprender el oficio”, Octavio andaba siempre con un lápiz en la oreja. Opinaba que así se veía “más profesional”.

Alicia y Octavio compartían un instante todas las tardes, cuando él pasaba por delante de su ventana. Tenían en común el conocer en carne propia el desprecio de los demás, el haberse creado un mundo interior fértil en el que la felicidad aún era posible y el haber aprendido a vivir ignorando el criterio de otros.

Una tarde de verano Octavio se detuvo ante la ventana de Alicia, apartó la cortina de encaje blanco que mecía la brisa tibia y le ofreció una maceta con una margarita.

- Me gustaría, señorita, que cuidara esta flor para mantenerme en su recuerdo. Si prefiere, puede deshojarla, pero ya le anuncio que le dirá que sí la quiero. La amo desde la primera vez que vi el cielo en sus bellos ojos.


17 comentarios:

TORO SALVAJE dijo...

Octavio es un fuera de serie.
Deberían erigirle una estatua.

Besos.

claudia dijo...

Díle a Octavio que saque a Alicia a darse un garbeo por ahí. ;)


bss

Milena dijo...

Qué genial Octavio!

Me ha encantado, feliz de encontrar tus relatos.

Besos

Maruja dijo...

Muy bueno. Me encantan tus relatos. Un saludo.

Lucrecia Borgia dijo...

Muy bien por Octavio. Me hizo recordar a Romeo y Julieta sin escalera...

abrazo

Antonio Misas dijo...

La situación me produce mucho desasosiego. Que en parte alivia lo que dice Lucrecia Borgia.

Besos

De barro y luz dijo...

Y Alicia se comió la margarita y le dijo: está dentro de mí... y vos, ¿querés? :)



Bss

Alís dijo...

Toro Salvaje: Quién sabe? Quizá acabe teniendo su estatua. Besos.

Claudia: Estoy casi segura de que lo hará. Besos.

Milena: Sí, tiene un optimismo envidiable. Gracias y bienvenida. Un beso.

Maruja: Muchas gracias. Un abrazo.

Alís dijo...

Lucrecia Borgia: No hacía falta escalera. La ventana de Alicia está al nivel de la calle. Un abrazo.

Antonio Misas: Lamento el desasosiego, aunque me alegra que haga sentir algo. Besos.

De barro y luz: Seguro que adivinas la respuesta de Octavio a esa pregunta. Besos.

Marisa dijo...

Octavio era
un poeta enamorado.
Alicia tiene suerte.

Un beso

virgi dijo...

Tal para cual, entonces.
Que la margarita florezca y los haga felices.
Besos, Alís

Luis dijo...

Me encantó, el texto es de una belleza increíble.
Partes haciendo una serie de conjeturas y terminas dandote cuenta que lo bello es a veces lo más simple.

Espero que sea parte del primer capítulo de lo que hablamos por face días atrás.

Un abrazo.

Alís dijo...

Marisa: Sí, creo que Octavio resultó un ser encantador. Bicos

Virgi: Creo que sí se complementan. Besos.

Luis: Gracias. No sé si llegue a ser algo tan largo como me gustaría, pero sí volverán por aquí. Un abrazo.

LA ZARZAMORA dijo...

Octavio y Alicia bien se merecían dejar de deshojar tanta margarita por separado...
Besos, Alís.

Alís dijo...

La Zarzamora: Debían encontrarse. Era inevitable. Un beso grande.

Aldabra dijo...

¡que personajes tan tiernos y espontáneos!

tienen un corazón transparente y eso, a mucha gente, le escuece.

biquiños,

Alís dijo...

Aldabra: Es cierto, la espontaneidad no está muy bien vista. Bicos