Gracias, Claudia

jueves, 27 de mayo de 2010

Decir adiós


Fotografía: Lothian



Lo supe hace poco, hurgando en la hemeroteca municipal. Sin saber por qué me surgió la necesidad de averiguar qué ocurrió en mi ciudad cuando yo tenía 10 años.

Mucha noticia política, en un país que acababa de salir de un régimen y estaba iniciando una nueva etapa, llena de esperanzas e incertidumbres.

Por eso me llamó la atención aquella noticia local que robó portadas a la actualidad nacional. Una niña de 10 años fallecía en un trágico y oscuro accidente doméstico, conmocionando a la ciudad. Cuando vi su foto comprendí todo, lo que nunca supe explicaba la sensación de abandono que me acompañó toda la vida.

De Verónica recordaba los juegos, las risas, el estar siempre juntas, el sentirse perdida en el colegio cuando ella enfermaba, las salidas a la playa los domingos de verano con sus padres o los míos, las canciones que gritábamos juntas, las confidencias de los primeros quebraderos de cabeza por amor…

Y de pronto, simplemente desapareció. “Se fue. No volverá”, me dijeron, sin más explicaciones. Nunca entendí cómo había podido irse sin despedirse de mí, sin proponerme que me fuera con ella. Me abandonó y arrastré para siempre ese dolor.

Ahora sé que aprendí a decir adiós antes de saber qué significaba.


viernes, 21 de mayo de 2010

Inyección al mundo


Ilustración: Quino


Yo
Mi hija me pidió un genio. Quiere pedirle tres deseos. ¿Alguien puede recomendarme
uno bueno? (Yo también quiero pedirle tres deseos, por lo menos)
Un amigo
A mi me han dicho... "GENIAL", pero parece que no es lo mismo que " GENIO"...
A veces mi señora dice "QUÉ GENIO", pero no sé si eso es lo que quiere tu hija...


Como la búsqueda de un genio para mi hija claramente había fracasado, creí que le debía un regalo especial. La ocasión para dárselo llegaría pronto, pues unos días más tarde debía ponerse una vacuna. (¡Enfrenta siempre tan bien el miedo y el dolor!).

No sabía qué tan especial podría regalarle, pero siempre llegan ideas si uno está atento a las señales. Fue cuando en el semáforo vi a aquel hombre que se alejaba entre los autos con un mensaje en su espalda (“El mundo en sus manos”). Al girarse, lo vi ofreciendo globos terráqueos, que llevaba entre sus brazos, de diferentes tamaños. El segundo más grande me pareció perfecto para mi hija. Y lo guardé hasta el día de la vacuna. Estaba entusiasmada. ¡Iba a regalarle el mundo a mi hija!

Parece que fui muy efusiva, porque ella lo recibió con la misma ilusión. Se convirtieron en inseparables. Arropaba al mundo, le preparaba comida, le daba besitos… Un día la escuché riñéndole. “¡Etá todo susio! ¡No ordena!”, me gritaba explicándome el porqué de la regañina.

Cuando se le fue pasando el enojo, me asomé para ver si habían hecho las paces. Ella estaba con la jeringa de su juego de doctora pinchando al mundo allá por la Antártica. Al verme, con cara preocupada me dice:

-Le pongo una “iyesión”. El mundo etá muy mal…


miércoles, 19 de mayo de 2010

La chica rebelde de la familia




Rebeca decidió hacer su propio camino, a pesar de que sus padres la habían enviado a un elitista colegio de señoritas en el extranjero en el que básicamente le enseñaron que no debía tener más inquietudes en la vida que la de elegir qué pretendiente le convenía más y, si acaso, qué diseñador haría su vestido de novia.

A ella no le pareció suficiente y se empeñó en ir a la Universidad a estudiar Derecho, por mucho que la familia insistiera en que sería más adecuado Literatura, Música o, en último caso, Filosofía.

Rebeca se dio de bruces con la realidad. El país, inmerso en una dictadura, vivía tiempos convulsos, y ella se convirtió en una de las activistas más combativas de la Universidad. Ganó las elecciones estudiantiles (clandestinas) y se inscribió como militante en el prohibido Partido Comunista.

Superado el recelo inicial, sus compañeros la admiraban, sobre todos los pocos de procedencia humilde que pudieron acceder a estudios superiores. Elogiaban el hecho de que su líder estaba verdaderamente comprometida con la causa a pesar de formar parte de una de las familias más acomodadas del país. Estaba tan entregada a la lucha que incluso cedía su casa para celebrar las reuniones clandestinas del partido.

Aquella noche la reunión se alargó más de lo esperado. Eran las tres de la mañana y el frío hacía incómoda la velada. La chimenea estaba a punto de apagarse. Hacía falta más leña. Rebeca se levantó y golpeó en la puerta del dormitorio de la empleada del hogar, despertándola:

-Compañera, por favor. Salga al patio y tráiganos leña.


lunes, 17 de mayo de 2010

Vínculo




Te acercas a mí con esa mirada irresistible. En ese mismo instante me doy cuenta de que no podré evitarlo, que en unos minutos estaremos desnudos, revolcándonos… Revolcándonos en abono para nuestro fracaso.

Pones tu mano en mi nuca y me atraes hacia ti, hacia tu boca. Me quema tu aliento, me hipnotiza, tu lengua invadiéndome anula mi voluntad. Con tus labios pegados a los míos ya no necesitas sujetarme, y tienes las manos libres para quitarme la ropa.

Lo haces con calma, deleitándote en tu momentáneo triunfo. Tus dedos van dejando huella por donde pasan. Cuando rondan mi ombligo, mis piernas se relajan y te facilitan el camino. Aprovechas y agradeces mi gesto.

Ya te he desnudado. Nuestras pieles juegan ya a reconocerse, y recordamos lo inolvidable, que nuestros cuerpos se con-funden cuando se unen, que no existe nada más, no hay problemas ni ruptura, no hay dolor ni resentimiento.

Luego, al terminar, nos quema el abrazo, nos devuelve a la realidad. A por qué decidimos que no se repetiría. Lo intentamos de todos los modos posibles, pero nuestra relación es insalvable. Sólo nos causa desdicha. Por eso nos divorciamos.

El sexo es lo único que nos une… como vínculo indestructible.

sábado, 15 de mayo de 2010

No tengo nada especial que decirte


Fotografía: Gerald Bloncourt


Sería más fácil tu indiferencia
que tus miradas furtivas.



Ha cambiado tu modo de mirarme. Ya no buscas mis ojos cuando estamos en grupo. Será que temes a la complicidad que aún nos domina, ésa que siempre nos hizo buscarnos y que ahora tiene sabor a derrota.

Cuando nos presentaron no imaginábamos cuánto llegaríamos a depender el uno del otro. Era un acto formal y ese tono definió nuestras primeras conversaciones. No había nada en nuestras vidas que estableciera un nexo entre nosotros, salvo, quizá, el descontento.

La desgana con la que vivíamos nuestras respectivas realidades se fue tornando en ilusión, primero, cuando coincidíamos, y en necesidad, después, cuando casi inconscientemente provocábamos los encuentros.

No sé bien cómo ocurrió, pero de repente nos escribíamos cada día. No importaba qué decíamos, lo que nos servía era estar en contacto. Esperarnos y hallarnos. Un saludo, una reflexión, incluso un no tengo nada especial que decirte nos alegraba el día.

Hasta que ya no fue suficiente. Hasta que empezamos a fantasear, sin hablarlo, con un encuentro furtivo, con decirnos con caricias lo que callaban las palabras y gritaban las miradas al vernos.

Fue terrible, porque sabíamos que era un sueño imposible, que jamás nos lo permitiríamos.

Quizá por eso ya no buscas mis ojos cuando estamos en grupo.

jueves, 13 de mayo de 2010

Pudor





A veces, escribir es como llegar
y abrirme de piernas frente a un desconocido



Llegar y abrirme de piernas frente a un desconocido nunca ha sido una de mis fantasías. (Al menos no en ese contexto). Así que siempre he odiado visitar al ginecólogo. No sé si como causa o como efecto, pero nunca he tenido uno de confianza.

Algunos dirán que es igual que ir al oftalmólogo, e incluso mejor que ir al psicólogo. Tal vez. Pero que me lo digan mientras el urólogo les realiza la exploración prostática…

El caso es que por circunstancias de la vida y por “motivos personales” me toca ir a control ginecológico cada pocos días. No me quita mucho tiempo. Llego, me desnudo de cintura para abajo, espero en el baño a que me den la señal, cruzo corriendo un pequeño hall intentando taparme con una bata que no me alcanza a la altura de la cadera, me recuesto, me abro de piernas, llega el doctor, me dice “hola, cómo estás” mientras unta con vaselina el ecógrafo y me lo introduce. Anota un par de datos y dice: “Estamos listos. Vístete y la enfermera te da las indicaciones. Nos vemos en dos días”.

¿Estamos listos? ¿Así? (la mayoría de los días ni me da un beso al saludarme). Y claro, nos vemos en dos días significa repetir esto que duró tan poco, pero fue tan invasivo. Porque a ese desconocido no sólo le muestro y le abro la parte más privada de mi anatomía, sino que también he puesto en sus manos la decisión que decanta mi futuro. De este proceso saldrá la mujer que voy a ser.

martes, 11 de mayo de 2010

Para no herir sentimientos...


Ilustración: "Niña rubia", de Blanca Gómez Carbonell


-Mamá, ¿sabes? En mi película de hadas también hay niños… son hados.

-Me parece bien, hija, que haya niñas y niños. Es lo normal.

-Sí, y también hay una hada que se llama Basura.

-¿Basura? ¿Se llama Basura?

-Síiiii, se llama Basura.

-Pero ése es un nombre feo.

-No, mamá, no es feo. Basura no es un nombre feo.

-Pero, hija, basura es lo que se tira, lo que no sirve. Es feo como nombre.

-No, mamá. No puedes decir que es feo porque el hada se pone triste. Hay que decirle: Basura, es muy bonito tu nombre. Y así estará contenta.


Recordé el día que en aquella oficina mi hija gritó: “Mira, mamá, qué culo más gordo tiene esa señora”. Y era cierto. Aquel trasero era enorme. Pero no logré entonces hacerle comprender que si lo decía en voz alta podría provocar que esa mujer se sintiera mal.
Quise aprovechar la conversación para hacer que lo entendiera.

-Ah, ya…, le dices a Basura que su nombre es bonito para que no esté triste. Eso está bien. Es como si ves a una señora con un culo gordo y no se lo dices, para que no se ponga triste.

-No, mamá. No es así. Para que no se ponga triste, hay que decirle: señora, es muy bonito su culo gordo.

domingo, 9 de mayo de 2010

El Bar


Fotografía: Bar Les Halles-Frank Horvat

A Luis:
No te fuiste.
Sigo encontrándome contigo en la esquina del Bar


La esquina de la barra era el mejor lugar del Bar (¿o debería decir de El Bar?). Lo primero que pensé cuando conocí su nombre (El Bar de los Ron) es que era un lugar de piratas… Y no me equivoqué.

Era la esquina más bonita del local. Allí estaba aquella preciosa vitrina que exponía postales de todo el mundo enviadas por los clientes. Había una competencia encubierta por mandar la más original. Era un cuadro de honor, porque era un honor estar allí. No cabían muchas postales y rotaban con cierta frecuencia. Lograr que una permaneciese a lo largo del tiempo era un mérito reconocido. Y yo vi alguna de las fotos más bonitas que recuerdo en postales en aquella vitrina.

Era la esquina más movida del local. Allí estaba el reservado para los camareros. Estar tan cerca de ellos invita a confraternizar, y más cuando eres cliente habitual. Para mí era muy placentero poder llegar sola a un bar y sentirme a gusto, como en casa. O mejor. Pero es que siempre es un privilegio poder darse el tiempo de conocer a las personas y ser consciente de ello.

Era la esquina que primero se llenaba. Incluso en las noches en que no entraba ni un solo cliente, esa esquina siempre estaba ocupada. Recuerdo la sonrisa de Luis cuando completamente solo, leyendo el diario en esa esquina sentado en la nevera, te veía asomar por la puerta. Se le encendía la noche, pero era incapaz de no saludarte con una barbaridad.

Era la esquina más representativa del local. Allí estaban parte de los tucanes de vivos colores. Allí estaban todos los frascos de té, de cristal, con el nombre de cada infusión escrito a mano en un pequeño adhesivo blanco. Era la especialidad de la carta, algo que nunca entendí en un bar supuestamente especializado en ron. De hecho, se bebía más ron que té.


Los propietarios eran los hermanos Ron.
Y Luis… Luis era “the boss”, el mejor camarero (y conozco muchos buenos), el confidente divertido (y peligroso, jaja), el amigo loco y leal.

viernes, 7 de mayo de 2010

El profesor



 
El que come de todo
no muere de hambre.


Confiaba en él. No tenía motivos para no hacerlo. Fue su profesor más vocacional: le enseñó todo lo que ella sabe de su profesión, que no es poco. Y le transmitió toda la pasión por lo que hacía. La convirtió en la mejor del gremio… después de él. Juancho siempre fue el mejor.

Confiaba en él, porque también fue su maestro en la vida. Cuando ella cursaba el segundo año de carrera ya vivían juntos, desde aquel día que él le dijo que era la alumna más brillante de la Universidad en varios años y que la amaba.

Juntos trabajaron y triunfaron. Bueno, ella tenía su exitoso trabajo y luego colaboraba en los proyectos que mantenían el prestigio de Juancho. (Y colaborar es un eufemismo).

Confiaba en él incluso cuando comenzaron los problemas. Ella fue madurando y teniendo menos tiempo para ayudarlo. Juancho fue perdiendo popularidad y agriando su carácter.

Confiaba en él hasta la noche en que le confesó que se había enamorado de otra mujer. Por la mañana, se enteró de que Juancho estaba ahora con la alumna más brillante de la Universidad en varios años.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Explora(me)


Fotografía: Josep Maria Cañellas


Explora, indaga, averigua la respuesta de mis arcanos... no tengo ya secretos para ti, expuesta, entregada. Seca mi fuente que desborda y luego llénala de ti.

Quiero que tus olas me asolen, que no quede un espacio sin tu esencia y tu presencia, que no pueda ni un milímetro de mi piel escapar de tu sabor, de tu aroma... que me sacie tu emblema y me preñe tu poesía.

Que domine tu deseo mi entregada geografía.


Y con esa promesa cumplida en mi seno
te entrego mi río, mi risa y mi delirio.

lunes, 3 de mayo de 2010

Sonrisa de compromiso




El viaje que hicimos a ese pueblo del Pacífico me reportó numerosas satisfacciones. Algunas especialmente íntimas, pero todas valiosas.

Como la noche que fuimos a cenar al hotel más histórico de la ciudad. En la recepción encontré, rodeado de guardaespaldas, a quien no esperaba, pero que me hizo recordar de golpe una larga e importante etapa de mi vida, para bien y para mal.

- ¿Leopoldo Larraín?... Usted no me recuerda… Bueno, en realidad usted no me conoce, pero trabajé catorce años en “El diario de Corpa” cuando usted era el editor. Quiero decir que trabajé catorce años para usted…

Él me regaló una sonrisa de compromiso, aunque con aire paternal, y empezó a moverse nervioso, buscando el modo educado de irse ya.

- Tenía ganas de echárselo en cara –le dije, y devolviéndole la sonrisa de compromiso me di media vuelta y me fui.

domingo, 2 de mayo de 2010

Mamá:


Fotografía: Rudy Garrido


Mamá:

Hace unos años te escribí esta carta. Mis sentimientos por ti no han cambiado, sólo han crecido:


Amada madre
Hoy tengo el poder de elegir contigo una relación desde el amor y quiero expresarte todo mi agradecimiento y toda mi admiración.

No he conocido en toda mi vida a nadie con mayor capacidad de amar, con mayor generosidad, con mayor entrega. A nadie que sea capaz, como tú, de superar todo lo malo y de dar sin pedir a cambio. Con nadie como contigo me sentí alguien, alguien bueno, alguien que vale la pena. Especialmente de ti he sacado fuerzas para afrontar cualquier cosa en la vida.

Quiero que sepas que me siento el ser más orgulloso del mundo por poder presumir de una madre como tú. Eres mi modelo. Y ahora que soy madre, más que nunca te admiro. Deseo parecerme lo más posible a ti y me sentiré satisfecha si mi hija, en el futuro, me ama la mitad de lo que yo te amo a ti. Deseo saber aceptarla como tú a mí; comprenderla como tú a mí, aunque a menudo, lo sé, te resultó muy difícil; deseo ampararla y animarla como tú siempre lo haces conmigo. Y que sepa que puede confiar en mí como yo lo hago en ti.

Ojalá nos alcance la vida para demostrarte cuánto te amo y te admiro. En alguna ocasión me manifestaste que a veces tienes la sensación de no haber sido una buena madre. Hoy te lo repito: olvídalo, porque eres la mejor.

Decirte te amo continuamente hasta que me muera no sería suficiente para expresarte lo que siento, porque, tenlo siempre muy claro, te amo aún mucho más.

Gracias.
Gracias por ser tú mi madre y, por favor, dúrame mucho, mucho tiempo. Dúrame siempre. Porque te necesito.


Ahora y siempre.