Fotografía: Rodney Smith
Fue el primer portal abierto que encontramos en nuestro paseo. Tú ibas silbando, distraído. Como si sólo el azar nos hubiese puesto juntos en la vereda. Aún silbabas cuando me hiciste entrar en el portal (¡cómo te gustaba hacer eso!) y juraría que seguías haciéndolo cuando tus labios se posaron en mi boca y tu lengua buscó la mía.
Deseaba con tal intensidad y desde hacía tanto tiempo ese beso, que sólo supe cerrar los ojos y dejarme llevar. Estaba entregada a ti, a tu deseo, pero no podía creer lo que leía en tus ojos. Miraste la escalera y con esa mirada encendiste mi pasión y diluiste mis reservas.
A medio tramo tu mano ya había descubierto bajo mi falda la respuesta que mis ojos todavía negaban. Tus besos me callaban y tus dedos colándose en mi ropa interior me convencían. No quería perder el tiempo negándome a lo que ya no podría renunciar.
No sé cómo lo lograste, pero te mantuviste en mí en cada cambio, en cada paso, en cada movimiento que nos exigían los incómodos peldaños. Tus labios, tus manos, tu sexo en perpetuo contacto y perpetua entrega.
Nos recompusimos, aunque no recuperamos, antes de que apareciera ningún vecino. Al salir, me fijé en la dirección. No quería olvidar dónde había sido nuestra primera vez.
Ya pasó cierto tiempo, pero por fin pude cumplir mi sueño: compré una vivienda en aquel edificio donde nos amamos aquella tarde. Me siento a gusto viviendo aquí. Nadie me molesta. Nadie me habla, porque todos los vecinos piensan que estoy loca. Sólo porque cada tarde me siento en el mismo tramo de escalera en el que me hiciste feliz. Y te recuerdo.
Ellos no comprenden que no puedo olvidar dónde fue nuestra última vez.












