Alicia permanecía
largas horas sentada en la destartalada mecedora que había heredado de su
abuela, con la mirada perdida al otro lado de la ventana, sin moverse apenas,
como si fuera una muñeca rota
abandonada en un viejo mueble. Se sabía diferente a los demás, pero también
sabía que no hay dos personas iguales. Por eso no comprendía por qué debía
soportar el desprecio ajeno. Hastiada de tanto desdén, se aisló del mundo en su
cuarto y optó por otra vida, la que creaba su imaginación cuando los demás
creían que simplemente estaba ida.
Octavio pasaba
todas las tardes por esa calle después de salir del taller donde se esmeraba
como aprendiz de carpintero. Aunque su maestro lo mantenía simplemente para que
hiciera los recados más fáciles porque decía que “el payaso del pueblo jamás podrá aprender el oficio”, Octavio andaba
siempre con un lápiz en la oreja.
Opinaba que así se veía “más profesional”.
Alicia y Octavio
compartían un instante todas las tardes, cuando él pasaba por delante de su ventana.
Tenían en común el conocer en carne propia el desprecio de los demás, el
haberse creado un mundo interior fértil en el que la felicidad aún era posible
y el haber aprendido a vivir ignorando el criterio de otros.
Una tarde de verano
Octavio se detuvo ante la ventana de Alicia, apartó la cortina de encaje blanco
que mecía la brisa tibia y le ofreció una maceta
con una margarita.
- Me gustaría,
señorita, que cuidara esta flor para mantenerme en su recuerdo. Si prefiere,
puede deshojarla, pero ya le anuncio que le dirá que sí la quiero. La amo desde
la primera vez que vi el cielo en sus bellos ojos.










