miércoles, 18 de septiembre de 2013

La margarita




Alicia permanecía largas horas sentada en la destartalada mecedora que había heredado de su abuela, con la mirada perdida al otro lado de la ventana, sin moverse apenas, como si fuera una muñeca rota abandonada en un viejo mueble. Se sabía diferente a los demás, pero también sabía que no hay dos personas iguales. Por eso no comprendía por qué debía soportar el desprecio ajeno. Hastiada de tanto desdén, se aisló del mundo en su cuarto y optó por otra vida, la que creaba su imaginación cuando los demás creían que simplemente estaba ida.

Octavio pasaba todas las tardes por esa calle después de salir del taller donde se esmeraba como aprendiz de carpintero. Aunque su maestro lo mantenía simplemente para que hiciera los recados más fáciles porque decía que “el payaso del pueblo jamás podrá aprender el oficio”, Octavio andaba siempre con un lápiz en la oreja. Opinaba que así se veía “más profesional”.

Alicia y Octavio compartían un instante todas las tardes, cuando él pasaba por delante de su ventana. Tenían en común el conocer en carne propia el desprecio de los demás, el haberse creado un mundo interior fértil en el que la felicidad aún era posible y el haber aprendido a vivir ignorando el criterio de otros.

Una tarde de verano Octavio se detuvo ante la ventana de Alicia, apartó la cortina de encaje blanco que mecía la brisa tibia y le ofreció una maceta con una margarita.

- Me gustaría, señorita, que cuidara esta flor para mantenerme en su recuerdo. Si prefiere, puede deshojarla, pero ya le anuncio que le dirá que sí la quiero. La amo desde la primera vez que vi el cielo en sus bellos ojos.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Los flamencos




El general se atusaba el tupido bigote mientras escuchaba las explicaciones de los miembros del consejo y sus diferentes asesores sobre la crisis de los flamencos.
Algunos organismos ecologistas habían elevado sus quejas a nivel internacional porque el gobierno había comprado ya diez partidas de estas aves, de dudosa procedencia, sin que pudiera justificar su ubicación.

El interés por los flamencos era consecuencia de una cuantiosa inversión en un gran parque bautizado con el nombre del mismísimo general. En él se había habilitado un humedal que reunía todas las características para ser el ecosistema perfecto para varias especies de aves, entre las que los flamencos serían la atracción principal y logotipo del recinto.

El parque había sido promocionado a bombo y platillo como un regalo del general a su sumiso y sometido pueblo. Pueblo que no había podido disfrutar del rosado plumaje de las zancudas porque cuando acudía masivamente cada vez que la prensa anunciaba la llegada de las aves encontraba el humedal casi vacío, salvo por cuatro cisnes cabizbajos que resignados habían echado raíces en las mansas aguas del majestuoso jardín.

Así ocurría: una a una cada remesa de flamencos emprendía el vuelo fugitivo apenas era instalada en el recinto. Lo hacían en bandada, sin deserción alguna, como si sus grandes picos les permitieran tener olfato.

- La única solución que se me ocurre es que les cortemos las alas --apuntó el más joven de los asesores, un hombre con poca experiencia, pero con una gran ambición política y aspiraciones a un puesto más poderoso.

Su propuesta no fue del todo bien acogida y generó un intenso debate. La mayoría de los presentes apostaba por buscar una alternativa menos drástica, aunque sin sugerir ninguna en concreto, y los más ecologistas (que por ello tenían sus días contados en el gabinete) calificaban la idea como una aberración.

La discusión se prolongó por más de dos horas y media, entre quienes defendían de modo vehemente que había que cortar de raíz el problema para lograr que los flamencos permaneciesen definitivamente en el lugar y quienes lanzaban tímidos aunque insistentes alegatos en defensa de los derechos de los animales, amparándose en las previsibles reacciones de los mismos organismos ecologistas que ahora exigían conocer el paradero de las aves.

El general zanjó la polémica con un enérgico puñetazo en la mesa.

-- Déjense de weás --gritó--. Les hemos cortado las alas a todos los hombres de este país y me andan ahora con mariconadas por unos cuantos pajaritos. ¡Que les corten las alas y sanseacabó!

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Amigos con roce




-¿Qué te pasa?
- Nada.

Evidentemente Laura estaba molesta y Fernando, aunque tardó, se dio cuenta de ello. También se mostró incómodo cuando le preguntó. Era la primera vez en muchos años que había tensión entre ellos; su amistad había sido tan fácil. Estaban acostumbrados a relacionarse desde la complicidad y la sinceridad, y jamás les había costado llamar a las cosas por su nombre para evitar malentendidos.

Así ocurrió también aquella noche de celebración y excesos que remataron en la cama de Laura. No estaban seguros de cómo habían terminado allí, pero sí de que les había gustado. Después del sexo se quedaron dormidos, pero en cuanto despertaron a la mañana siguiente aclararon la situación.

- Esto no fue más que sexo.
- Por supuesto que sólo fue sexo. Ambos estamos sin pareja y no se le hace ascos a un buen polvo, pero nada más.
- Sí. Porque estuvo bueno, ¿verdad?
- Ya lo creo. Si no fuera por evitar líos, no me importaría repetirlo.
- Pero si tenemos claro que sólo es sexo, no tendremos problemas. Podemos seguir tan amigos como siempre.

Y claro que repitieron. Cada vez con más frecuencia. Dejaron de ir al cine, de bailar, de salir a cenar, las excursiones… Abandonaron todo lo que antes les unía. Ni siquiera volvieron a tener esas largas conversaciones por las que se hicieron amigos inseparables. En cuanto se veían, daban rienda suelta a sus instintos, dejando siempre claro que no implicarían sentimientos. Y lograron cumplirlo.

“Hola, Laura. ¿Nos vemos esta noche para no sentir nada un rato?”, le había preguntado Fernando cuando la llamó por teléfono apenas un par de horas antes. Y a Laura, pese a que no le disgustaba el plan, se sintió de repente triste. Y la tristeza se transformó en rabia, en decepción.

- ¿Qué te pasa?
- Nada.
- No me digas que nada, porque te conozco, y estás molesta.
- Bueno, sí. ¿Te has dado cuenta que sólo me llamas cuando te apetece sexo?
- Pero si a ti también te gusta.
- Sí, claro que me gusta. Pero me falta algo.
- Joder, Laura. Lo hablamos mil veces y siempre dejamos claro que no implicaríamos sentimientos, que no nos enamoraríamos.
- No, si no me he enamorado de ti. Es sólo que echo de menos al amigo que siempre fuiste. 

domingo, 8 de septiembre de 2013

El grillo




¿Cuánto dura un grillo?

Sí, podría buscarlo en Google y todo resuelto. Pero no sé si quiero saberlo, porque la duda alimenta la fantasía con Pepito. No sé si es el Pepito de siempre o si es el II, el III o si ya se perdió la cuenta. Sé que es un grillo y que todas las primaveras llega a nuestro jardín.

Porque aunque no es oficialmente primavera, ya sus síntomas están presentes. Como el jazmín que muestra sus primeras flores y las anuncia con un carnaval de aroma. Los frutales en flor derrochando color, pintando las calles. O el grillo que abre el primer debate del año sobre él jugando al despiste. ¿Está dentro de la casa o en el jardín?

Llega en las primeras veladas sin estufa, cuando las noches se vuelven perezosas y se demoran en posarse, cuando ya apetece el paseo nocturno con la perra, cuando nos vamos quitando el peso de las prendas de abrigo. Y pone música a las conversaciones en la cocina con el cigarrillo de después de la cena (también después de la cena es rico fumar). El grillo pone la música y a veces el tema.

Llega una noche, de repente, como lo hace la voz de la conciencia. Por eso le llamo Pepito. Y medito sobre si durante el invierno mi conciencia estuvo dormida igual que Pepito.

Ahí es cuando me entra la duda. ¿Dormía Pepito, hibernan los grillos, o ya estaba muerto y el de ahora es su sucesor? ¿Tenemos un grillo en el jardín o una saga? ¿Debo tratarlo con familiaridad o esperar a que tomemos confianza? ¿Es el mismo de todos los años o cada primavera llega uno nuevo? ¿Son familia? ¿Cómo se reproducen los grillos? Porque si Pepito murió, ¿cómo meses después aparece un sucesor? ¿Quién está en mi jardín?

¿¿¿Cuánto dura un grillo???

martes, 3 de septiembre de 2013

Encontré tu diario





- Encontré tu diario.

En momentos de mucho miedo, o después de un susto grave, me imagino en situaciones extremas. Creo en mi mente la sensación de recibir un fuerte golpe durante un asalto, un accidente de tráfico, una caída... Es un modo de autodefensa, como queriendo estar preparada si llega a ocurrir. Y en todos estos intentos, jamás había percibido que un golpe pudiera tener tanta intensidad como el que me acababa de propinar Martín con una sola frase.

- ¿No vas a decir nada?

¿Y qué iba a decir? ¿Qué se puede decir?

- ¿Lo leíste?
- Sí, de principio a fin. Sabes que me gusta como escribes y no pude parar hasta que lo terminé. Incluso estoy deseando ver cómo sigue.

¿Es un halago o una amenaza? Tal vez ambos. Con los nervios no logré descifrar el tono de su voz. Ya sabía que lo había leído, así que esperaba algún grado de molestia en él. Pero, ¿cuánta? En todo caso, ¿qué podría contestar a eso?

- Tus pensamientos son menos peligrosos de lo que temía.

Preferí no preguntar qué esperaba. ¿Pensamientos peligrosos? ¿Qué pensará él para llegar a esa opinión? A fin de cuentas, si nunca antes me había decidido a escribir un diario no era por evitar que alguien pudiera conocer mis secretos, sino por el pánico a descubrirlos yo. Las peores mentiras, y las más habituales, no son las que contamos a los demás, sino a nosotros mismos. Y lo hacemos para ocultarnos eso nuestro que no nos gusta, nos asusta o preferimos olvidar. Mi diario nunca sería el relato de mi vida, sólo una interpretación (mal)educada y compasiva de ella.

- ¿Y? ¿No vas a decir nada?
- (…)
- Pues deberías seguirlo. Las tres páginas que escribiste para presentarte fueron magníficas. Quería leer más.
- (…)
- En serio, deberías seguir tu diario y publicarlo –añadió, entregándomelo--. Sabes que me encanta como escribes.

Lo dijo mientras me daba una de esas palmadas que tanto odio en la nalga, seguida del más dulce de los besos en la frente. Casi empalagoso. Tomó su maletín y se fue feliz a su trabajo.

Y yo me quedé mirándote, querido diario. ¿Qué voy a hacer contigo?

viernes, 30 de agosto de 2013

El juego





-¿Por qué no jugamos a los barquitos?

Martín se sobresaltó cuando la voz de Susana rompió el espeso silencio que habita entre ellos desde hace ya demasiado tiempo. La pregunta le pareció tan absurda que no acertó a responder otra cosa que no fuera un apenas inaudible “bueno”.

Y ahí estaban, después de muchos meses de tanto vacío que ya parecían dos desconocidos, iniciando un juego de niños. Tímidos, casi con sentido del ridículo.

A ambos les parecía estar hablando de su matrimonio según iban rellenando sus respectivas cuadrículas: agua, tocado, hundido… Pero se guardaron cualquier comentario que pudiera dar pie a una discusión, una de ésas que llenó de gritos e insultos el pasado y les condujo a su situación actual. Al menos en el presente reinaba el silencio entre ellos.

Sin darse cuenta, se descubrieron riendo, divirtiéndose, pasando un rato agradable a pesar de estar en compañía del otro. Algo en su interior les decía que alguna vez había sido así, que alguna vez habían logrado disfrutar juntos. Tal vez no estaba todo perdido.

E instauraron un nuevo hábito en sus tardes-noches. Barquitos, parchís, dominó… No importaba cuál era el juego, sino el hecho de hacerlo juntos. Era una hora diaria de oasis en sus desiertos emocionales, una ventana a la felicidad, una dosis de optimismo.

Una noche Susana dijo que prefería ir a dormir. Martín lamentó su decisión, pero pensó que un poco de lectura en la cama tampoco sería un mal plan. Susana se encerró en el cuarto de baño y un rato después asomó a la puerta, con un camisón minúsculo y una sonrisa que le era familiar a Martín. ¡De esa sonrisa se había enamorado años atrás!

Ella lo miró a los ojos y con picardía le preguntó:

-¿Por qué no jugamos…?

Martín tiró el libro al suelo y respondió sólo con una sonrisa llena de esperanza.

martes, 20 de agosto de 2013

Ya sé cómo eres



Fotografía: Rudy Garrido

- Ya sé cómo eres. He encontrado tu perfil en feisbuc y he estado viendo las fotografías. Me gustas. Eres hermosa.

Hermosa no es un calificativo que le hayan dicho muchas veces a Susana. Pero lo creyó porque sonó sincero. Todo lo que le decía Martín le sonaba sincero. No tenía razones para no serlo.

Ese hallazgo, además, lo había llenado de confianza y entusiasmo. Ponerle un rostro a Susana había acercado notablemente a un Martín tímido y precavido. Bajó la guardia y eso ayudó a que ella también se relajara.

Fueron formando una grata complicidad que les llenaba cada día más tiempo. También buena parte de sus pensamientos durante sus ocupaciones habituales. Cada uno encontraba en el otro el remanso ilusionante, la recarga de energía, la dosis de paz necesaria para seguir adelante.

- He estado viendo las últimas fotos que has subido al feisbuc. Sigo pensando que me gustas mucho. Ahora más.

“¿Las últimas fotos que he subido? Hace casi dos años que no actualizo las fotos”, pensó Susana.

Sabía que su amistad con Martín había nacido desde adentro, sin importar el aspecto físico, ni ninguna otra condición más que la de compartir agradables conversaciones. Porque eso era todo lo que había y habría.

De todos modos, no pudo quitarse esa frase de la cabeza y en cuanto tuvo ocasión se conectó a Internet para hacer una búsqueda en la red social: Susana González. Tardó poco en obtener un resultado; aquél que temía. Había unas veintitrés mujeres con el mismo nombre y cualquiera de ellas más hermosa.

domingo, 18 de agosto de 2013

Dos años ya


Fotografía: Alís Gómez

Esa mañana el jardín apareció nevado. No había sucedido antes y no ha vuelto a ocurrir desde entonces. Sí, era un día especial. Que todo estuviera programado no le restaba emoción a lo que pasaría unas horas más tarde.

Estaba tranquila, con la certeza de que todo saldría bien. No tenía ninguna de esas aprensiones típicas de las circunstancias. Tranquila pasé la mañana, dándome tiempo de disfrutar de esa nieve extraña que se dejaba fotografiar con la complacencia de quien sabe que no será olvidada.

Tranquila, también, realicé el trayecto hacia la clínica, observando lo hermosa que estaba la ciudad, blanca y fría. Y tranquila esperé el momento de ser llevada al quirófano, tan sólo ansiosa por ver ya vuestras caritas.

El temor al procedimiento se disipó rápidamente. Cuando pedí que me avisaran cuando fueran a hacer el corte ya estabas saliendo tú, Julia. Violeta lo hizo tan sólo un minuto después.




Ambas sobre mí poníais fin a un largo tiempo de búsqueda, de esfuerzos, de lucha por conseguir que vinierais a este mundo. Nunca esperé que fuerais dos. No era ése mi deseo ni mis expectativas. Sucedió así. Y ahora no sería capaz de renunciar a ninguna de las dos, tan distintas.

Julia, mi bella Julia, mi niña ordenada, despierta, inteligente y con un corazón noble y enorme. Tu timidez no es capaz de esconder tu encanto. Aún sin quererlo, te ganas la atención de quienes te ven y lo haces con esa sutileza que sólo tienen las personas elegantes. Has aprendido a ser independiente mientras tu hermana requería más atención, has respetado sus necesidades y la has acompañado en sus momentos difíciles, sin reclamar, con absoluta generosidad.

Violeta, mi bella Violeta, mi niña encantadora, luchadora, coqueta, con una ternura irresistible. Tu sonrisa y tu gracia son capaces de conquistar cualquier propósito por difícil que éste sea y borra esos arrebatos de mal genio en los que entras y sales repentinamente, sin avisar. La vida no se te puso fácil en estos primeros años, te ha puesto a prueba en distintas ocasiones, y has sabido salir de todas, con ganas y con fuerza.

Habéis llenado, mucho, nuestras vidas. Compensáis con creces todos los esfuerzos por haceros llegar. Entregáis tanto amor y tanta alegría que me hacéis sumergirme de lleno en la felicidad.

Y lleváis dos años haciéndolo. Dos años ya. ¡Crecéis tan rápido!


Fotografía: Rudy Garrido


Feliz cumpleaños, Julia y Violeta

sábado, 10 de agosto de 2013

Norte-Sur




Quizá porque soy atlántica tengo un humor diferente. Nuestros mares definen cómo son nuestras mareas, las que nos mecen por dentro y a veces nos dejan a la zozobra. Quizá por eso me cueste entender, o compartir, tu sentido del humor, tan de otros mares.

Quizá porque el sol que me calienta es el de otra estación (vistes primavera cuando me arropa el otoño) o porque tu norte es mi sur, tengo un carácter diferente. Nuestras pieles se calientan en tiempos opuestos y los vientos nos peinan la raya en distinto lado.

Quizá porque soy la noche y tú el día tenemos tiempos diferentes. La Luna que me alumbra es la que vela tu sueño, cuando estoy lúcida tú bostezas y el cansancio en mis ojos coincide con tu euforia. Quizá por eso nos resulta difícil hallar el punto de encuentro.


Quizá porque somos tan distintos nuestro amor es un milagro.

miércoles, 2 de enero de 2013

La nada



Fotografía: Kosmur


-  No entiendes nada!
-  ¿Qué tengo que entender?
- Nada.

En esa nada se perdieron. La que los une y los separa, la que nada les aporta, pero tampoco nada les quita.
Sin hacer nada por evitarlo, la nada fue creciendo, abrazándolos, poseyéndolos, hasta devorarlos.
Ahora todo es nada.

- Estás muy callada. ¿En qué piensas?
- En nada.