- Tres cajetillas de Kent verde, por favor.
La había visto al entrar. Era imposible no hacerlo. En medio de la tienda de la gasolinera, dos bolsas plásticas enormes llenas a saber de qué interrumpían el tránsito de los clientes. Al lado, ella, no sé si esperando o simplemente aprovechando el calor del lugar, de un espacio cerrado, calefaccionado, que la sacase por unos instantes de la crudeza callejera.
Pequeña, desgreñada, sucia, con ropas amplias en las que tal vez fue menguando a lo largo de los años. (Quizá simplemente donaciones sin tener en cuenta la talla). Una masa desordenada en la que sobresalían sus ojos, vivaces y atentos. Sus ojos eran jóvenes, mucho más que ella, cuyas arrugas delataban una edad avanzada, que tal vez no era tanto y sólo reflejaban las heridas de la vida que la tenían mendigando. Y su voz apareció dulce, calmada.
- Joven, disculpe. No quiero molestar. ¿Podrían darme un chocolate caliente?
- Lo siento, pero no me lo permiten. Me echarán la bronca si lo hago.
- No se preocupe, preciosa.
Había ternura en la voz de la dependienta. No era una excusa, o no me lo pareció. La mujer permaneció donde y como estaba. Afuera el sol ya se había puesto. Era la hora en que empieza a notarse el frío que anuncia otra larga noche de invierno.
- Cóbrame también un chocolate.
- ¿En serio? Gracias. Yo pedí que le calienten un pan.
Al irme, la mujer me acompañó en silencio hasta medio local. Entonces se detuvo y se despidió:
- Muchas gracias. Estoy todas las tardes en el supermercado, donde dejan las bicicletas. A las cinco.
Aún no sé si era un pedido o si me invitaba a su casa, a su único lugar estable.