viernes, 20 de abril de 2012

Pronto




Uno de estos días
resucitaré.


miércoles, 18 de enero de 2012

Sin sentido




El resfriado la había atacado fuerte. Apenas podía respirar y, por supuesto, había perdido todo rastro del olfato. Tanto que casi arde su mesa de trabajo. No se dio cuenta cuando se incendió su papelera y el incidente habría llegado a mayores si un compañero no la hubiera advertido de que olía a quemado.

Se preguntó entonces, como todos hemos hecho alguna vez, la carencia de cuál de los sentidos sería más grave. Y decidió hacer un experimento.

No fue fácil. Lucía ridícula caminando por la calle con un antifaz tapando sus ojos. Las risas de algunos transeúntes fue lo más suave que escuchó. Comprobó en propia piel que la ciudad no está construida para discapacitados y terminó la jornada llena de moratones.

Con el sentido del oído fue un poco más sencillo, al menos pasaba más inadvertida. Usó unos buenos tapones y casi disfrutó del silencio que la acompañó todo el día. Aunque más de una y dos veces estuvo tentada a destaparse los oídos, aguantó la prueba. Incluso cuando un automóvil estuvo a punto de atropellarla porque no escuchó el claxon que la avisaba de su proximidad.

Para aniquilar el sentido del gusto usó un gel de lidocaína, que aplicado en la lengua la privó de percibir cualquier sabor. Esta experiencia fue más llevadera, aunque aburrida, y pensó que no sería un mal método para adelgazar, porque no le producía ningún placer comer. Tampoco percibió el sabor ácido del yogur que estaba empezando cuando reparó en la fecha impresa en la tapa: llevaba más de diez días caducado.

El último día de su experimento fue el peor. Desde entonces su vecina la mira mal, porque le dijo que había engordado mucho. Su mejor amiga dejó de serlo porque le confesó lo que pensaba realmente de su nuevo novio, y perdió el trabajo después de llamar gilipollas a su jefe.

Concluyó, pues, que carecer de tacto conlleva las más graves consecuencias.

sábado, 17 de diciembre de 2011

Tus manos virtuosas




Me sabe a poco
el tacto
de tus manos virtuosas
arrancando
el pecado de mi piel.



viernes, 2 de diciembre de 2011

Tres deseos (y 2)



Estaba a punto de soplar las velas cuando vio que todos sus invitados la observaban con picardía en sus ojos.

- ¿Qué pasa? ¿Por qué me miráis así?
- Porque ya sabemos qué tres deseos vas a pedir.
- Sí --rieron todos y gritaron al unísono--, ¡¡sexo, sexo, sexo!!
- Esta vez tendré que ser más cuidadosa. No olvidéis que nueve meses después de pedirlo estaba pariendo a mis mellizas.

Laura cerró los ojos, tomó aire y sopló fuerte concentrada en su pensamiento:

-¡¡Dormir, dormir, dormir!! Ffiiiuuuuuu


jueves, 17 de noviembre de 2011

Mal augurio



Descansaba en su mecedora, fumando pipa, cuando reparó en un calendario colgado en la pared en el lugar donde antes había un viejo retrato de su madre. Ni siquiera se dio el tiempo de preguntarse quién lo había puesto ahí, porque la fecha que marcaba, bastante adelantada, llamó más su atención: viernes, 11 de noviembre de 2011.

Pensaba en la posible significación de esa fecha (11-11-11) cuando observó cómo la hoja del calendario se teñía de sangre justo antes de que la habitación se sumiera en la más profunda oscuridad.

Fue en ese momento cuando despertó, sobresaltado. Tenía la certeza de que ese sueño significaba algo y aunque no sabía exactamente qué, sí tenía claro que era un mal augurio.

Siempre fue igual. Cada sueño premonitorio se desarrollaba del mismo modo: sentado en la mecedora, fumando pipa, era espectador de algún acontecimiento que tiempo después ocurría en la realidad. Era tan certero en sus predicciones, que se había hecho un nombre en su pueblo y alrededores. De hecho, si Wenceslao Rodríguez avisaba de algún desastre, todos los vecinos se preparaban para enfrentarlo sin ponerlo en duda.

En esta ocasión, sin embargo, había un par de diferencias en el modo en que recibió la premonición: no había sido testigo de un hecho definido y había despertado con mayor angustia de la habitual. Cuanto más pensaba en su sueño, más fuerte era la sensación de que la que había visto era la fecha del fin del mundo. ¿Qué otra cosa podría significar esa tenebrosa oscuridad vinculada con un día de fecha tan peculiar?

Empezó a correrse la voz, más allá de los límites de la comarca en que habitaba. Fue tanta la expectación que despertó su vaticinio que llegaron a su casa, en primer lugar, periodistas del diario local de la capital de provincia y, después, unidades móviles de varios programas de televisión.

Llegó el 11 de noviembre y Wenceslao despertó con una fuerte opresión en el pecho. Convencido como estaba de que ese día se terminaría el mundo, no le dio mayor importancia a su malestar. Será la ansiedad, pensó. Se tomó un buen desayuno y luego optó por quedarse en su mecedora, frente al televisor, a la espera de alguna noticia que confirmase sus temores.

Allí le encontraron sus familiares horas más tarde. Ya no respiraba. Un infarto se lo había llevado mientras esperaba el final.

Sus parientes no quisieron que fuera recordado por una mentira, o un error. Por eso en su tumba hay un epitafio que dice: “El mundo se terminó para Wenceslao Rodríguez el 11-11-11”.


jueves, 27 de octubre de 2011

Distanciamiento


Fotografía: Paco de Alcaudete

- Tú ya no me quieres.
- Claro que sí. Y te deseo.
- Si fuera así, me dedicarías tanto tiempo como antes.
- Es que tiempo es precisamente lo que no tengo. Pero pienso constantemente en ti.
- Eso dices, pero ¿cómo puedo estar seguro de ello? ¿Y de qué me sirve si tus manos no lo reflejan?
- Debes creerme, porque es la verdad. En todo caso, tú tampoco estás demostrando quererme. Nunca te acercas a mí.
- Eso es porque ya me cansé. Desde hace un tiempo siempre debo buscarte yo. Y aún así, en la mayoría de las ocasiones no obtengo respuesta por tu parte.

Ella guardó silencio, porque quien calla, otorga. Sabe que él tiene razón y no tiene valor ni moral para desmentirlo.
El relato, por su parte, y tras desahogar su rabia, continuó durmiendo bajo el polvo del teclado.



viernes, 30 de septiembre de 2011

Díselo con flores




El proceso de divorcio estaba resultando especialmente engorroso. Su marido, a pesar de ser quien lo solicitó, se empeñaba en poner trabas a cada trámite, como queriendo hacerle la vida imposible también en el último episodio de su relación.

Susana estaba desesperada con esta situación. Tanto, que cada vez que meditaba sobre ello su mente saltaba de un pensamiento a otro, pero terminaba siempre recordando a la misma persona: uno de sus primeros pacientes.

Era Vicente, el Popeye, un individuo con un extenso prontuario policial que llegó con múltiples heridas de arma blanca al hospital en el que ella inició su carrera como cirujana. Parecía condenado a una muerte segura, pero la destreza de Susana, tal vez algo de suerte y, sin duda, la fuerza de él se confabularon para salvarle la vida.

Ésa fue la primera cirugía que realizó con dos policías custodiando la puerta del quirófano. Vicente también estaba vigilado por dos agentes cuando recibió el alta y quiso saludar a Susana antes de abandonar el hospital e ingresar en prisión. Llegó con un ramo de flores.

- Doctorsita, quería agradecerle por salvarme la vida.

- Vaya, no sé qué decir. Me sorprendes. No era necesario que comprases flores.

- No, si no las compré. Mi madre tiene una floristería, así que fue fácil. Yo, en realidad, quería darle esto – dijo Vicente entregándole en la mano un trozo mal cortado de una hoja de cuaderno, con un número de teléfono escrito a lápiz.

Susana miró con extrañeza. No entendía qué pretendía Vicente dándole su número y se incomodó un poco pensando que tal vez intentara seducirla.

- Guárdelo, puede necesitarlo. Y si algún día le sobra alguien, llámeme.


jueves, 15 de septiembre de 2011

Breve encuentro




Frente a la puerta de la habitación 405 Ana y Jesús se reconocieron tras muchos años sin verse.


-- ¿Tú no ibas a los Maristas?
-- Sí... Eh, sí, te recuerdo.


No pudieron permitirse una conversación muy larga. Lo justo para traer al presente un par de recuerdos de infancia, el nombre de dos o tres compañeros y un cumplidor "me alegro de verte".


Después, la doctora Pastor continuó la ronda de visitas a sus pacientes del ala de Neurocirugía y Jesús volvió a poner en marcha la enceradora para sacarle brillo al suelo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Gracias


Fotografía: Rudy Garrido

Gracias
a vosotros, por la energía y el apoyo que me habéis dado, que sé que contribuyeron al milagro del que estoy siendo testigo.

Gracias
a vosotros, por vuestra compañía a lo largo de estos meses, por no abandonarme, por seguir presentes aún cuando yo no he dado señales de vida.

Gracias
a vosotros, por persistir con vuestros comentarios y, sobre todo, con los mensajes que me habéis enviado sin obtener respuesta. Espero encontrar el tiempo de responderos uno a uno para expresaros mi gratitud, inmensa, a vuestra paciencia.

Gracias
a vosotros, por respetar mi tiempo de silencio, mi larga noche en que las palabras querían salir, pero no encontraban el camino.

Gracias
también a la vida por permanecer en la persona a la que debo mi existencia y por darle fuerza para superar tantos y tan duros obstáculos.

Y gracias a la vida,
también, por seguir dándome motivos para continuar en la lucha incluso cuando me tienta la idea de tirar la toalla. Dos nuevos y grandes motivos:


Julia y Violeta

miércoles, 9 de febrero de 2011

Mendigo


Fotografía: Rudy Garrido


Mendigo las oraciones de la gente de fe, de buena fe, de quienes aún pueden creer en un dios dispuesto a escucharnos y darnos la respuesta que esperamos.

Mendigo las buenas “vibras” de aquéllos que creen que la voluntad puede mover montañas, espantar el mal, obrar milagros o crear magia donde ya sólo ésta puede salvarnos.

Mendigo abrazos, palmadas y cualquier gesto que alimente la energía, ésa que transmitimos a quienes nos rodean regalando calma, alegría, vida.

Mendigo desde mi pobreza de ánimo toda donación que contribuya a salvar a quien tanto amo y que ahora depende de una fuerza sobrenatural para volver a ser.

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