domingo, 17 de noviembre de 2013

Aniversario




Hace hoy cuatro años estrenaba mi cajón desastre. Sin expectativas y con miedo, aunque relativo porque ni le auguraba mucha vida, ni creía que llegara a tener lectores.

En poco tiempo se convirtió en una gran fuente de satisfacciones.  Era el acicate que me traía de vuelta a la escritura años después de haberla abandonado, la prueba de que podía hacerlo aunque me quede todo por aprender, y era también una sorpresa constante al reunir a un grupo de personas que me apoyaban y animaban con sus comentarios. Por si ése fuera poco regalo, fui descubriendo otros blogs en los que he pasado y paso muy buenos momentos.

Aunque empecé hace cuatro años, sería tramposo decir que el blog esté cumpliendo esa edad, pues por circunstancias de la vida (ella, tan suya, que va imponiendo sus caprichos dirigiendo o torciendo nuestro camino) he estado ausente por casi dos años.

Siempre he tenido la intención de volver, aunque admito que por momentos creí que no lo lograría. Volver para hacer lo que me gusta, escribir, y también para retomar el contacto con los afectos que se fueron creando en esta particular relación con vosotros.

Muchos seguís en el mismo lugar de siempre; otros habéis cambiado de “casa”, pero os mantenéis activos, y algunos han abandonado. Y se les echa de menos. Es curioso comprobar cómo a través de lo que escribimos, bien en nuestros relatos o bien en comentarios a textos ajenos, vamos descubriendo afinidades, simpatías y complicidades.

Por eso, hoy celebro este aniversario y el regreso. Y os doy las gracias, a los de siempre y a los nuevos, por acompañarme, por ayudarme, por estar.

jueves, 14 de noviembre de 2013

Cándida




- Joder, ¿dónde habéis encontrado a esta mujer tan fea? ¡Os va a espantar a los clientes!

Nunca faltaba el imbécil que hiciera este tipo de comentarios que tanto ofendía a Juan y a Paco. Ellos habían contratado a una secretaria, no a una modelo, y si bien era cierto que Cándida no era muy agraciada, cumplía con creces las funciones que le habían encomendado.

Era puntual, trabajadora, proactiva y muy eficiente resolviendo incluso los problemas que se escapaban de su competencia. Parecía que hubiese volcado todas sus cualidades y habilidades en su vida laboral, porque hasta donde sabían sus jefes Cándida tenía una escasa o nula vida social.

Tímida y callada, era una mujer a la que no le interesaba sacar partido de su escaso atractivo con vestuario o maquillaje. O tal vez simplemente no había aprendido a hacerlo. Parecía importarle sólo realizar bien su trabajo, y ese objetivo lo lograba a la perfección, con actitud positiva y siempre serena.

Una mañana Juan y Paco la notaron diferente. Inquieta, distraída y nerviosa.

- Cándida, ¿estás bien? ¿Qué te pasa?
- Perdonadme, es que estoy muy preocupada.
- ¿Tienes algún problema?
- Sí, bueno…, es algo personal.
- ¿Podemos ayudarte?

Cándida dudó. Nunca hablaba de su vida privada. Sus jefes habían llegado a la conclusión que era porque no la tenía. Pero se veía realmente preocupada, y con la necesidad de contar qué le pasaba.

- Bueno… Ayer salí con unas amigas y conocí a un chico. Pasamos la noche juntos en mi casa y esta mañana salió temprano. Dijo que iba a comprar cruasanes, pero no ha vuelto.  Y no sé... ¿Creéis que debería llamar a los hospitales?


lunes, 11 de noviembre de 2013

Mala letra, mala nota




Patricia regresó disgustada del colegio. Había tenido examen de Lenguaje y su profesora no quiso revisar su prueba; se limitó a echarle un vistazo por encima y lo depositó sobre su mesa, molesta, diciendo: “Mala letra, mala nota”.

Laura tranquilizó a su hija. Era buena estudiante, así que ya le iría mejor en la recuperación. Sin embargo, intuía qué había pasado. No era la primera vez. La niña percibió lo que pensaba su madre y, preocupada, dijo:

- Mamá, es que no leyó lo que escribí.
- No te preocupes, cariño, mañana iré a hablar con ella.

Patricia aún no sabía ni hablar cuando comenzó a sufrir esos episodios. La primera vez, acababa de cumplir dos años, mostró un lápiz a su madre de forma insistente. Laura entendió que quería garabatear y le pasó una hoja en blanco. Se sorprendió al ver que escribía palabras, con mala letra, pero comprensibles.

Cuando al día siguiente acudió al colegio para conversar con la profesora le dijeron que no podría recibirla, pues había sufrido un accidente. Estaba hospitalizada, grave, así que una nueva docente se haría cargo del curso y podría responder a sus inquietudes en cuanto conociera y se pusiera al día con los alumnos.

Solicitó entonces ver el examen que su hija había hecho el día anterior. Se negaron a entregárselo, pero su porfía la llevó al despacho del director y logró que éste le mostrara la prueba. Cuando la tuvo en su mano, confirmó sus sospechas: no había respondido a ninguna de las preguntas planteadas; con esa letra ajena, pero ya no extraña, había llenado la página repitiendo una frase: “No uses el coche hoy”.

- Mala letra, mala nota –murmuró sin que su rostro pudiera disimular su desazón.
- Perdón, ¿qué ha dicho? –le preguntó el director.
- No, nada… Lamento que no sepamos ver más allá de las apariencias. Su profesora estaría mejor si se hubiera tomado la molestia de leer –señaló mientras le devolvía la hoja.

jueves, 7 de noviembre de 2013

Reina mora




Había ensayado todo el día cómo bajar las escaleras de forma seductora bailándote la danza de los siete velos… Así pensaba recibirte, con un toque de cadera y un guiño por cada peldaño, con la mirada al frente como la mejor vedette y siguiendo el ritmo de la música con la más pícara de mis sonrisas.

Yo sabía que te iba a gustar. Habíamos acordado introducir más juegos en la relación y siempre te han agradado las sorpresas. Así que cuando se acercaba la hora de tu llegada, me disfracé de odalisca, me maquillé hasta casi quedar irreconocible y me situé en lo alto de la escalera esperando el sonido de tu llave entrando en la cerradura para pulsar el play e iniciar la función.

Por fin escuché tu carraspeo al otro lado de la puerta. Puse la música, adopté la pose con que más lucen mis piernas, encendí la sonrisa y doté a mi mirada de toda la profundidad y lascivia de las que fui capaz.

- Pasa, pasa. Laura se va a alegrar mucho de verte.

Nunca me avisas cuando traes visitas a casa. Tu jefe se debatía entre la risa y la vergüenza, aunque fijó su mirada en el escaso sostén con lentejuelas que cubría mis pechos.

Intenté recuperar la compostura, pero no resultaba fácil con mi apariencia. El traspiés era inevitable, así como que acabara besando las escaleras que había soñado bajar como reina mora.

La expresión del doctor que me está poniendo la escayola tampoco ayuda mucho a superar mi sensación de ridículo.

Ahora entiendo por qué los chinos dicen que trae mala suerte tener una escalera frente a la entrada de la casa.

lunes, 4 de noviembre de 2013

De ahí no me quita ni Dios




Pato y Lucho son vendedores ambulantes. Y amigos. Al menos lo fueron por más de treinta años. Ambos se ganan la vida vendiendo artículos para los más pequeños. Son los más fáciles de enganchar y cuando a un niño se le antoja algo pocos padres pueden resistirse a comprarlo. Ellos lo saben, por eso nunca les había importado dedicarse a lo mismo. Había clientes suficientes para ambos a pesar de ubicarse durante décadas separados por apenas unos metros.

Lucho, sin embargo, ávido de mayores ganancias, introdujo una novedad en su método de venta que puso en riesgo su amistad: un aparato de música y dos altavoces anunciaban a gran distancia su presencia. Los pequeños seguían hipnotizados las canciones infantiles de moda y llegaban al puesto de Lucho sin advertir que a pocos metros estaban Pato y sus juguetes.

De nada sirvieron las quejas de Pato, que apeló a la larga amistad que les unía para pedir a Lucho, al que acusaba de competencia desleal, que volviese al sistema antiguo, que cambiase de calle o que trabajase en un horario diferente.

Como no lograron llegar a ningún acuerdo, decidieron acudir a uno de esos programas televisivos en los que un supuesto juez intercede entre dos partes para resolver sus conflictos y que tan de moda estaban en ese tiempo. La conductora del programa, sin tomar partido por ninguno de los ahora rivales, propuso las mismas soluciones que Pato había apuntado, pero se encontró frente a dos tercos que no estaban dispuestos a dar su brazo a torcer.

Jueza: Pero, vamos a ver, ¿cuántas horas trabajan?
Pato: Dos.
Jueza: ¿Y usted?
Lucho: Dos.
Jueza: Bueno, entonces tiene fácil solución. El día es muy largo. Uno puede trabajar, por ejemplo, de tres a cinco y el otro de cinco a siete. E incluso pueden alternarse.
Pato: Ah, no, señoría. Es que tenemos que trabajar de una a tres, que es cuando los carabineros se van a almorzar.

Ante la imposibilidad de alcanzar una solución pactada, la jueza hizo uso de la autoridad que le confería su millonario contrato televisivo y dictaminó que Lucho, puesto que era el más beneficiado por incrementar de forma considerable sus ganancias en detrimento de su amigo Pato, debería buscar otro lugar para dedicarse a la venta ambulante.

- Ah, no, señoría. A mí de ahí no me quita ni Dios, ni un juez… Bueno, si acaso los carabineros.

jueves, 31 de octubre de 2013

Un sueño recurrente


Imagen: Joshua Hoffine


Cuando era niño, tuve por años un sueño recurrente. En él, mis padres me levantaban urgidos a mitad de la noche porque teníamos que escondernos. Flatza estaba en camino y no debía encontrarnos.

Yo no entendía qué pasaba, me limitaba a seguirles adormilado y me ocultaba con ellos, que temblorosos me contagiaban su temor. Poco después se escuchaban unos gruñidos y cómo unos pies se arrastraban por el pasillo de la casa. Flatza, un monstruo enorme, de color pardo y con grandes garras, descubría nuestro escondite y nos engullía.


Anoche desperté con los gritos de mi hijo menor. Había tenido una pesadilla y lloraba desconsoladamente. Su madre y yo intentamos calmarlo, le explicamos que los monstruos no existen en realidad, que son miedos que tenemos en la vida y que en los sueños adoptan formas monstruosas, pero no pueden hacernos nada. Sin embargo, no había modo de tranquilizarlo y me quedé sin argumentos cuando entre llantos gritó:

- Papá, ayúdame. Yo no me quiero ir con Flatza.


lunes, 28 de octubre de 2013

Descansa




Me pides permiso para irte. Yo acaricio tu frente e intento sonreír mientras te digo que descanses ya, tranquilo. Observo en qué han convertido tu cuerpo estos años de lucha y entiendo que no es justo pedirte ni un esfuerzo más.

Tu cuerpo ha menguado, pero tú no, tú has crecido desde la negación, la rabia, la pena y la asunción en un proceso que te ha transformado en un gigante sabio que tiene que irse cuando más podría enseñarnos.

Y yo maldigo esta enfermedad que te arrebata de nuestro lado siendo aún tan joven. La maldigo al tiempo que le agradezco, por habernos permitido no sólo despedirnos, sino también decirnos todo lo que callábamos porque nos creíamos con tiempo, amarnos mejor, conocernos más, confirmar la certeza de que de nuevo nos habríamos reunido si la vida nos diera una segunda oportunidad, sin cambiar nada salvo tal vez aprovechar más cada momento.

Hemos hablado tanto en este último tiempo, que no es necesario extender la agonía. Hemos logrado entender que vivir no se trata tanto de averiguar por qué ocurre lo inexplicable, sino de aceptar, enfrentar y exprimir todas las posibilidades que nos ofrece cada nueva situación. Aunque sea la última.

Acaricio tu frente e intento sonreírte porque quiero que te vayas en paz, con la tranquilidad de haber dado todo de ti, el convencimiento de que sabremos estar bien, la certeza de que seguirás en nosotros y la satisfacción de haber exprimido hasta el último segundo de vida asignado.

Y cuando te hayas ido, lloraré. Expulsaré en llanto la pena y la rabia de no estar lista para seguir sin ti, lloraré hasta vaciar de mí esta impotencia que me llena y me impide parecerme a ti. Y después, de nuevo, te dejaré partir.

jueves, 24 de octubre de 2013

Puta




Mis hijas se parecen a su padre. Físicamente no hay ningún rasgo que las vincule conmigo. Es algo que he tenido que asumir: la genética paterna fue más fuerte que la mía. Sin embargo, según van creciendo y mostrando su carácter, ya encuentro en ellas características mías. Una de ellas es la percepción, o la intuición, que según algunos no es más que otra prueba de que soy una bruja. Supongo que lo comentan con cariño (si no, tendré que preparar algún conjuro ejemplarizante).

Mi hija mayor demostró pronto sus dotes. Cuando apenas empezaba a hablar nos hacía advertencias y vaticinios que luego se cumplían. Y siempre nos lo recordaba con un “¿ves?, te lo dije” lleno de satisfacción. Confieso que en alguna ocasión me dio miedo y todavía espero que alguno de sus anuncios para los próximos años no se cumpla.

Las pequeñas, con sólo dos años, manifiestan ser perceptivas con sus reacciones ante las personas. Con algunas interactúan felices como si las conocieran de toda la vida aunque las vean por primera vez, y con otras se defienden con mirada de desconfianza y distancia. Cuando observo a quienes generan esa respuesta, a menudo son seres con malas vibraciones. O así me lo parece.

Ahora que empiezan a hablar, las mellizas también sorprenden con sus comentarios. Tenemos que esmerarnos en traducir sus declaraciones para evitar problemas, a veces fielmente y otras veces disfrazando sus palabras.

La semana pasada, Violeta jugaba en el parque. De repente, se quedó mirando a una vecina que estaba de pie frente a ella y señalándola empezó a gritar: “Puta, puta, puta”.

Yo no sabía qué hacer ni qué explicaciones dar. Se oía perfectamente lo que decía Violeta, porque todos los demás nos quedamos en silencio, sorprendidos. De repente, de detrás de la señora apareció una mariposa revoloteando, a la que mi hija persiguió gritándole: “Puta, puta, puta. Mira, mamá, una puta”.


PD: Dedico este texto a mi hija Violeta, que llama puta a las mariposas. (A la chirimoya la llama poya, de lo que deduzco que a las mariposas les gusta la chirimoya).

lunes, 21 de octubre de 2013

Estás buenamoza


Fotografía: Cornell Capa


-- Estás buenamoza.

Me sorprendes, porque no estoy acostumbrada a que me piropees, y no encuentro la respuesta oportuna. Ni siquiera un gracias, porque más que alegrarme, tu comentario casi me ofende. Soy la misma de todos los días, la misma que acompaña tu vida desde hace años, la misma que escucha cada noche tus problemas e intenta ayudarte aportando otro punto de vista, la misma que cayó en la rutina de imaginar mil y una maneras de romper la rutina.

Casi me ofende ese piropo por escaso, por inesperado, porque suena extraño en tu voz. Porque despierta multitud de preguntas que dicta mi inseguridad y lo encajo con el mismo miedo que se reciben esos ramos de flores que disfrazan la culpa de quien los envía.

Me dices que me encuentras bonita hoy, y me molesta que no me lo hayas dicho ayer, la semana pasada, el mes anterior o cualquier día de estos años que hemos compartido con la tranquilidad del cariño asegurado, con la inercia que proporciona ese sentido de posesión que creemos invulnerable.

Me molesto tanto que no se me ocurre pensar que tal vez me lo dices porque hoy por fin he decidido quitarme el pijama, elegir un vestido que me sienta bien y estrenar por fin el rímel para resaltar mis ojos. 

jueves, 17 de octubre de 2013

Despertar




-- Hola, Maruja. ¿Cómo estás? Pareces cansada.
-- Calla, mujer. Anoche tardé muchísimo en dormirme, y cuando lo hice sonó un despertador muy ruidoso. Ya no pude pegar ojo. Debe de ser de los del segundo, voy a pedirles que lo cambien.
-- Si sonaba muy fuerte, creo que es el despertador de mi hija.
-- ¿Cómo va a ser el de tu hija? Vivís en el quinto y yo en el primero. Tiene que dejarla sorda.
-- Suena muy fuerte, sí, pero a ella no la despierta. Ni se entera.

Así era. Podía estallar la bomba más potente a mi lado mientras dormía, que yo no me enteraba. Era un suplicio para mi madre despertarme cada mañana. Ella temía ese momento del día, porque debía intentarlo una y otra vez, de las maneras más inverosímiles, para lograr que volviera a la vida desde mi profundo sueño.

Excepto los domingos. El mágico ritual de los domingos, que conseguía despertarme suavemente sin necesidad siquiera de abrir la puerta de mi habitación.

En mis sueños se colaba siempre un aroma, un agradable olor que se filtraba por debajo de mi puerta hasta llegar a mi nariz, envolverme entera y alertar todos mis sentidos, llevándome a un placentero duermevela en el que aguardaba la señal definitiva para levantarme de un salto y saludar sonriente al nuevo día.

Era un olor dulce, cada vez más intenso, que se imponía al sueño más profundo y sacudía mi honda pereza. Era imposible resistirse.

Una vez abiertos los ojos, lo que ocurría un rato después de que se activara mi olfato, sólo había que esperar unos minutos. El olor era el “preparados”, la apertura de ojos era el “listos”, y el “ya” llegaba cuando se abría la puerta de la casa y oía a mi padre diciendo: “Ya están aquí los churros”.

En menos de diez segundos ya estaba sentada a la mesa de la cocina para disfrutar el exquisito chocolate que preparaba mi madre y que inauguraba oficialmente todos los domingos de mi infancia.