jueves, 12 de marzo de 2020

Metepatas



Iba a dejar de publicar por un tiempo. Escribir no, no puedo. Lo hago a diario. Es mi lugar. Pero no iba a publicar por un tiempo. Estaba convencida, porque sentía que lo necesitaba. No me gustó cómo me sentí los últimos días, quizás semanas. La falta de tiempo que vienen con una separación y una doble mudanza (mis hijas viven ahora en dos casas) me impidió estar como hubiera querido. Hablo del blog y de la vida. Las emociones tampoco son muy estables, y la atención, puesta a mil cosas, también se resiente. Cuando empecé a disponer de tiempo quise ponerme al día. No retomar desde donde lo encontraba, sino leer todo lo que me había perdido. (Es un disfrute leeros, a casi todos, jajaja). Y también necesitaba publicar, incluso a diario, e igual se me acumularon textos que cuando releo no me dejan indiferente: no me gustan, o me asustan, o me duelen… El caso es que me volví más torpe. Y más sensible. Y no me gustó cómo me sentí, ni lo que me pasaba a mí, ni algunas respuestas que recibí o que se callaron. Evidentemente, me volví una metepatas. Lo peor es que hubo reacciones que me dolieron. La más tonta de todas fue la que colmó el vaso. ¡Cómo me hirió ese correo en que de repente alguien que apenas (no) me conoce me acusó sin razón de mala onda! No soy una santa ni ganas que tengo, pero soy buena. La gota que colmó el vaso. Decidí dejar de publicar por un tiempo y aprovechar para sólo leeros. Y alejarme un poco. Tomar distancia de “esto” que me tiene atrapada; que me llena y me vacía a la vez, que me revuelca en el fango igual que me baña en almizcle. Que me gusta y por lo mismo me duele…

Obviamente, también ando torpe cumpliendo mis decisiones. Y publico, porque no quiero que me gane el desencanto (intentaré ser más cauta), ni la desilusión (procuraré alimentar mi pasión). Pido perdón a quienes os hayáis sentido mal en alguna ocasión por causa mía. Estad seguros de que no lo pretendía y no me di cuenta, por si sirven como atenuantes. Ando cansada, a ratos de la vida, a ratos de mí. Cansada físicamente, porque llevo tiempo sin dar mucho descanso al cuerpo. Y agotada emocionalmente, de sentirlo todo tan intensamente, y del esfuerzo cada vez más débil para no desbocarme. ¿Y la cabeza? A mil, no podéis ni imaginar la cantidad de pensamientos que se cruzan por segundo. Se chocan algunos, se funden otros y los más avispados logran esquivar la colisión. Así está mi cabeza, con el responsable de la torre de control reventado. 

Y pese a este cansancio vital, o por él, despierta una parte de mí, la rebelde, la misma que cuando mi padre me pegaba me hacía pararme frente a él, sacar pecho y decirle lo que pensaba. Aunque llegase otra hostia más (siempre la penúltima). Ahora digo lo que pienso (una parte), saco pecho y me paro. Y publico porque recuerdo qué me hizo abrir este blog y qué me hizo mantenerlo. Porque tengo que ser más fuerte que los juicios que tengáis sobre mí. Porque escribo porque me gusta y recibo con los brazos abiertos a quien quiera dar su opinión sobre lo que escribo: porque me halagan y alientan los piropos, y aprendo mucho de las críticas. Y respeto a quien quiera no hacerlo. Si no te sientes a gusto, no estés. Y si te sientes a gusto, disfrútalo. 

Disfrútame.

Publico cumpliendo el compromiso que adquirí conmigo misma cuando regresé hace año y medio, aunque nunca me hubiera ido del todo. Y lo hago contando cómo me siento porque me sale de ahí mismo. Y me quedo, porque nadie me va a echar.

Y tú… 
Tú tómate la pastilla.


martes, 10 de marzo de 2020

La penúltima hostia




No sé si estoy para esto. 
Ni sé para qué estoy, en realidad. 
Más ganas me dan de no estar, si no fuera que vivo estando.
No existe antipirético para esta fiebre que me enferma el alma.
No fue buena idea llegar sin careta a este baile de máscaras.
Desnudarme sólo lo empeoró.
Reúno los retazos raídos de lo que aún es mi dignidad para cubrir mi vergüenza.
Recibo la penúltima hostia antes de alcanzar la salida.
Me duele, aunque no debiera, porque viene de una mano que ni conozco ni lo deseo.
Tal vez duela porque ésta no la esperaba. Las otras tampoco.
No conozco a nadie en realidad en esta fiesta (ni siquiera me reconozco) y la música que suena no me mueve, ni me inspira.
Cubro las orejas con mis manos temblorosas para dejar de escuchar sus pensamientos.
Enjugo mis lágrimas. No las merecen. 
Ya las derramaré cuando esté sola (como si no lo estuviera ya). Por mí, por los muertos, los sueños suicidados y las apuestas perdidas. 
Y herida de muerte emprendo el camino del olvido.
Entrego mi vacío como peaje y me vuelvo nada.
Nada fui. Nada soy.
Sólo este dolor y su eco.
Y un desencanto insondable.

lunes, 9 de marzo de 2020

¿Recuerdas?


Fotografía: Eddie O´Bryan



¿Recuerdas, amor,
el goce infinito
de desearnos?

¿Recuerdas, tal vez,
todas las sensaciones
en un instante?

¿Y no recuerdas
que querías tenerme
toda la vida?

Recuerda, amor,
re-siente y presiente
mi ávido fuego.

¿Lo recuerdas?


domingo, 8 de marzo de 2020

A destiempo


Fotografía: Rodney Smith, una vez más


- Buenos días.
- …

- Buenos días.
- …

- Buenos días.
- …

Cada mañana le enviaba un saludo. Nunca recibía respuesta. Y se dormía en el silencio cada noche, hasta que una no pudo más.

- Hasta mañana.
- Hasta mañana.

Su alegría se empañó rápidamente con una duda: ¿de qué nos perdemos en esas horas que andamos a destiempo?


sábado, 7 de marzo de 2020

Cabeza rapada




Dos veces me rapé el pelo. Siempre lo había tenido largo, hasta la cintura. Me resistía incluso a cortarme las puntas, porque las peluqueras (como la vida) siempre se llevan más de lo que merece llamarse puntas.


La primera fue en 2010.
Mi madre nunca ha sido de maquillarse. Para las bodas de sus dos hijos y poco más. Pero le gustaba llevar el pelo arreglado (descubro ahora escribiéndolo su sensualidad madura), y cada semana o diez días iba a la peluquería. Cuando le diagnosticaron el cáncer, una de las cosas que más la preocupó fue la caída del cabello. Salí por un momento, ya cerca del mediodía. Cuando volví, sentada a la mesa me miró y sonrió. Luego se echó una mano a la cabeza.

- Ay, ay, ay. ¡Estás loca!... ¡Y te pelaste para estar como yo! 
- Sólo es pelo. Nos crecerá juntas.

Y volvió a sonreír. 
Fue una de sus más bonitas sonrisas.


La segunda fue en 2014.
Estaba en medio de un intenso proceso personal. Como ya me había visto y me había sentido cómoda, fue más fácil decidirme. De repente sentí que la belleza debía sacarla de adentro. Sería como sacarme el bastón. Y surtió efecto. Empecé a buscar en mí todo lo que me daba seguridad, mis dones, mis luces, la aceptación de mis sombras, las sombras de mi aceptación. Y me volví coqueta. Volví a serlo. Encontraba el ánimo, y las fuerzas, para resaltar mis ojos, sostenía la mirada, el horizonte entró en el campo de visión. Sonreía más. 
Algunas de mis más bonitas sonrisas.


viernes, 6 de marzo de 2020

Hazme un sitio


Fotografía: Vlad Artazov



- No te entiendo…
- Hace ya tiempo que me preocupa que todas nuestras conversaciones comiencen con esas tres palabras.
- No desvíes el tema de conversación.
- Sólo digo que algún día "eso" debería ser el tema de conversación.
- Y por lo que veo has decidido unilateralmente que hoy sea ese día.
- ¿Acaso tú no habías decidido ya que fuera otro?
- Así no llegamos a ningún lado...
- Eso es lo malo. Que ya no hablamos por el placer de hablar. Pareciera que cada vez que lo hacemos tuviéramos que llegar a algún lado. Y yo no tengo claro querer moverme de aquí.
- Bueno… Está bien. No lleguemos a ningún lado. Pero hazme un sitio aquí…


jueves, 5 de marzo de 2020

En tu voz


Fotografía: Daniel Biber


En tu voz percibo esa emoción que un verso jamás sabrá capturar. Tu voz me dice quién eres, qué es o no posible, qué te hiere y qué te calma. En tu voz encuentro lo que tus palabras esconden. O callan. 

De todas tus desnudeces la que más me gusta es la de tu voz. Ese temblor que me abriga y me habla de tu vello erizado. La suavidad que demuele mi recelo y me hamaca en la confianza. La alegría agazapada en un tono, en una risita tímida o en un silencio de placenteros puntos suspensivos. La melancolía en el modo de arrastrar alguna idea. El desdén, los secretos que te ocultas y el que deseas contarte…

En tu voz te veo.
En tu voz me encuentro.


miércoles, 4 de marzo de 2020

Imposible


Fotografía: Henri Cartier-Bresson


No nos encontramos.

(Porque no supimos buscarnos)

((Pero estábamos ahí))


martes, 3 de marzo de 2020

Me río contigo




- ¡Cómo me río contigo!
- Entonces déjame besarte.
- ¿Para qué?
- Porque… imagina: risa y beso juntos. ¿Qué mejor?
- ¿Qué mejor?... proteger la risa.
- ¿Por qué un beso habría de poner en riesgo la risa?
- ¿Y por qué la risa habría de llevarnos a un beso?
- Porque cuando ya sabes que estás a gusto te apetece mayor intimidad.
- ¿Qué te hace pensar que mi risa es menos íntima que mis besos?
- La intimidad de tu risa y la de tus besos, sumadas, ya son mayor intimidad...
- ¿Asumes el riesgo?
- ¿Qué riesgo habría?
- Hazme reír y me tendrás siempre cerca. Dame un beso y podría acabar odiándote.


lunes, 2 de marzo de 2020

Me da miedo




Me da miedo que eso que te gusta, porque te calienta, sea también lo que te aleje de mí. 

Me da miedo quitarme el bozal y que me tiente morderte. Y que te agrade y que le temas.

Me da miedo que los juicios que mamaste me condenen al mostrarme inadecuada.

Me da miedo que me veas desnuda y que no te guste la historia que cuenta mi cuerpo.

Me da miedo soltar mis instintos, esos que añoras, y que coincidan con tu reticencia.

Me da miedo la torpeza de la piel, la amnesia de la caricia y la desidia de los besos.

Me da miedo tu persistencia en aferrarte a lo que ya no es y que no deje nacer lo posible.

Me da miedo ser. Genuina, confiada, transparente. Y tener que mirar de frente tu reproche.

Me da miedo, también, el espacio en que no estás. En que no estoy. Vacío, intimidante… y sin luz.

Y me da miedo el miedo.