A Laura se le escapaba una sonrisa cada vez que despertaba y veía a Fernando a su lado. Era una reacción instintiva, que no podía controlar. Y según fueron pasando los días, también descubrió que no quería. Abría los ojos, sonreía y le daba un beso tierno.
A Fernando le enamoraba ese momento. No imaginaba otra forma de iniciar el día. Y según fueron pasando los días, también descubrió que no quería.
Habían pasado una buena noche, la primera desde que Laura le pidió ayuda para desnudar su alma. Él escuchó ese pedido como un acto de entrega inimaginable hasta entonces, era lo que necesitaba para atreverse a vencer sus propios miedos. Respiró hondo y le preguntó:
- Cariño, si fueras cien veces más valiente ¿qué harías?
Laura dio un respingo. Le asustó la pregunta. Lo habitual habría sido salirse de ahí, responder alguna trivialidad, y estuvo tentada a hacerlo. Sin embargo, se quedó pensativa.
- ¿Qué haría si fuera cien veces más valiente?... Me atrevería a contarte aquella vez en que siendo niña me convirtieron en un juguete, un juguete roto. Me arrebataron todo lo que me constituía como persona. El respeto, la dignidad, la inocencia… Fue cuando el miedo se ancló en mi alma al mismo tiempo que sus dedos se introducían en mi ropa interior. La rabia que no apareció entonces para defenderme, me acompañó toda la vida y se disparó contra quienes no tenían la culpa de lo que él me hizo. Fui dejando mis propias víctimas en el camino… Y luego la vergüenza, la maldita vergüenza en la que se convirtió la dignidad robada y que me acompañó por tantos años, la que me hace esconderme, la que me condena por algo que no hice y que no pude evitar, y que no sé cómo arrancármela…
Se acurrucó pegada al cuerpo de Fernando. Por primera vez sin vergüenza, por primera vez sintiendo ese espacio de seguridad en el que podía simplemente ser. Respiró de nuevo.
- ¿Y tú? ¿Qué harías si fueras cien veces más valiente?
- Me atrevería a preguntarte todo lo que deseo saber de ti y callo por no asustarte.










