domingo, 23 de febrero de 2014

La pena




Me acuesto y cierro los ojos en mi rutina de recorrer mentalmente cada rincón de mi cuerpo. Inicio el viaje por lo más fácil, los músculos, ordenándoles relajarse en orden ascendente desde la punta de los pies. A la altura de los hombros me cuesta un poco, están demasiado contraídos y se empeñan en desobedecer. Superado el obstáculo, sigo con el cuello y la cabeza. Cuando ésta se deja ir siento como si desapareciera.

Me concentro entonces en mis órganos. Los intestinos y el estómago se empujan por hacerse notar en primer lugar, ávidos de expresar sus quejas por la cena. No sé por qué no se acostumbran de una vez, a fin de cuentas son demasiados años ya con una alimentación desordenada y que no entra en el capítulo de saludable.

Riñones, hígado, pulmones (un poco achacosos, pero resistentes), corazón, cerebro… aparentemente todo está en orden así que acompaño ahora a la sangre que, fruto de la relajación, circula más lenta de lo habitual por mis venas. Es agradable sentirlo; es como ir tumbada en una balsa que se deja llevar en un río de aguas tranquilas.

De repente la calma desaparece empujada por un torrente de pena que irrumpe y se cuela en las venas para llegar directa al corazón, apresándolo y apretándolo en su fuerte puño. Es una pena densa, intensa, inmensa y oscura, de origen desconocido y que llega sin avisar. Sin dar tiempo a nada lo llena todo y oprime mi pecho impidiéndome respirar.

Envía un emisario a mis ojos, inundándolos y desbordándolos de lágrimas, que salen a borbotones, mojan mis mejillas y vuelven a entrar en mí por la boca y las orejas. Son saladas, como dicen que son las lágrimas según van acumulando más tristeza.

Y la pena, traidora, me posee aprovechando la laxitud de mi cuerpo, se apodera de mí y me borra. Apenas me queda un leve recuerdo de mí.

jueves, 13 de febrero de 2014

El jardín feliz




A Catalina Errázuriz le faltaba algo para ser completamente feliz. Ocupaba un lugar destacado en la alta sociedad santiaguina y disfrutaba de una intensa vida social, gracias fundamentalmente a su apellido vinoso y a una cuantiosa herencia familiar. No había acto cultural o fiesta que se preciase que no contara con su presencia. Soltera porque ella así lo quiso, de firmes principios religiosos, hacía gala de un magnífico sentido del humor que animaba cualquier reunión.

Doña Cata, que era como todo el mundo la llamaba, residía en una mansión que había sido de sus padres y antes de sus abuelos y bisabuelos. Debido al crecimiento de la ciudad, la casa rodeada de un extenso terreno que había sido construida en las afueras estaba ahora en pleno centro urbano, y frente a su fachada pasaban a diario cientos de personas que se sorprendían al comprobar cómo, a pesar de la acomodada situación económica de la propietaria de la finca, ésta lucía un jardín descuidado.

Ese comentario generalizado apenaba a Catalina Errázuriz, quien pese a sus esfuerzos no había encontrado ningún jardinero que lograra resolver el problema que le impedía ser totalmente feliz.

Fue Francisca Gutiérrez, Keka, una mujer recién llegada al entorno de Catalina Errázuriz, y que según los rumores había ascendido socialmente por su buena relación con los hombres más ricos del país y por un oportuno matrimonio con un anciano adinerado meses antes de que éste falleciera, quien le habló de una nueva empresa: “El jardín feliz”.

- Puede estar usted segura, doña Cata, que si ellos no pueden arreglarle el jardín, nadie podrá hacerlo.

Fabián visitó la propiedad antes de aceptar el trabajo y causó muy buena impresión a doña Cata, pues le pareció serio y responsable, además de muy atractivo. Una semana después observaba desde el balcón de su habitación cómo el joven de sudoroso torso desnudo se esmeraba por revivir las plantas agónicas del antejardín.

- Caserita –le gritó Fabián-, le voy a tener que fumigarle el bambú, que se está muriendo por la peste. ¿Le parece bien?

- Fumígueme lo que usted quiera, mijito, pero déjeme bonito el jardín.  

Fabián no pudo esconder su sonrisa pícara y entendió que no encontraría mejor momento para exponer a su jefa el método de trabajo que tan buenos resultados le estaba dando a la empresa que lo contrató. Jardinero por vocación, explicó a doña Cata que no bastaba con cavar, abonar, podar o fumigar para resucitar las plantas.

- Caserita, las flores y los árboles de su jardín se alimentan de usted, de su alegría, pero la de verdad, la que va por dentro. Déjeme arreglarla, mi yeina, y le aseguro que el jardín revivirá solito.

- Me pongo en sus manos.

Catalina Errázuriz dijo esas palabras sin pensarlas, dictadas por un instinto que hasta ese momento siempre había mantenido bajo control. Y literalmente se puso en las manos del jardinero, quien le demostró su excelente profesionalidad.

Sabido es que las plantas crecen mejor y más bellas con música. Así lo hicieron las de doña Cata, que desde que contrató los servicios de “El jardín feliz” pasa los días cantando en su casa y redujo drásticamente su vida social.

En las fiestas a las que ya no acude, la ausencia de doña Cata es un tema de conversación inevitable. Todos preguntan a Keka Gutiérrez, la nueva mejor amiga de Catalina Errázuriz y ahora centro de las reuniones, quien responde siempre con una sonrisa y un “tranquilos, ella está bien; está completamente feliz”.

jueves, 6 de febrero de 2014

Interpretaciones




- Hoy tendremos una clase diferente.

Todos sabían que cuando Isabel hacía ese anuncio, la clase de Literatura sería aún más entretenida de lo que ella ya sabía hacerla habitualmente. En el fondo, su frase significaba simplemente que ese día se saldrían del programa establecido.

- Leeremos y analizaremos un texto de un autor desconocido. Bueno, no tanto, porque es un relato de uno de vosotros, aunque no diré quién.

Laura intuyó que se trataba de un cuento que había escrito y entregado a su profesora para conocer su opinión y sus consejos. A fin de cuentas, ella le transmitió el verdadero placer de la lectura y el gusanillo de la escritura.

No se equivocaba. En cuanto Isabel comenzó a leer reconoció el cuento que daba menos miedo del que Laura intentó transmitir y que tenía un final más previsible de lo que hubiera deseado. Cubrió con las manos el rostro para disimular su sonrojo y fue escurriéndose en la silla hasta casi desaparecer debajo del pupitre.

Los comentarios de sus compañeros a la forma fueron bastante benignos. Sin embargo, sus interpretaciones sobre lo que escondía el texto, sobre el mensaje que quería transmitir, sí sorprendieron a Laura. La relación con su padre, cómo se integraba en la sociedad, alguna supuesta denuncia social, la frustración, el deseo… una retahíla de temas en los que ella por supuesto ni había pensado cuando escribía el cuento, que no tenía muchas más pretensiones que entretener y, si fuera posible, sorprender.

Al finalizar la clase, Isabel le pidió que se quedara un momento para conversar.

- ¿Qué te pareció la experiencia, Laura? ¿Por qué esa cara?

- Estoy un poco decepcionada. Yo no quería transmitir nada de lo que han comentado, y aunque algunas ideas sí me reflejan, otras no tienen nada que ver conmigo. Parece que no supe hacerlo bien.

- Tienes que tener presentes dos cosas. La primera es que dejamos en nuestros textos más de nosotros mismos de lo que creemos y queremos. Y, en segundo lugar, que un relato sólo te pertenece mientras lo escribes, porque cada vez que alguien lo lee lo hace suyo y lo interpreta desde su propia experiencia. Al final, hay tantos relatos diferentes como lectores.

sábado, 11 de enero de 2014

La frontera




Los pasajeros del autocar miraban con cierta resignación a esa niña despierta y animada que aquel 1 de agosto de 1974 emprendía feliz un largo viaje, mucho más largo de lo que su mente infantil podía comprender. Un viaje sólo de ida, de cambio, de nuevas promesas, pero también de abandono de su propia infancia.

Su madre la observaba con los ojos llenos de agradecimiento, al tiempo que le consentía que corretease por el estrecho pasillo y saludase a los viajeros presentándose alegremente.

- Hola, soy Laura. Me voy a vivir a España. Allí tengo una casa grande y tendré una habitación sólo para mí.

Atrás dejaban Laura y su familia una portería minúscula en lo que fue un palacio un par de siglos atrás, pero que se había convertido en un edificio de lujosos y caros apartamentos en un céntrico barrio de París. Una portería que era un pequeño local que servía como cocina, comedor y sala de estar, sobre la que se había creado una habitación en un segundo piso de techo muy bajo en la que dormían sus padres, su hermano y ella.

- Hola, soy Laura. Me voy a vivir a España. Allí tengo una casa grande y tendré una habitación sólo para mí –repetía de asiento en asiento.

Su madre la observaba cansada, porque mudarse de un país a otro requiere demasiado esfuerzo y preocupación, pero agradecida porque la alegría de Laura le facilitaba el trámite final, el viaje, ese tránsito definitivo entre una vida conocida y otra nueva por explorar.

Por eso permitió que jugase, aún a riesgo de que molestase a los otros emigrantes que, de vacaciones, se dirigían a un reencuentro con los suyos, para luego volver a ese exilio al que los empujó la pobreza. Todos albergaban en su corazón el sueño del retorno y lejos de incomodarse con la euforia de Laura, la comprendían, la felicitaban y la animaban a disfrutar esa nueva aventura.

Con esa alegría contagiosa transcurrió la primera mitad del trayecto, que finalizaba en la frontera. Laura conocía el procedimiento: unos agentes subían al autobús para controlar todos los pasaportes y elegían maletas al azar para examinar su contenido. Pero esta vez fue diferente.

Finalizado este trámite, el autocar retomaba su marcha ahora ya en España. Laura, que continuaba despierta a pesar de haber pasado ya la medianoche, cambió repentinamente de ánimo y comenzó a llorar desconsoladamente corriendo a los brazos de su madre.

- Mamá, no me quiero ir. Quiero volver a París. Quiero volver. Por favor, mamá, no me quiero ir.

Y lloró e imploró hasta quedarse dormida de agotamiento. Porque Laura no estaba retornando. Había nacido lejos de la tierra de sus padres, en otro país, en el que vivía en un espacio humilde, pero en el que había tenido una infancia feliz y amigos a los que no volvería a ver. Y comprendió de repente, con sólo siete años, que una casa grande y una habitación propia no podrían llenar ese vacío.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Lúa, mi querida Lúa


Fotografía: Rudy Garrido



Cuanto más conozco a las personas
más quiero a mi gata


Lúa, mi querida Lúa, apareciste en mi vida despidiendo un año del que poco o nada recuerdo salvo tu nacimiento.  Me gustaba el nombre de tu madre, Ariadna, y esperaba con ganas su parto para elegir al que sería mi nuevo compañero y el compinche de Magoo, que pasaba demasiadas horas solo.

Tú me elegiste a mí, porque llegaste sin hermanos, en una camada de un solo gato. Hembra y negra, lejos de lo que hubiera sido mi elección. Debo darte las gracias, porque con los años has demostrado que yo no habría escogido mejor.

Tu dulzura y tu paciencia te hicieron conquistar el cariño de Magoo, a pesar de sus celos de “hijo único”. Ganaste tu espacio sin invadir el suyo, ni el mío. Demostraste que el cariño puede ser intenso al tiempo que pausado y tranquilo, que hay momentos para los mimos y momentos para disfrutar de nuestra soledad.

Eras (eres) hermosa. Tu perfil, tu postura, tu elegancia me recordaban a  Cleopatra. Te convertiste pronto en la emperatriz de la casa.

Me acompañaste en la mayor aventura de mi vida. Cruzaste conmigo el océano y te adaptaste a tu nuevo hogar, a tu nuevo dueño, a tu nueva vida. Sufriste cuando Magoo tuvo que partir. Siempre habías estado con él y aunque tardaste meses en comprender que no regresaría, esperándolo en la puerta por la que lo viste salir, te mantuviste tranquila.

Con la llegada de Alba, aceptaste con una humanidad que muchas personas quisieran que un nuevo ser, una intrusa, recibiera más cariño y atención que tú. No hice caso a las advertencias de que con un bebé en casa debería deshacerme de ti (¿¡a quién se le ocurre!?) y me demostraste que no me equivocaba. No sólo no fuiste un peligro para Alba, sino que te mantenías vigilante, observabas todos sus movimientos y me avisabas cuando lloraba o cuando estaba en peligro. Y esperabas pacientemente a que ella se durmiera, observando desde la puerta de su dormitorio, para reclamar tu dosis de cariño. Incluso soportabas, sin perder la compostura, su curiosidad, permitiendo que estirase tus bigotes o inspeccionara con su dedo tus ojos.

La edad, al contrario que a mí, no avinagró tu carácter. Llegaron las mellizas y volviste a postergarte consciente de que requerían mucho tiempo y atención. Esperas a verme acostada sabiendo que esa posición equivale a la luz de libre de un taxi, y entonces te acercas, te acomodas sobre mis piernas y me manifiestas tu cariño con tu ronroneo.

Lúa, mi querida Lúa, hoy cumples 15 años, lo que según tu cartilla veterinaria equivale a los 77 años humanos. Quisiera compartir contigo otros tantos, aunque sé que no podrá ser. Pero brindo por que tengas una larga vida, por seguir escuchando tu maullido cuando estornudo, por adormecerme con tu ronroneo, por tenerte siguiendo mis pasos por la casa jugando a colarte entre mis pies aunque te cueste algún pisotón, por que sigas acompañando a mis hijas mientras crecen aprendiendo lo que es una mascota leal. Brindo por ti.

Lúa, mi querida Lúa, feliz cumpleaños.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Espejito mágico




De hoy no pasa. Es la promesa que me hice al levantarme. Firme en la intención de cumplirla, me coloqué frente al espejo. “Espejito, espejito mágico. ¿Es ésta la puerta de embarque al país de las maravillas?”. No obtuve ninguna respuesta, no podía ver nada más que mi rostro agotado y ansioso.

Probé con todos los espejos de la casa, y en todos encontré lo mismo: un rostro que cada vez me resultaba menos familiar a la vez que iba aumentando sus muestras de cansancio.

Decidida a no dejarme vencer tan fácilmente, recorrí todos los comercios del barrio, visitando sus probadores, pues sospechaba que la entrada a un mundo tan especial debía ocultarse en un espacio más privado.

La jornada pasó sin que pudiera hallar ese portal mágico y acabé arrastrándome al mismo lugar en que empecé. Frente al espejo de mi habitación probé por última vez esa fórmula gastada que de tanto repetirla iba perdiendo sentido. No sé si fue el agotamiento o la perseverancia, pero no me reconocí en el reflejo, sino que me enfrenté a un rostro que compasivo me preguntó:

- ¿Por qué tanto interés en acceder al país de las maravillas?
- Necesito perderme en él. Necesito encontrar una botellita de “Bébeme” para tomármela entera.
- ¿Por qué?
- Necesito volver a ser pequeña. Ya no quiero más ser grande, quiero encoger hasta la más tierna infancia.
- ¿Qué te provoca esa necesidad?
- No sabía que ser madre sería tan difícil, que sería tan duro proteger a un ser indefenso de los ataques de terceros, que rompería tanto el corazón y desgastaría tanto el alma enfrentar los ataques de la maldad y el odio.
- ¿De qué te serviría volver a ser niña?
- Quiero volver a ser hija, a sentirme segura y protegida, a perder el miedo en un abrazo y a dejarme mecer hasta rendirme en un sueño tranquilo.
- Aquí está la puerta, pero no en el espejo, sino en lo que ves reflejado en él.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Probar el auto




- Papi, se ha hecho tarde y el metro ya está cerrado, ¿puede quedarse Pedro a dormir aquí?
- Cariño, sabes que no tenemos ninguna habitación libre.
- Pero, papá, puede dormir conmigo.
- ¿Cómo se te ocurre?
- Pero si tenemos veinte años y llevamos ya uno saliendo…
- ¿Me estás diciendo que ya os habéis acostado juntos?
- No, papá, claro que no. Pero podemos dormir juntos sin que pase nada…
- Ni se te ocurra. Y no insistas. Yo lo llevo a su casa. 

Susana sabía que su propuesta tenía pocas posibilidades de éxito. Su familia era muy tradicional y ella siempre recibió una educación estricta y conservadora. Por algo se mantenía virgen a diferencia de la mayoría de sus amigas, aunque era más por miedo que por convicción propia.

En los últimos meses había comenzado a sentir la llamada de la naturaleza, le resultaba difícil contener los impulsos de su cuerpo cada vez que Pedro la besaba y ya no oponía tanta resistencia cuando las manos de él subían por su espalda por debajo de la camiseta para luego encaminarse hacia sus pechos. Incluso en una ocasión dejó que él explorara su piel por debajo de la falda y a punto estuvo de no detenerlo a tiempo.

La abuela Claudia, la matriarca de misa diaria y mirada severa ante cualquier intento de sus nietos de ampliar sus límites de libertad, había observado la escena asintiendo con gravedad cada vez que su hijo hablaba. Se había persignado cuando oyó a Susana preguntar si Pedro podía quedarse a dormir.

En cuanto el padre de Susana salió de la casa para llevar a Pedro, la abuela hizo un gesto a su nieta para que se acercara. Una vez a su lado le entregó una llave.

- Es la llave del piso que tengo en el centro. El inquilino murió hace dos meses, así que está vacío. Puedes ir allí con Pedro, pero no hagáis fiestas y deja siempre todo ordenado.
- Abuela, no te entiendo…
- ¿Qué es tan difícil de entender? También he sido joven y me doy cuenta de que tienes ganas de estar a solas con tu novio.
- No lo voy a negar, pero tú eres la más conservadora de la familia y hace un momento le estabas dando la razón a mi padre…
- Claro que le doy la razón, eres su hija y él no entenderá otro modo de hacer las cosas. Quiere protegerte y no lo culpo. Pero a mí me gusta ese muchacho, se nota que tiene buenas intenciones contigo, así que creo que puedes ir más allá. Eso sí, has de ser discreta.
- Abuelita, tú siempre me has dicho que tengo que llegar virgen al matrimonio...
- Ay, Susana, pareces boba. Eso es lo que tengo que decir, pero ya soy vieja y he aprendido unas cuantas cosas de la vida. Y una de las más importantes es que uno tiene que probar el auto antes de comprarlo. 

jueves, 12 de diciembre de 2013

No etoi


Fotografía: Alís Gómez

“No etoi”, dice mientras coloca sobre sus ojos sus manitas que apenas los cubren y dejan asomar por una orilla sus largas pestañas. Lo dice convencida de que ese simple gesto la hace desaparecer, de que si ella no ve tampoco nadie puede verla, como si toda su ternura pudiera ocultarse tras unas manos tan pequeñas.

La miro mientras le pregunto dónde está y deseo volver a tener un año para creer con la misma confianza que esconderse incluso de uno mismo es así de sencillo, que puedo alejarme de la realidad con un simple gesto, que puedo espantar todos los miedos, los dolores y las rabias en un segundo, que puedo borrarme por un rato, y conmigo la angustia.

“No etoi”, repite, ahora más alto porque quiere que la encuentre. Casi no puedo verla porque las lágrimas me lo impiden. Y cierro los ojos con fuerza y los oculto tras las palmas de mis manos, convencida de que esta vez lo lograré.

No estoy. 

lunes, 9 de diciembre de 2013

Saco de envidia




Laura se había convertido en un saco de envidia. Envidia sana, se decía a sí misma. Pero no lo era, porque la carcomía por dentro desde siempre, o casi siempre, que no es lo mismo, pero da igual.

Envidiaba a su amiga María Jesús, porque tenía a un padre confidente, amigo y protector que hizo de ella una mujer segura de sí misma, fuerte y alegre. Laura, en cambio, tuvo que conformarse con un mero proveedor de carácter amargo, restrictivo, severo y poco dado a los afectos.

Envidiaba a esos niños del parque que una tarde vio jugando con unos abuelos amorosos, divertidos y consentidores. Ella, en cambio, sólo conoció a una abuela que más bien parecía la bruja del cuento macabro en que se fue transformando su vida y del que era la protagonista que va menguando cada día un poco más y viendo cómo todo lo que anhela se va alejando del alcance de sus manos.

Envidiaba a otros adolescentes parecidos a ella, pero que no caminaban solos por la calle, sino riendo entre un grupo de amigos que alborotaban la calma de la tarde con ese ruido que produce la alegría, la confianza, la compañía.

Envidiaba… era tanto lo que envidiaba en los demás que no fue capaz de descubrir lo que tenía, lo que era, lo que todavía nadie le había arrebatado y le hubiera permitido ser un poco feliz. Al menos, tener el valor de intentarlo.

Laura se había convertido en un saco de envidia y un día se dio cuenta de ello. Decepcionada, lo llenó de piedras y lo tiró al río.

jueves, 5 de diciembre de 2013

Viaje de trabajo




- ¿Qué te pasa, Manuel? Pareces preocupado.
- Sí, lo estoy. Las cosas con Maite no andan muy bien. Temo que me va a dejar.
- ¿Te ha dicho algo?
- No, pero la siento distante. A veces parece como si no nos conociéramos, como si no tuviéramos nada de qué hablar.
- Bueno, tal vez se sienta sola. Tu trabajo es muy absorbente, viajas demasiado… deberías intentar dedicarle más tiempo.
- Puede que tengas razón, pero no sé si servirá de mucho. Me da la sensación de que ya no le intereso.
- Pero, hombre, tienes que intentarlo. Siempre os habéis entendido muy bien. Seguro que tiene solución. ¿No tienes ahora un viaje a Colombia?
- Síiii, estoy deseando ir. Mira que he visitado países, pero créeme: en Colombia están las mujeres más guapas del mundo. Son impresionantes.
- Ya, ya, pero ¿por qué no invitas a Maite y vivís una segunda luna de miel, sin los niños?
- ¿Llevar a Maite a Colombia? Hombre, no jodas, no hay que llevar leña al monte.