jueves, 15 de noviembre de 2018

El abuelo



Tenía una edad indefinida, diría que entre 30 y 40. Podría ser más, bien conservado, o menos pero muy vividos. Ocupaba junto al anciano una mesa medio escondida detrás de la ancha columna del restaurante. Vestía una camiseta color verde militar, unos pantalones chinos beige, calcetines de colores y zapatillas oscuras. Un aspecto desenfadado, medio descuidado.

El anciano estaba bien sentado frente a la mesa. Él, de medio lado, lo que le permitía atender al viejo. Me conmovió ver cómo tomaba la servilleta para limpiarle cuidadosamente la comisura de los labios, cómo le ayudaba a comer preparando el tenedor y animando al abuelo a llevárselo sólo a la boca, no sin esfuerzo. Para beber era él quien le acercaba y sostenía el vaso.

Consideré tierna la escena, a pesar de que sólo le vi sonreír cuando le ayudó a levantarse y lo tomó del brazo para irse caminando lentamente. Paciencia sí que demostró, ni una mala cara en todo ese rato, escuchándolo atentamente y limpiándolo de nuevo como si fuese un bebé.



- Abuelo, ¿dónde está el dinero que tenías en la mesilla de noche?
- Se lo di a Jorge. Lo necesita para un proyecto nuevo.
- ¿Para un proyecto nuevo? ¿Le sigues creyendo? ¿Cuándo lo has visto? 
- Ayer me invitó a cenar.
- ¿De nuevo has salido con él? Seguro que tú pagaste. No aprendes, abuelo. ¿No ves que Jorge sólo te quiere para sacarte el dinero?

El abuelo se va achicando en la silla, como un perro amenazado con una zapatilla. No se atreve a responder a su nieta. Entre lágrimas, sólo alcanza a murmurar.

- ¿Para qué quiero el dinero? No me lo voy a llevar a la tumba… Y al menos él me trata con cariño.

martes, 13 de noviembre de 2018

No busco, encuentro


Fotografía: "Lips", de Jan Saudek

La encuentra en el pasillo y la acorrala apoyando la mano en la pared por encima de su hombro. Ella lo mira totalmente sorprendida.

- Tú me sigues.
- ¿Qué dices?

Es cierto que sus miradas se encontraron a menudo durante toda la velada. Es cierto que ella siempre reaccionaba con una sonrisa o un guiño. Él llegó a imaginar incluso algún beso al aire.

- Confieso que me alegra la vida encontrarte, pero no te busco... Y en cualquier caso, no tendría que buscar mucho para encontrarte.

El no la escucha. Toda la atención se centra en sus labios.

sábado, 10 de noviembre de 2018

Agua


Fotografía: Mikko Lagerstedt


- Ven. Mira. Pon ahí un dedo… ¿Qué le pasa al agua cuando la tocas con tu dedo? ¿Permanece acaso inalterable? Tu contacto crea un efecto en ella, no pasa desapercibido. ¿Lo ves? Hay un movimiento, hay una respuesta, hay un acuse de recibo. El agua te dice que siente tu contacto y reacciona a él. 

- Ya veo. ¿Y?

- El agua se deja tocar. Y ¿acaso pierde su esencia por ello? ¿Es menos fuerte? 

- No entiendo qué intentas decirme. 

- ¡¡El 70% de nuestro cuerpo es agua!!

- Bueno, ¿y qué? En serio, no te entiendo. ¿A dónde quieres llegar?

- Quiero que seas agua. Necesito que abras las compuertas. Ver qué te pasa cuando te acaricio, cuando te hablo, cuando te acompaño. Ya no quiero seguir chocando contra las barreras de tus miedos. 

Él sintió la humedad en sus ojos, pero pudo contenerse. Era muy hábil escondiendo sus emociones. En realidad, era lo único que sabía hacer con ellas. 

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Dedicatoria



Paseaba por la feria del libro cuando te vi. No sabía que estaba programada tu presencia, así que la sorpresa me descolocó y comencé a actuar como una adolescente frente a su artista favorito. 

Más como una fan que como una devota lectora, tomé un ejemplar de tu última novela y me puse a la cola para que me la firmaras. Era sólo un pretexto para manifestarte mi admiración. Estaba tan nerviosa, que cuando llegó mi turno te conté atropelladamente que me encanta todo lo que escribes, que estoy atenta a tus publicaciones para hacerme con ellas en cuanto aparecen y las devoro. Que siento que te conozco de toda la vida y que con tus textos me queda la sensación de que me hayas leído el pensamiento. 

Tú me regalaste una breve mirada, una sonrisa social y me ofreciste de vuelta el libro. Se habían acabado mis apenas quince segundos y los empleados de la editorial me lo hicieron saber invitándome sutilmente a seguir mi camino.

Cuando miré tu dedicatoria, me reí. “Quizás te lo he leído” y luego un garabato que apenas se parece a tu nombre. Esa fue la primera vez que te vi.

Unos días más tarde, cuando llegué a la celebración del aniversario del diario en el que trabajaba, te vi por segunda vez. Conversabas animadamente con un grupo de personas, ajeno a lo que ocurría a tu alrededor. Parecías el alma de la fiesta. Yo me había quedado en un rincón próximo a la barra. Estaba ahí para hacer la crónica del evento que se publicaría en el suplemento dominical, y no tenía muchas ganas de socializar. Mirarte me pareció el mejor entretenimiento posible.

Distraídamente, dirigiste la mirada hacia donde yo estaba y me descubriste observándote. Al instante recordé tu dedicatoria, y quise ponerte a prueba. En esta ocasión, sí sostuviste el contacto con mis ojos, y de pronto observé que te sonrojabas. Sentí tu incomodidad y cómo dejaste de escuchar a quienes te acompañaban.

Terminaste tu copa de un trago, dijiste algo al hombre que estaba a tu derecha y comenzaste a caminar hacia la barra. Al llegar junto a mí, me encaraste: 

- ¿Cómo se te ocurren esas cosas, mujer? 

Por fin conocía tu sonrisa más genuina, y en el guiño encontré complicidad. No cabía duda de que efectivamente podías leerme.

- Como ya sabes lo que pienso, ¿qué te parece si lo cumplimos?

domingo, 4 de noviembre de 2018

Valiente



A Laura se le escapaba una sonrisa cada vez que despertaba y veía a Fernando a su lado. Era una reacción instintiva, que no podía controlar. Y según fueron pasando los días, también descubrió que no quería. Abría los ojos, sonreía y le daba un beso tierno.

A Fernando le enamoraba ese momento. No imaginaba otra forma de iniciar el día. Y según fueron pasando los días, también descubrió que no quería.

Habían pasado una buena noche, la primera desde que Laura le pidió ayuda para desnudar su alma. Él escuchó ese pedido como un acto de entrega inimaginable hasta entonces, era lo que necesitaba para atreverse a vencer sus propios miedos. Respiró hondo y le preguntó: 

- Cariño, si fueras cien veces más valiente ¿qué harías?

Laura dio un respingo. Le asustó la pregunta. Lo habitual habría sido salirse de ahí, responder alguna trivialidad, y estuvo tentada a hacerlo. Sin embargo, se quedó pensativa.

- ¿Qué haría si fuera cien veces más valiente?... Me atrevería a contarte aquella vez en que siendo niña me convirtieron en un juguete, un juguete roto. Me arrebataron todo lo que me constituía como persona. El respeto, la dignidad, la inocencia… Fue cuando el miedo se ancló en mi alma al mismo tiempo que sus dedos se introducían en mi ropa interior. La rabia que no apareció entonces para defenderme, me acompañó toda la vida y se disparó contra quienes no tenían la culpa de lo que él me hizo. Fui dejando mis propias víctimas en el camino… Y luego la vergüenza, la maldita vergüenza en la que se convirtió la dignidad robada y que me acompañó por tantos años, la que me hace esconderme, la que me condena por algo que no hice y que no pude evitar, y que no sé cómo arrancármela…

Se acurrucó pegada al cuerpo de Fernando. Por primera vez sin vergüenza, por primera vez sintiendo ese espacio de seguridad en el que podía simplemente ser. Respiró de nuevo. 

- ¿Y tú? ¿Qué harías si fueras cien veces más valiente?

- Me atrevería a preguntarte todo lo que deseo saber de ti y callo por no asustarte.

viernes, 2 de noviembre de 2018

Tócame el alma



Fotografía: Carolina Madruga


-Me duele que digas que no te dejo tocar mi alma, porque quiero entregarme entera a ti. Por primera vez siento que puedo hacerlo, contigo puedo hacerlo. Y no sé cómo. Hice un desgarro a mis barreras para ti, me llega la brisa cálida de tu presencia. Y parece que no es suficiente. El miedo es demasiado grande y grueso para echarlo abajo, pero te pido que estés atento al resquicio por el que asomo, lo asaltes y penetres por él hasta lo más profundo de mí. Te suplico que sigas fundiendo con el calor de tu amor el hierro que me configura, derritiendo el hielo que me cubre y que congela mis gestos y mis palabras. Demuéstrame que mi temor es infundado, desafía los mandatos que me constituyen y contágiame tu irreverencia. Tócame el alma, sedúcela y tómala.

Ahora fue Fernando quien dejó asomar su primera lágrima. Acercó a Laura a su cuerpo, en silencio. Y por primera vez durmieron fundidos en un abrazo.

lunes, 29 de octubre de 2018

Luna llena


Imagen: Chiaracham08

Cada mes esperaba ansiosa la Luna llena. Salía en la noche a caminar por el bosque que rodeaba su casa. Disfrutaba ver las siluetas de los árboles perfilados en esa claridad nocturna, las formas que dibujaban sus ramas. Creía escuchar mensajes en ellas y sentía cómo se llenaba de energía para el resto del ciclo.

Ella decía que iba a darse un baño de Luna, y no regresaba hasta que el amanecer asomaba. Lo hacía desde la adolescencia, desde que descubrió su obsesión por ese astro blanco que velaba sus sueños. No podía imaginar su existencia sin saberla ahí, en el cielo, vigilante, paciente y tierna.

Esa noche, a mitad del paseo, se hizo de repente la oscuridad absoluta. Por más que buscaba, no encontraba rastro de la Luna. Desesperada, comenzó a correr por el bosque. Cayó al tropezarse con una raíz, su rostro y brazos se llenaron de sangre al ser incapaz de esquivar las ramas. Sintió que le faltaba el aire y como pudo, a tientas, regresó a casa herida y desesperada.

Le sorprendió ver la claridad que rebosaba por las ventanas. No entendía qué estaba ocurriendo, en qué terrible cuento había entrado. Y al abrir la puerta lo encontró, quieto, sonriente y esperanzado:

-Te dije que haría cualquier cosa por ti. Para demostrártelo, te traje la Luna.

Laura se derrumbó y cayó sobre sus rodillas, con lágrimas inundando sus ojos y los puños apretados:

-Vete. No has entendido nada.

sábado, 27 de octubre de 2018

Salud



Ni lo pensó cuando lo invitó a tomar una copa. Apenas habían intercambiado un par de saludos en los meses que llevaban coincidiendo en el ascensor, a diario, a la misma hora, para ir a distintos pisos. Fernando se bajaba antes. Laura seguía hasta el ático.

Él solía ir distraído, o concentrado, en su teléfono móvil. Ella prefería observar a las personas que subían, intentando adivinar a dónde iban. Casi siempre acertaba. En el segundo piso había varias consultas de dentistas, en el cuarto predominaban los despachos de abogados, en el séptimo trabajaban tres psicólogos, dos psiquiatras y una tarotista.

Fernando bajaba siempre en el octavo. Toda la planta era ocupada por un gran estudio de arquitectos, el mismo que había diseñado el edificio que moría cada noche para resucitar a primera hora de la mañana con el ajetreo de los empleados y los clientes de tan dispares profesiones.

En un par de ocasiones pudieron cruzar sus miradas. Por breves instantes, porque él rápidamente la desviaba para buscar su móvil en el bolsillo de la chaqueta o en el maletín de cuero que acostumbraba a llevar lleno de papeles. A Laura esos breves segundos le habían parecido minutos, y creía haber recibido en ellos insinuaciones que no estaba dispuesta a ignorar. 

- ¿Te apetece un trago? Te invito a mi ático.

Ese día Fernando entró al ascensor con las manos vacías. Se saludaron y Laura sólo alcanzó a pensar que a la tercera va la vencida antes de abrir la boca para invitarlo. Percibió la sorpresa de él, a pesar de que la disimuló para asentir, mostrando su sonrisa por primera vez.

El ático tenía una vista increíble de la ciudad, que él sólo disfrutó mientras ella fue a buscar los tragos. En cuanto Laura regresó, extendiendo su brazo para ofrecerle una copa, Fernando ya no pudo apartar los ojos de su torso desnudo.

- Salud

No pronunciaron otra palabra hasta un par de horas después.

jueves, 25 de octubre de 2018

La primera lágrima


Fotografía: Mzayat


Fernando se despegó del cuerpo de Laura, quedó tendido a su lado, casi pegado, y le susurró al oído:

- Ya tengo ganas otra vez.
- Descansemos un poco. Al menos el tiempo de un cigarrillo.

Laura se escurrió hacia el borde de la cama, y huía así del abrazo de Fernando, aparentando buscar en la mesilla el paquete de cigarrillos. Con la primera bocanada de humo, con la mirada perdida, se preguntó por qué de nuevo se sentía incómoda en la intimidad que sucede al placer.

Al principio de la relación era más fácil. Siempre encontraba una excusa para irse corriendo a su casa. Entre el último orgasmo y el momento en que salía por la puerta transcurrían apenas siete minutos. Pasado un tiempo de relación ya no halló argumentos para no quedarse a dormir, y empezó a fumar cuando decidieron ir a vivir juntos.

Sumida en sus pensamientos, sintió la mano de Fernando subiendo por su muslo, siguiendo el rastro de humedad que recordaba que pocos minutos antes no había ni un milímetro de espacio entre sus cuerpos.

- Para. Te dije que descansemos un poco.
- Sólo te estoy acariciando la pierna.
- Sabes que no me gusta que lo hagas. Necesito un momento para recuperar el aire.
- Y yo necesito tocar tu cuerpo, ya que no me dejas tocarte el alma.

Laura acusó el golpe y permitió que la lágrima que asomaba a sus ojos corriera por su mejilla. La primera que Fernando veía.

lunes, 22 de octubre de 2018

No agites las aguas


Fotografía: Silvia Grav

Me acusas de ahogarme en un vaso de agua, y yo me siento como una sirena, respirando mejor en la fuerte marejada en que se ha convertido este sinvivir que en la calma de la orilla que apenas recordamos.

Me acusas de ahogarme en un vaso de agua, y apenas logro asomar la cabeza para tomar aire, lastrada por el peso de tus reproches, de tu rendición, de tu manía de aferrarte a mi cuerpo para lograr vislumbrar la luz del sol, que ni te abriga ni te despierta.

Me acusas de ahogarme en un vaso de agua, y yo sólo intento decirte que relajes el movimiento, que no agites más las aguas, que probemos un tiempo el mar sereno de la indiferencia, ésa en la que ya sabemos movernos sin necesidad de pensar cada paso.